Выбрать главу

Pero, como muchos humanos aún vírgenes hacia ciertas experiencias humanas importantes, Mike descubrió que el conocimiento en abstracto de un hecho no era lo mismo que su realidad física: la visión del océano Atlántico le produjo tal terror, que Jill estrujó fuertemente su brazo y le gritó con voz aguda:

—¡Alto, Mike! ¡No se atreva!

Mike cortó en seco su emoción y la almacenó para posterior uso. Luego miró al océano, que se extendía hasta un inimaginablemente lejano horizonte, y trató de calcular su volumen hasta que su cabeza zumbó con treces y potencias de treces y superpotencias de treces.

Cuando aterrizaron en el Palacio, Jubal advirtió:

—Ahora recordad, muchachas, que tenéis que formar un cuadrado en torno de Mike, y no dudéis en clavar un tacón en medio de un pie o un codo en algún plexo solar. Anne, tú llevarás tu toga, pero eso no es motivo que te impida dar un buen pisotón si tratan de avasallarte. ¿De acuerdo?

—No se preocupe, jefe; nadie avasalla a un testigo… pero llevo tacones claveteados y peso más que usted.

—De acuerdo. Duque, ya sabes lo que tienes que hacer…, pero envía a Larry de regreso aquí con el aerobús tan pronto como sea posible.

—Asimilado, jefe. Deje de preocuparse.

—Me preocuparé tanto como me plazca. Vamos.

Harshaw, las cuatro jóvenes, Mike y Caxton bajaron; el aerobús despegó de nuevo de inmediato. Ante el alivio y la aprensión entremezclados de Harshaw, la plataforma de aterrizaje no estaba atestada de periodistas. Pero tampoco estaba vacía. Un hombre se adelantó de inmediato y dijo con voz joviaclass="underline"

—¿Doctor Harshaw? Soy Tom Bradley, el ayudante ejecutivo principal del secretario general. Tiene que ir directamente al despacho privado del señor Douglas. Le verá unos minutos antes de que se inicie la conferencia.

—No.

Bradley parpadeó.

—Creo que no me ha entendido. Se trata de instrucciones del secretario general. Oh, desde luego, él dijo que no hay inconveniente en que el señor Smith le acompañe…, me refiero al Hombre de Marte.

—No. Este grupo permanecerá unido, incluso para ir al lavabo. Desde aquí iremos a esa sala de conferencias. Haga que alguien nos indique el camino. Y aparte a toda esta gente; nos molesta. Mientras tanto, tengo una misión para usted. Miriam, dame la carta.

—Pero, doctor Harshaw…

—He dicho no. ¿Acaso no entiende usted el inglés elemental? Haga el favor de entregar esta carta al señor Douglas de inmediato, a él personalmente…, y entrégueme a mí el acuse de recibo —Harshaw se detuvo un instante para firmar en el reverso del sobre que Miriam le había tendido, oprimió el pulgar sobre la rúbrica y se lo tendió a Bradley—. Dígale que ha de leerlo enseguida…, antes de la reunión.

—Pero el secretario general desea específicamente…

—El secretario desea ver esta carta. Joven, estoy dotado de la segunda visión…, y predigo que no estará usted trabajando aquí a última hora de hoy si pierde tiempo en hacerle llegar esto al señor Douglas.

Bradley clavó sus ojos en los de Jubal, luego dijo:

—Jim, hazte cargo —y se alejó con la carta.

Jubal suspiró interiormente. Había sudado lo suyo para redactar aquella carta; Anne y él se habían pasado la mayor parte de la noche preparando borrador tras borrador. Jubal tenía todas las intenciones de llegar a un acuerdo abierto, a plena vista de todas las cámaras y micrófonos de los noticiarios del mundo…, pero no tenía ninguna intención de dejar que Douglas fuera cogido por sorpresa por ninguna proposición.

