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Jubal alzó la mirada y vio a Bradley que se alejaba silenciosamente. Abrió el sobre en sus rodillas y examinó la única hoja que había dentro.

La nota consistía en una sola palabra: «Sí», y había sido firmada con las iniciales «J.E.D»… todo en la famosa tinta verde.

Jubal alzó de nuevo la mirada y tropezó con los ojos de Douglas fijos en los suyos; el secretario general asintió imperceptiblemente y desvió la vista. La conferencia como tal había concluido; todo lo que faltaba ahora era hacérselo saber al mundo.

Mike terminó de pronunciar las sonoras nulidades que le habían sido dictadas; Jubal oyó sus propias palabras: «un acercamiento continuo, con beneficio mutuo para ambos mundos», y «cada una de las dos razas de acuerdo con su propia naturaleza», pero no las escuchó. Luego Douglas dio las gracias al Hombre de Marte, breve pero calurosamente. Hubo una pausa.

Jubal se puso en pie.

—Señor secretario general…

—¿Sí, doctor Harshaw?

—Como usted sabe, el señor Smith se encuentra aquí hoy desempeñando un doble papel. Como algunos príncipes visitantes en el pasado histórico de nuestra raza, que viajaban en caravana y navegaban por las vastedades marítimas inexploradas hasta reinos lejanos, él nos trae los buenos deseos de los Antiguos Poderes de Marte. Pero también es un ser humano, un ciudadano de la Federación y de Estados Unidos de América. Como tal, tiene derechos y propiedades y obligaciones aquí —Jubal sacudió la cabeza—. Todo lo cual es muy engorroso, lamento decirlo. Como abogado suyo en su calidad de ciudadano particular y ser humano, he estado examinando sus asuntos, y ni siquiera he sido capaz de establecer una relación completa de lo que posee…, y mucho menos de decidir qué presentar a los recaudadores de impuestos.

Jubal hizo una pausa para recobrar el aliento.

—Soy viejo, y es posible que no viva lo suficiente como para completar la tarea. Usted sabe que mi cliente no posee experiencia comercial ni financiera en el sentido humano del término; los marcianos hacen estas cosas de un modo muy distinto. Pero es un joven de gran inteligencia; todo el mundo sabe que sus padres fueron genios, y la sangre prevalecerá. No cabe duda de que, en el plazo de unos pocos años, podría, si lo deseara, arreglárselas perfectamente por sus propios medios, sin la ayuda de un abogado viejo y achacoso. Pero sus asuntos requieren atención inmediata hoy; los negocios no esperan.

»Pero, de hecho, él se siente más ansioso por aprender la historia, las artes y las formas de vida de éste, su segundo hogar, antes que de sumergirse en pagarés y paquetes de acciones y royalties…, y creo que en eso demuestra su buen juicio. Aunque sin experiencia en los negocios, el señor Smith posee una sabiduría directa y simple que me sorprende, y que sorprende a todo aquel que lo conoce. Cuando le expliqué los problemas que estaba teniendo, se limitó a mirarme con esos ojos claros y tranquilos suyos y me dijo: «Bueno, eso no es ningún problema, Jubal; se lo pediremos al señor Douglas» —Harshaw hizo una pausa y dijo con ansiedad—. El resto es asunto personal, señor secretario. ¿Debo entrevistarme con usted en privado? ¿Y dejar que las damas y caballeros vayan a sus casas?

—Adelante, doctor Harshaw —dijo Douglas, y añadió—. Se dispensa el protocolo. Quienquiera que desee ausentarse, es libre de hacerlo.

Nadie se movió.

—De acuerdo —continuó Jubal—. Puedo resumirlo todo en una frase: el señor Smith desea nombrarle a usted administrador legal de sus bienes, con plenos poderes para manejar todos sus asuntos de negocios. Simplemente eso.

Douglas pareció convincentemente atónito.

—Es un encargo que encierra grandes responsabilidades, doctor.

—Lo sé, señor. Le señalé a Smith que esto era una imposición, que es usted el hombre más ocupado de este planeta, y que no dispondría de tiempo material para ocuparse de sus asuntos… —Jubal agitó la cabeza y sonrió—. Me temo que no llegué a impresionarle… Parece ser que, en Marte, de la persona más atareada es de la que más se espera. El señor Smith se limitó a decir: «Podemos preguntárselo». Así que se lo estoy preguntando.

