—Lo tendrá.
—Ahora, consejero…, una vez entregado, me lavo las manos sobre ello. Confío en que usted y su cliente se presenten a las conversaciones, tanto si traen consigo a ese libelista borracho como si no.
—De acuerdo. ¿Cuándo?
—¿Le parece bien mañana a las diez? Aquí.
—«Las cosas se hacen mejor cuanto antes se hagan». De acuerdo.
Jubal volvió abajo y se detuvo en la rota puerta de la casa.
—¡Jill! Venga aquí, chiquilla.
—Sí, Jubal —trotó hacia él, con un reportero a su lado en formación cerrada.
Jubal le hizo señas al hombre para que se alejara.
—Es privado —le dijo con firmeza—. Asuntos de familia. Váyase a tomar una copa.
—¿La familia de quién?
—Un difunto en la de usted, si insiste. ¡Largo! —el periodista sonrió y se fue. Jubal se inclinó sobre Gillian y dijo en voz baja—. Funcionó. Está a salvo.
—¿Ben?
—Sí. Pronto estará aquí.
—¡Oh, Jubal! —se echó a llorar.
Él la sujetó por los hombros.
—Basta —dijo firmemente—. Vaya dentro y quédese allí hasta que se haya controlado. Esto no es para la prensa.
—Sí, Jubal. Sí, jefe.
—Eso está mejor. Vaya a llorar en su almohada y después lávese la cara —Salió a la piscina—. ¡Silencio todo el mundo! ¡Silencio! Tengo algo que anunciarles. Hemos disfrutado con su compañía, pero la fiesta ha terminado.
—¡Buuu!
—Que alguien eche a ése a la piscina. Tengo trabajo que hacer mañana a primera hora, soy viejo y necesito descansar. Y lo mismo mi familia. Por favor, váyanse en silencio y tan rápido como puedan. Café cargado para quien lo necesite…, pero eso es todo. Duque, pon el tapón en esas botellas. Muchachas, retirad lo que queda de comida.
Hubo algunos refunfuños menores, pero los más responsables apaciguaron a sus colegas. En diez minutos volvían a estar solos.
Caxton llegó al cabo de veinte minutos. El agente de los Servicios Especiales al mando del vehículo aceptó en silencio la firma y la huella del pulgar de Harshaw en el recibo que ya llevaba preparado y se marchó de inmediato, mientras Jill sollozaba en el hombro de Ben.
Jubal observó al periodista a la luz procedente de la piscina.
—Ben, está hecho un asco. Me han dicho que se pasó una semana borracho…, y lo parece.
Caxton maldijo, de una forma fluente y abundante, mientras seguía palmeando la espalda de Jill.
—Estoy terriblemente borracho —dijo con voz estropajosa—, pero no he bebido ni una sola gota.
—¿Qué sucedió?
—No lo sé.
Una hora después, el estómago de Ben había sido concienzudamente lavado —alcohol y jugos gástricos, nada de comida— y Jubal le administró inyecciones compensadoras del alcohol y barbitúricos; ahora estaba bañado, afeitado, vestido con ropas limpias prestadas que no le iban demasiado bien, y había conocido al Hombre de Marte y sido puesto someramente al día de los acontecimientos, mientras ingería leche y comida blanda.
Pero era incapaz de decirles lo que le había ocurrido. Para Ben, la última semana no había transcurrido… Había perdido el sentido en un aerotaxi en Washington; lo habían despertado, borracho, hacía dos horas.
—Por supuesto, sé lo que ocurrió. Me mantuvieron drogado y en una habitación completamente a oscuras…, y luego me sacaron del país. Recuerdo vagamente algo. Pero no puedo demostrar nada. Y están el jefe del pueblo y la dueña del garito…, además de, seguramente, otros muchos testigos… que jurarán cómo pasó el tiempo aquel gringo. Y no puedo hacer nada en contra de sus declaraciones.
—Entonces no lo haga —aconsejó Harshaw—. Relájese y sea feliz.
