Se lo propuso de nuevo, esta vez sin ningún rastro de broma, tan pronto como consiguió estar con ella a solas. Jill desvió la vista.
—Por favor, Ben.
—¿Por qué no? Soy solvente. Tengo un buen trabajo, gozo de buena salud…, o gozaré de ella tan pronto como expulse de mi organismo esas condenadas drogas de la verdad que me inocularon, y, puesto que aún no lo he hecho, me veo sometido a la compulsión de decir siempre la verdad. Te quiero. Deseo casarme contigo y frotar tus pobres piececitos cansados. Así que, ¿por qué no? No tengo ningún vicio que tú no compartas, y nos las arreglaríamos juntos mucho mejor que la mayoría de las parejas casadas ¿Soy demasiado viejo para ti? ¿O acaso piensas casarte con otro?
—¡Ninguna de las dos cosas! Querido… Ben, te quiero. Pero no me pidas que me case contigo ahora. Tengo responsabilidades.
Caxton no logró hacer tambalear su firmeza. De acuerdo, Mike estaba más cerca de Jill en edad; de hecho casi tenía exactamente su misma edad, lo cual hacía a Ben diez años más viejo que ellos. Pero creía a Jill cuando ella negaba que la edad fuera un factor; la diferencia de edad no era demasiado grande y, considerándolo todo, ayudaba, ya que un marido debe de ser un poco mayor que su esposa.
Pero finalmente se dio cuenta de que el Hombre de Marte no podía ser un rival; tan sólo era un paciente de Jill. Y en este punto, Ben aceptó que un hombre que se casa con una enfermera debe vivir con el hecho de que las enfermeras se sienten maternales con las personas a su cargo. Debe vivir con ello y debe gustarle, añadió para sí, ya que si Gillian no hubiera tenido ese carácter que había hecho de ella una enfermera, él no se habría enamorado. No era su deliciosa figura en forma de ocho —con su trasero que se meneaba con cimbreante sinuosidad cuando andaba—, ni siquiera el aún más placentero panorama que ofrecía su parte mamaria-anterior vista desde la otra dirección. Él no pertenecía, gracias a Dios, al tipo masculino permanentemente infantil, que se interesa sólo en el tamaño de las glándulas mamarias. No; amaba a Jill por sí misma.
Puesto que lo que ella era le impondría la necesidad de quedar en segundo plano de tanto en tanto respecto a los pacientes que la necesitaban —a menos que se retirara, por supuesto, y no podía estar seguro de que la cosa se detuviera ni siquiera entonces, puesto que Jill era Jill—, a Ben no le quedaría más remedio que reprimir los celos hacia el paciente que ocupara su atención en aquellos momentos. Además, Mike era un muchacho agradable, tan inocente y cándido como Jill se lo había descrito.
Y además, él no le estaba ofreciendo a Jill un lecho de rosas precisamente: la mujer de un periodista en activo tenía que enfrentarse a una serie de problemas que había que tomar en consideración. En ocasiones, él podría estar —estaría— ausente durante varias semanas consecutivas, y su horario de trabajo siempre sería irregular. A Ben no le gustaría que Jill se quejara de aquello. Pero Jill no lo haría. Ella no.
Tras llegar a esas conclusiones, Ben aceptó de todo corazón la ceremonia del agua con Mike.
Jubal necesitaba también aquel día extra para planear su táctica.
—Ben, cuando me echó esta patata caliente en mi regazo, le dije a Gillian que no alzaría un dedo para defender los supuestos «derechos» de ese muchacho. Pero he cambiado de idea. No vamos a permitir que el Gobierno se salga con la suya.
—¡Desde luego, no esta Administración!
—Ni ésta ni ninguna otra. La siguiente será peor. Ben, subestima usted a Joe Douglas.
—Es un político de distrito barato, y su moralidad hace juego con su condición.
—Sí. Y, además de eso, es ignorante hasta el sexto decimal. Pero también es un jefe mundial bastante capaz y consciente en muchas circunstancias; es mejor de lo que podríamos esperar y probablemente mejor de lo que nos merecemos. Creo que disfrutaría jugar una partida de póquer con él, porque Douglas no haría trampas y pagaría sus deudas con una sonrisa. Oh, ya sé que es un H de P…, pero esas iniciales también puede interpretarse como Hombre de Pueblo. Es medianamente decente.