»Por supuesto, no esperamos una respuesta inmediata. Ése es otro rasgo marciano; los marcianos nunca se apresuran por nada. Ni se sienten inclinados a hacer las cosas de un modo complicado. Nada de contratos, nada de auditorías, nada de artificios burocráticos; un poder notarial escrito, si usted así lo desea. Pero a Smith tampoco le importa; está dispuesto a ponerlo todo en manos de usted ahora mismo, con sólo que usted acepte verbalmente… al estilo chino.

»Ése es otro rasgo marciano; si un marciano confía en alguien, confía en él de un modo absoluto y hasta el final. No acude a averiguar si ese alguien mantiene su palabra. Oh, debo añadir una cosa: el señor Smith no hace esta solicitud al secretario general en funciones; le pide un favor a Joseph Edgerton Douglas, a usted personalmente. Si usted se retira de la vida pública, eso no afectará al trato en lo más mínimo. Su sucesor en su cargo, quienquiera que sea, no figura en él. Es en usted en quien confía…, no en quien sea que vaya a ocupar el Despacho Octagonal de este Palacio.

Douglas asintió.

—Sea cual sea mi respuesta, me siento honrado… y lleno de humildad.

—En caso de que usted decline el encargo o no pueda aceptarlo, lo acepte provisional o temporalmente o algo parecido, el señor Smith tiene su segunda elección para el trabajo: Ben Caxton. Levántese un segundo, Ben; deje que la gente le vea. Y si los dos, usted y Caxton, no pueden o no desean aceptarlo, su siguiente elección es… Bueno, me parece que nos reservaremos ese nombre por el momento; digamos tan sólo que hay sucesivos candidatos. Hum, déjeme ver… —Jubal pareció vacilar—. No estoy acostumbrado a hablar de pie. Miriam, ¿por dónde anda ese papel donde listé las cosas que vienen a continuación?

Jubal aceptó la hoja que le tendía la muchacha y añadió:

—Será mejor que me entregues también las otras copias —Miriam le pasó un fajo de hojas—. Esto es un pequeño memorándum que hemos preparado para usted, señor…, o para Caxton, si las cosas se inclinan en esa dirección. Hum, veamos… «El administrador se pagará a sí mismo el salario que considere justo de acuerdo con su valía, pero no menos de…», bueno, una suma considerable que en realidad a nadie le importa. «El administrador depositará fondos en una cuenta de gastos a disposición de la primera parte…», ejem, oh, sí…, pensé que tal vez querría utilizar el Banco de Shangai como, llamémoslo, depositario, y digamos que el Lloyd's como agente comercial…, o quizá al revés…, sólo para proteger su propio nombre y fama. Pero el señor Smith no quiere oír hablar de ninguna de estas instrucciones…, sólo quiere que se establezca una asignación ilimitada de poderes, revocable por ambas partes a elección. Así que no voy a leer todo esto; ése es el motivo de haberlo puesto por escrito —Jubal se volvió y miró al vacío—. Eh, Miriam… rodea la mesa y lleva todo esto al secretario general, eso es, buena chica. Hum, dejaré aquí estas otras reproducciones. Puede que quiera pasárselas a alguna otra persona… o acaso las necesite usted mismo. Oh, será mejor que entregue una al señor Caxton…, tome, Ben.

Jubal miró ansiosamente alrededor.

—Hum, me parece que eso es todo lo que tengo que decir, señor secretario. ¿Tiene usted algo más que decirnos a nosotros?

—Sólo un momento. ¿Señor Smith?

—¿Sí, señor Douglas?

—¿Es esto lo que usted desea? ¿Quiere usted que yo haga lo que dice este papel?

Jubal contuvo el aliento y evitó mirar a su cliente. Mike había sido cuidadosamente aleccionado con vistas a aquella pregunta…, pero no había manera de decir qué forma iba a tomar, ni de predecir adónde podían llevarles las interpretaciones literales que Mike aplicaba a todo lo que se le decía.