—¡Y un cuerno! ¡Me saldré con la mía! Conseguiré que…
—Vamos, vamos. Ha ganado, Ben. Está vivo…, y yo hubiera apostado en contra de eso hace apenas unas horas. Además, Douglas va a hacer exactamente lo que yo deseo que haga, y usted sonreirá y lo disfrutará.
—Quiero hablar sobre eso. Opino que…
—Y yo opino que debe irse a la cama. Con un vaso de leche caliente, para disimular el sabor del Ingrediente Secreto del Viejo Doctor Harshaw para bebedores.
Poco después, Caxton estaba en la cama y empezaba a roncar. Jubal se dirigía también a sus aposentos cuando tropezó con Anne en el pasillo de arriba. Agitó cansado la cabeza.
—Vaya día, muchacha.
—Sí, desde todos lados. No me lo hubiera perdido por nada…, pero no quiero que se repita. Váyase a dormir, jefe.
—En un momento. Anne, dime una cosa. ¿Qué tiene de especial la forma en que besa ese muchacho?
Anne puso expresión soñadora, y la cara se le llenó de hoyuelos.
—Debería haberlo probado cuando él le invitó.
—Soy demasiado viejo para cambiar mis costumbres. Pero estoy interesado en todo lo relativo a ese muchacho. ¿Hay en realidad algo distinto en él?
Anne meditó la pregunta.
—Sí.
— ¿Qué?
—Mike pone toda su atención en el beso.
—¡Oh, mierda! También yo. O la ponía.
Anne negó con la cabeza.
—No. Algunos hombres lo intentan. Me han besado hombres que hacían un buen trabajo, debo reconocerlo. Pero realmente no ponen toda su atención en el acto de besar a una mujer. No pueden. No importa lo mucho que se esfuercen, siempre hay algunas partes de su cerebro que están en otro lugar. En perder el último autobús quizá…, o en sus posibilidades de conseguir a la chica…, o en su propia técnica del beso…, o acaso se preocupan por sus empleos, por el dinero, o porque pueda sorprenderles el marido, el padre o algún vecino. O algo. Mike no posee ninguna técnica…, pero cuando la besa a una no está haciendo nada más. Absolutamente nada. Una se convierte en todo su universo en aquel momento…, y el momento es eterno porque él no tiene ningún plan ni intención de ir a ninguna otra parte. Sólo besarla a una —se estremeció—. Una mujer se da cuenta de estas cosas. Es algo abrumador.
—Hum…
—¡Nada de «hum» conmigo, viejo libertino! Usted no lo comprende.
—No. Y lamento confesar que probablemente nunca lo haré. En fin, buenas noches…, y oh, a propósito…, he dicho a Mike que esta noche ponga el cerrojo en su puerta.
Anne le hizo una mueca.
—¡Aguafiestas!
—Está aprendiendo muy deprisa. No conviene empujarle demasiado.
18
La conferencia fue aplazada hasta la tarde, luego vuelta a aplazar rápidamente hasta la mañana siguiente, lo cual dio a Caxton veinticuatro horas extra que necesitaba desesperadamente para recuperarse, para informarse de todo lo ocurrido durante la semana que se había perdido, y para tener la posibilidad de «acercarse» al Hombre de Marte; ya que Mike asimiló enseguida que Jill y Ben eran «hermanos de agua», consultó con Jill, y ofreció solemnemente agua a Ben.
Ben había sido puesto ya al corriente por Jill. Aceptó el agua con la misma solemnidad y sin reservas mentales, tras un profundo análisis interior en el que decidió que su propio destino estaba de hecho ligado al del Hombre de Marte, a través de su propia iniciativa antes incluso de conocer a Mike.
Pero tuvo que enterrar a las profundidades de su alma una inquieta sensación antes de conseguir hacer eso. Finalmente decidió que eran simples celos y, por ello mismo, tenían que ser cauterizados. Había descubierto que le irritaba la intimidad que se había desarrollado entre Mike y Jill. Se dio cuenta de que su propia personalidad de soltero se había visto cambiada por una semana de olvido involuntario; descubrió que deseaba casarse, y con Jill.