Otro hombre avanzó hacia ellos en respuesta a la orden de Bradley; Jubal lo clasificó como un espécimen de primera clase de los jóvenes listos y conscientes que gravitaban en torno del poder y realizaban sus trabajos sucios. El hombre sonrió ampliamente y dijo:

—Me llamo Jim Sanforth, doctor… Soy el secretario de prensa del jefe. A partir de ahora estaré actuando para usted, arreglándole las entrevistas periodísticas y todo eso. Lamento comunicarle que la conferencia aún no está a punto; en el último momento hemos tenido que trasladarla a una sala más grande. Opino que…

—Yo opino que iremos a esa sala de conferencias ahora mismo. Si es necesario permaneceremos de pie hasta que nos traigan las sillas.

—Doctor, estoy seguro de que no entiende la situación. Todavía están tendiendo cables y todo eso, y la sala es un hervidero de reporteros y comentaristas…

—Muy bien. Charlaremos con ellos hasta que esté todo preparado.

—No, doctor. Tengo instrucciones…

—Joven, puede usted coger sus instrucciones, doblarlas hasta que no sean más que todo esquinas, y metérselas hasta lo más profundo de su mazmorra. No estamos a su disposición. Usted no arreglará ninguna entrevista periodística para nosotros. Hemos venido aquí para un solo propósito: celebrar una conferencia pública. Si la conferencia aún no está a punto, veremos a la prensa en la sala destinada a dicha conferencia.

—Pero…

—Y eso no es todo. Está reteniendo usted al Hombre de Marte a la intemperie, en una azotea ventosa —Harshaw alzó la voz—. ¿Hay alguien aquí lo bastante listo como para conducirnos a la sala de conferencias?

Sanforth tragó saliva.

—Sígame, doctor —dijo.

La sala de conferencias era efectivamente un hervidero de periodistas y técnicos, pero había allí una gran mesa ovalada, montones de sillas y varias mesitas de menor tamaño. Mike fue divisado de inmediato, y las protestas de Sanforth no impidieron que los periodistas se arremolinaran a su alrededor. Pero la cuña de amazonas aficionadas llevó a Mike hasta la mesa grande; Jubal se sentó contra ella, con Dorcas y Jill flanqueándole y la testigo honesto y Miriam sentadas detrás. Una vez hecho esto, Jubal no efectuó ningún intento de impedir las preguntas y las fotografías. Mike había sido advertido ya de que conocería a mucha gente y de que una numerosa parte de ella haría cosas extrañas, y Jubal le advirtió muy encarecidamente que se abstuviera de llevar a cabo acciones repentinas —tales como hacer desaparecer personas u objetos o inmovilizar algo— a menos que Jill se lo dijera.

Mike aceptó con actitud grave toda aquella confusión, sin trastorno aparente; Jill sujetaba su mano, y el contacto de la muchacha le tranquilizaba.

Jubal deseaba que se tomasen nuevas fotografías, mientras más mejor; en cuanto a las preguntas planteadas directamente a Mike, no las temía y no hacía ningún esfuerzo por detenerlas. Una semana de intentar hablar con Mike le había convencido de que ningún periodista arrancaría una palabra de importancia al Hombre de Marte en sólo unos cuantos minutos…, sin la ayuda de un experto. La costumbre que tenía Mike de responder a una pregunta cuando le era formulada, literalmente y deteniéndose luego para la siguiente pregunta, sería suficiente para anular cualquier intento de sondearle.

Y así fue. Mike respondió a la mayoría de las preguntas con un educado «Lo ignoro» o con un incluso menos comprometido «¿Perdón?».

Pero una pregunta le salió por la culata a un interrogador. Un corresponsal de la Reuters, que sin duda anticipaba una lucha monumental por el status de Mike como heredero, trató de introducir su propio test sobre la competencia de Smith.

—¿Señor Smith? ¿Qué sabe usted acerca de las leyes de herencia?