—Hum…, maldita sea, es a todas luces incompetente desde un punto de vista legal.
—Por supuesto. No puede manejar la propiedad porque no cree en su mística, del mismo modo que yo no creo en sus fantasmas. Ben, todo lo que Mike posee en estos momentos es un cepillo de dientes…, y ni siquiera sabe que es suyo. Si alguien se lo quita, dará por supuesto que los Ancianos autorizaron el cambio… —Jubal se encogió de hombros—. Así que es incompetente…, pese a que puede recitar la ley de la propiedad de principio a fin al pie de la letra. Dado que éste es el caso, no puedo permitir que su competencia sea puesta a prueba…, ni siquiera mencionada, porque, ¿qué tutor podría nombrársele?
—¡Uf! Douglas. O, más bien, uno de sus esbirros.
—¿Está seguro, Ben? Considere la composición actual del Tribunal Supremo. ¿No puede llamarse ese tutor Sawonavong? ¿O Nadi? ¿O Kee?
—Hum…, es posible que tenga usted razón.
—En cuyo caso, el muchacho puede no vivir mucho tiempo. O puede alcanzar una edad satisfactoriamente madura como huésped de alguna agradable prisión individual rodeada de hermosos jardines, y de la que resulte más difícil escapar que del Hospital Bethesda.
—¿Qué es lo que planea hacer usted?
—El poder que posee nominalmente ese muchacho es demasiado peligroso y abrumador para que él lo maneje. Así que renunciaremos a él.
—¿Cómo demonios se puede renunciar a tanto dinero?
—Uno no lo hace. No puede. Es imposible. El propio acto de la renuncia sería un ejercicio de su poder latente, alteraría el equilibrio del poder…, y cualquier intento de hacerlo daría como resultado que el muchacho fuera examinado en un abrir y cerrar de ojos acerca de su competencia. Así que, en vez de eso, dejaremos que el tigre corra como un demonio mientras nos agarramos fuertemente a sus orejas para salvar nuestras preciosas vidas.
»Ben, permítame que esboce el fait accompli que pretendo presentar a Douglas…, y luego usted haga todo lo que pueda para llenármelo de agujeros. No su legalidad, puesto que el departamento legal de Douglas redactará sus frases con doble y triple sentido, y yo las examinaré con lupa en busca de todas las trampas…, no se preocupe por ello; la idea es presentarle a Douglas un plan que no pueda torpedear… porque le gustará. Quiero que olisquee usted sus posibilidades. Y, ahora… esto es lo que me propongo hacer.
19
La Delegación Diplomática Marciana y Confraternidad Interna Honesta e Ilimitada, tal como había sido organizada por Jubal Harshaw, aterrizó en la azotea del Palacio Ejecutivo poco antes de las diez de la mañana siguiente. El pretendiente sin pretensiones al trono marciano, Mike Smith, no se mostró preocupado en absoluto por la finalidad del viaje; se limitó a disfrutar de cada minuto del corto vuelo hacia el sur, con total e inocente deleite.
El viaje se hizo en un aerobús Greyhound alquilado especialmente, y Mike tomó asiento en el astrodomo encima del conductor, con Jill a un lado y Dorcas al otro, y miró y miró con maravillado asombro mientras las muchachas le señalaban las vistas y charlaban en sus oídos. El asiento —que era de dos plazas— resultaba más bien estrecho para los tres, pero a Mike no le importaba, ya que de ello se derivaba necesariamente un cálido grado de mayor acercamiento. Permanecía sentado con un brazo en torno de cada una de las jóvenes, y miraba y escuchaba e intentaba asimilar, y no habría podido sentirse más feliz si se hubiera encontrado a tres metros bajo el agua.
De hecho, aquélla era la primera vez que contemplaba la civilización terrestre. No había visto nada en absoluto al ser sacado de la Champion y metido en la suite K-12 del Centro de Bethesda; también había pasado unos minutos en un taxi diez días antes para ir del hospital al apartamento de Ben, pero no asimiló nada durante el trayecto. Desde entonces su mundo se había visto limitado a una casa y una piscina, más el jardín que lo rodeaba todo y la hierba y los árboles; no había ido más allá de la puerta de la verja de Jubal.
