El hombre miró el plano, abrió la boca…, luego abandonó la sala a toda velocidad sin detenerse a cerrarla. Volvió inmediatamente, a los talones de un hombre más viejo. El recién llegado dijo, con el tono de voz de alguien que no se anda con tonterías:
—Doctor Harshaw, soy LaRue, jefe de protocolo. ¿Necesita usted realmente la mitad de la mesa principal? Tenía entendido que su delegación era más bien pequeña.
—Eso no tiene nada que ver.
LaRue sonrió brevemente.
—Me temo que sí tiene mucho que ver para mí, señor. Estoy perplejo con este asunto del espacio. No hay casi ninguna personalidad oficial de primera fila de la Federación que no haya decidido estar presente aquí hoy. Si aguarda usted a alguien más, aunque desearía que se me hubiera notificado con antelación…, haré que coloquen una mesa detrás de estos dos asientos reservados para el señor Smith y para usted.
—No.
—Temo que así deberá ser. Lo siento.
—Y yo también… por usted. Porque si no se reserva a la delegación de Marte la mitad de la mesa principal, nos marcharemos ahora mismo. Tan sólo dígale al secretario general que ha estropeado usted la conferencia al no tratar como corresponde al Hombre de Marte.
—No lo dirá usted en serio…
—¿Acaso no recibió usted mi mensaje?
—Oh, bueno, lo tomé por una broma. Aunque bastante ingeniosa, lo admito.
—Hijo, no puedo permitirme el lujo de bromear a estos precios. O Smith es la máxima autoridad de otro planeta en visita oficial a la máxima autoridad en éste, en cuyo caso tiene derecho a ser acompañado por todos los mancebos y bailarinas que usted pueda imaginar…, o no es más que un simple turista, y no tiene por qué recibir cortesías de ninguna clase. No puede tenerlo usted de las dos maneras al mismo tiempo. Pero le sugiero que mire a su alrededor, cuente las «personalidades oficiales de primera fila», como usted las ha llamado, y pregúntese si se hubiesen molestado en venir aquí si, para ellos, Smith no fuera más que un simple turista.
—No hay precedente —murmuró LaRue muy despacio.
Jubal bufó.
—He visto entrar hace un momento al jefe de la delegación de la República Lunar; vaya a decirle a él que no hay precedente. Pero luego… ¡agáchese!: he oído decir que tiene un temperamento más bien enérgico —suspiró—. Hijo, soy viejo, he dormido poco esta noche, y no es de mi incumbencia enseñarle su trabajo. Limítese a decirle al señor Douglas que le veremos otro día…, cuando esté dispuesto a recibirnos como corresponde. Vámonos, Mike —empezó a levantarse trabajosamente de la silla.
—¡No, no, doctor Harshaw! —dijo LaRue apresuradamente—. Dejaremos libre este lado de la mesa. Yo… Bueno, haré algo. Es suya.
—Eso está mejor… —de todos modos, Harshaw siguió a medio levantarse—. Pero, ¿dónde está la bandera de Marte? ¿Y qué me dice de los honores?
—Temo que no le entiendo.
—Nunca había tenido tantos problemas con el inglés simple y llano. Mire, ¿ve esa bandera de la Federación detrás del lugar donde va a sentarse el secretario? ¿No tendría que haber otra igual allí, la de Marte?
LaRue parpadeó.
—Debo confesar que me ha cogido usted por sorpresa. No sabía que en Marte utilizasen banderas.
—No las utilizan. Pero usted no tiene ninguna posibilidad de saber lo que utilizan en las grandes ocasiones estatales —ni yo tampoco, muchacho, pero eso queda al margen del asunto, pensó Jubal—. Así que lo pasaremos por alto e intentaremos subsanar la omisión. Un trozo de papel, Miriam… Ahora mire esto —Harshaw trazo un rectángulo y dibujó en él el tradicional símbolo humano de Marte, un círculo con una flecha brotando de su parte superior derecha—. Haga el campo de color blanco y el emblema de Marte en rojo…, debería ser bordado sobre seda, naturalmente, pero con una sábana y un poco de pintura cualquier boy scout puede improvisarla ¿Fue usted boy scout?
—Oh, hace algún tiempo.