—Jubal, que me maldiga si le entiendo. Ayer me dijo que estaba razonablemente seguro de que Douglas me hubiera matado, ¡y créame, no estuvo demasiado lejos de ello!, y que había tenido que hacer malabarismos para sacarme con vida del atolladero. Consiguió sacarme, ¡y Dios sabe que se lo agradezco! Pero ¿pretende que olvide ahora que Douglas estaba detrás de todo eso? Si estoy con vida, no es gracias a Douglas precisamente; él hubiera preferido verme muerto.
—Supongo que sí. Pero bueno, todo ha terminado ya. Olvídelo.
—¡Que me maldigan si voy a olvidarlo!
—Será un tonto si no lo hace. En primer lugar, no puede probar nada. En segundo lugar, no hay motivo para que se sienta agradecido hacia mí, y no permitiré que lance sobre mí esa carga. No lo hice por usted.
—¿Eh?
—Si es que hice algo, lo hice por una muchachita que estaba a punto de ser arrestada, acusada y tal vez eliminada de un modo muy parecido. Lo hice porque ella era mi invitada y yo me hallaba temporalmente en la situación de in loco parentis con respecto a ella. Lo hice porque ella era todo valor y galantería, pero era demasiado ignorante para jugar con una sierra circular; resultaría herida. Pero usted, mi cínico y pecador amigo, se las sabe todas respecto a sierras circulares. Si su descuido asnal le hizo meter las manos en una, ¿quién soy yo para mezclarme con su karma? Usted lo eligió.
—Hum. Entiendo su punto de vista. De acuerdo, Jubal, puede irse al infierno por mezclarse con mi karma. Si es que tengo uno.
—Ése es un punto discutible. Según tengo entendido, los fatalistas y los partidarios del libre albedrío se hallan aún ligados a la cuarta morada. Por otra parte, no siento el menor deseo de molestar a un hombre que duerme en un albañal. Hasta que no se demuestre lo contrario, supongo que pertenece a aquel lugar. Hacer el bien me recuerda a tratar la hemofilia: la única cura real consiste en dejar que los hemofílicos se desangren hasta morir, antes de que procreen más hemofílicos.
—También se pueden esterilizar.
—¿Pretende que me atribuya el papel de Dios? Pero nos estamos apartando del tema. Douglas no intentó asesinarle.
—Dígame quién, entonces.
—Al habla el infalible Jubal Harshaw, pontificando ex cathedra desde su ombligo. Mire, hijo, si el ayudante de un sheriff mata a golpes a un prisionero, pueden cubrirse todas las apuestas sobre que las autoridades del condado no lo ordenaron, no sabían nada de ello, y no lo hubiesen permitido de haberlo sabido. En el peor de los casos cerraron los ojos al hecho después, antes que malograr los planes de alguien. Pero el asesinato nunca ha sido una política aceptada en este país.
—Me gustaría enseñarle el trasfondo de cierto número de muertes a las que miré de cerca.
Jubal rechazó aquello con un gesto de la mano.
—Dije que no era una política aceptada. Siempre hemos tenido asesinatos políticos…, desde los más prominentes, como el de Huey Long, hasta los casos de hombres muertos a palos en los escalones del porche de su casa, que apenas merecen una gacetilla de pasada en la página ocho. Pero nunca ha sido política aquí, y la razón de que esté usted sentado al sol en estos momentos demuestra que no es la política de Joe Douglas. Piense en ello.
»Lo agarraron limpiamente, sin alboroto, sin preguntas. Lo estrujaron hasta dejarle seco, luego ya no les era de ninguna utilidad. Y hubieran podido acabar con usted con la misma discreción con que se caza un ratón, se echa a la taza del inodoro y se tira de la cadena. Pero no lo hicieron. ¿Por qué no? Porque sabían que a su jefe no le gustan esas medidas drásticas…, y si llegara a convencerse de que las ponían en práctica (con autorización judicial o no), les hubiera costado el empleo, si no el cuello —Jubal hizo una pausa para tomar un trago—. Pero piense. Esos rufianes de los Servicios Especiales no son más que un instrumento; no constituyen la guardia pretoriana elegida por el nuevo César. Siendo así, ¿a quién desea usted realmente para César? ¿Al legalista Fulano, cuya indoctrinación básica procede de los días en que este país era una nación y no sólo una satrapía en un imperio políglota de muchas tradiciones…, o a Douglas, que no tiene estómago para soportar el asesinato?