Pero ahora era mucho más sofisticado de lo que había sido diez días antes. Comprendía qué eran las ventanas, se daba cuenta que la burbuja que lo rodeaba ahora era una ventana y servía para poder ver lo que había al otro lado, y que lo que veía eran realmente las ciudades de aquella gente. Comprendía los mapas y, con la ayuda de las chicas, podía identificar dónde estaban y hacia dónde iban viendo el mapa que se deslizaba en el tablero de mandos delante de él. Siempre había sabido qué eran los mapas, aunque hasta hacía poco no se había enterado de que los humanos los conocían también. Experimentó un asomo de feliz nostalgia la primera vez que asimiló un mapa terrestre. De acuerdo, resultaba estático y muerto en comparación con los mapas utilizados por su gente, pero se trataba de un mapa. Mike no estaba predispuesto por naturaleza —y ciertamente no por entrenamiento— a las comparaciones odiosas; incluso los mapas terrestres eran muy marcianos en esencia: le gustaban.
Ahora contempló casi trescientos kilómetros de terreno, la mayor parte de los cuales estaban cuajados con las metrópolis del mundo, y saboreó hasta el último centímetro de todo ello, al tiempo que procuraba asimilarlo. Le asombró el enorme tamaño de las ciudades humanas y su bulliciosa actividad visible incluso desde el aire, tan diferente del lento movimiento y el ritmo de claustro monacal de las ciudades de su propia gente.
Tuvo la impresión de que una ciudad humana debía de deteriorarse casi de inmediato, asfixiarse de tal modo con las experiencias que sólo los más fuertes de los Ancianos podrían soportar la visita a sus calles desiertas, y asimilar contemplativamente los acontecimientos y emociones que se apilaban capa sobre capa interminablemente en ellas. Él mismo había visitado ciudades abandonadas de Marte sólo en muy pocas, maravillosas y temibles ocasiones, hasta que sus maestros le impidieron que siguiera haciéndolo, al asimilar que no era lo bastante fuerte como para soportar tal experiencia.
Las cautelosas preguntas a Jill y Dorcas, cuyas respuestas relacionó luego con lo que había leído, le permitieron asimilar lo suficiente como para aliviar un poco su mente: la ciudad era muy joven; había sido fundada hacía poco más de dos siglos de la Tierra. Puesto que las unidades cronológicas de la Tierra carecían de sabor para él, las convirtió en años y números marcianos: tres años llenos más tres años de espera (34 + 33 = 108 años marcianos).
¡Aterrador y hermoso! Porque aquellas personas debían de estarse preparando ya para abandonar la ciudad a sus pensamientos, antes de que se hiciera pedazos bajo la tensión y se convirtiera en no. Y, sin embargo, de acuerdo al simple tiempo, la ciudad era apenas un huevo.
Mike previó la posibilidad de regresar a Washington al cabo de uno o dos siglos, pasear por sus calles vacías, y tratar de acercarse a sus interminables dolor y belleza; asimilaría sediento hasta que él fuera Washington y la ciudad fuera él…, si por aquel entonces era ya lo bastante fuerte. Archivó firmemente la idea, puesto que debía crecer y crecer y crecer antes de estar en condiciones de apreciar y celebrar la inmensa angustia de la ciudad.
El conductor del Greyhound giró hacia el este, en respuesta a un cambio de ruta temporal impuesto por la densidad del tráfico —causada, aunque Mike lo desconocía, por su propia presencia—, y Mike vio por primera vez el mar.
Jill tuvo que señalárselo y decirle que era agua, y Dorcas añadió que se trataba del océano Atlántico y trazó la línea de la costa en el mapa. Mike no era un ignorante; desde que era polluelo había sabido que su planeta vecino más próximo al Sol estaba casi todo él cubierto por el agua de vida, y últimamente había podido enterarse de que aquella gente aceptaba su riqueza sin concederle demasiada importancia. Incluso había aceptado, sin ayuda de nadie, el mucho más difícil peso de asimilar finalmente la ortodoxia marciana de que la ceremonia del agua no requería agua; el agua era meramente el símbolo de la esencia: hermosa, pero no indispensable.