—Estupendo. Ya conoce el lema de los boy scouts. Ahora, en cuanto a los honores… ¿es posible que lo hayamos atrapado sin haber preparado nada de eso tampoco? ¿Van a tocar Salve a la paz soberana cuando entre el secretario?
—Oh, debemos hacerlo. Es obligatorio.
—Entonces supongo que querrá interpretar a continuación el himno de Marte.
—No sé cómo. Incluso aunque lo hubiera…, no lo tenemos. ¡Sea razonable, doctor Harshaw!
—Mire, hijo, estoy siendo razonable. Hemos venido aquí para celebrar una pequeña, tranquila e informal reunión, un asunto estrictamente de negocios. Y nos encontramos con que la han convertido en un circo. Bien, si piensan ofrecer una función circense, tendrán que sacar los elefantes, y sólo hay una forma de hacerlo. Nos damos cuenta de que no puede interpretar usted música marciana, del mismo modo que un chiquillo no puede tocar una sinfonía con un simple silbato de hojalata. Pero sí que puede interpretar una sinfonía… La sinfonía de los nueve planetas. ¿Lo asimila? Quiero decir: ¿lo capta? Tenga la cinta preparada en el inicio justo del movimiento de Marte; toque eso…, o reúna suficiente número de instrumentos de metal como para que el tema se reconozca.
LaRue pareció meditar.
—Sí, supongo que podemos hacer eso, pero… Doctor Harshaw, le he prometido la mitad de la mesa, pero no veo cómo puedo prometerle honores soberanos, la bandera y la música, ni siquiera a escala improvisada. No… no creo tener las atribuciones.
—Ni las agallas —comentó Harshaw amargamente—. En fin, nosotros no deseábamos ningún circo…, así que dígale al señor Douglas que volveremos cuando no esté tan ocupado, y no tenga tantos visitantes. Ha sido una delicia charlar con usted, hijo. Pásese por el despacho del secretario y salúdenos cuando volvamos, si es que aún sigue aquí —inició de nuevo la lenta y al parecer penosa tarea de levantar su viejo y débil cuerpo de la silla.
—¡Doctor Harshaw, por favor, no se vaya! —imploró LaRue—. Esto…, el secretario no vendrá hasta que yo le avise que todo está preparado, así que permítame ver lo que se puede hacer. ¿De acuerdo?
Harshaw se relajó con un gruñido.
—Como guste. Pero una cosa más, mientras está aún aquí. Hace un momento capté un conato de jaleo en la puerta principal. Por lo que me pareció oír, algunos miembros de la tripulación de la Champion deseaban entrar. Todos ellos son amigos de Smith, así que franquéeles el paso. Les acomodaremos. Nos ayudarán a llenar este lado de la mesa —Harshaw suspiró y se frotó un riñón.
—Muy bien, señor —asintió rígidamente LaRue, y se marchó.
Miriam susurró por un lado de la boca:
—Jefe… ¿se luxó la espalda haciendo gimnasia anteayer por la noche?
—Silencio, muchacha, si no quieres que te dé una azotaina.
Jubal repasó con hosca satisfacción la sala, que seguía llenándose con altas personalidades oficiales. Había dicho a Douglas que deseaba unas conversaciones «pequeñas e informales», aunque sabía que el mero anuncio de las mismas convocaría allí a todos los poderosos y hambrientos de poder del planeta con la misma seguridad con que la luz atrae a las polillas. Y ahora —estaba seguro de ello—, Mike estaba a punto de ser tratado como un soberano por todos y cada uno de aquellos nababs…, con todo el mundo mirando. Después de aquello, ¡que alguien intentase maltratar al muchacho!
Sanforth estaba todavía dedicado a expulsar periodistas de la sala con todas sus fuerzas, y el despechado ayudante de protocolo, abandonado por su superior, se estremecía como una niñera nerviosa en su intento de hacer malabarismos, con pocas sillas y demasiados notables a los que acomodar. Seguía entrando gente, y Jubal llegó a la conclusión de que Douglas nunca había tenido intención de presentarse antes de las once y que todo el mundo había sido informado de ello… Y que la hora más temprana comunicada a Jubal había sido únicamente para tener tiempo de celebrar la reunión privada previa a la conferencia, aquella que Douglas había solicitado y Harshaw rechazado. Bueno, la demora convenía a los planes de Jubal.