Jubal asintió con la cabeza.
—Completamente cierto. Por eso continúo leyéndolo, un poco.
—Sí. Pero el lenguaje marciano es mucho más complejo que el inglés, y tan alocadamente distinto en la forma en que abstrae su imagen del universo, que, en comparación, el inglés y el árabe podrían ser considerados un solo idioma. Un inglés y un árabe pueden aprender a pensar cada uno con el lenguaje del otro. Pero no estoy seguro de que sea posible para nosotros pensar alguna vez en marciano (a no ser que lo aprendamos del modo único en que Mike lo aprendió). Oh, podremos llegar a «chapurrear» marciano, sí…, eso es lo que hago yo. Pero nada más.
»Tomemos ahora ese verbo: «asimilar». Su significado literal, el que le supongo, que retrocede hasta el origen mismo de la raza marciana como criaturas pensantes dotadas de habla, arroja su luz sobre la totalidad de su «mapa»…, y resulta fácil de comprender. Asimilar significa «beber».
—¿Eh? —se extrañó Jubal—. Mike nunca dice «asimilar» cuando habla de beber. Él…
—Un momento… —Mahmoud dijo algo a Mike en marciano.
Smith pareció levemente sorprendido.
—«Asimilar» es beber —dijo, y olvidó el asunto.
—Pero Mike se hubiera mostrado también de acuerdo —prosiguió Mahmoud— si le hubiese citado un centenar de otros verbos ingleses, verbos que representan lo que nosotros consideramos como conceptos distintos, incluso como parejas de conceptos antitéticos. Y «asimilar» puede traducirse como todos ellos, según como sea utilizado. Significa «temer», significa «amar», significa «odiar»… odiar adecuadamente, porque, según el «mapa» marciano, uno no puede odiar nada, a menos que lo asimile completamente, que lo comprenda de un modo tan absoluto que pueda fusionarse con ello y que ello se fusione con uno; entonces, y sólo entonces, puede uno odiarlo. Pero se odiaría a la vez a sí mismo. Sin embargo, esto también implica, por necesidad, que uno lo ama también, y lo cuida, y lo fomenta, y no lo haría de ninguna otra forma. Sólo en tal caso uno puede odiar…; y creo que el odio marciano es una emoción tan leve, que el equivalente humano más aproximado sería un suave desagrado.
Mahmoud esbozó una mueca.
—«Asimilar» significa «identificarse hasta la igualdad absoluta» en sentido matemático. El clisé humano: «Esto me hace más daño a mí que a ti», tiene sabor marciano, aunque sólo sea un rastro. Los marcianos parecen saber de una manera instintiva lo que nosotros hemos aprendido penosamente de la física moderna: que el observador interactúa con el observado inevitablemente a través del proceso de la observación. «Asimilar» significa entender de forma tan absoluta, que el observador se convierte en parte del proceso observado… hasta fundirse, mezclarse, fusionarse, perder la propia identidad en la experiencia de grupo.
»Significa casi todo lo que nosotros entendemos por religión, filosofía y ciencia…, y al mismo tiempo, significa tan poco para nosotros como el color para un ciego… —Mahmoud hizo una pausa—. Jubal, si yo le trocease y le convirtiera en estofado, usted y la carne de su cuerpo, todo, sería asimilado. Y cuando yo le comiese, nos asimilaríamos el uno al otro y nada se perdería, sin importar quién fuera el que se comiese a quién.
—Ya no sería yo —manifestó Jubal en tono firme.
—Usted no es marciano —Mahmoud se interrumpió de nuevo para hablar en marciano a Mike.
Mike asintió.
—Habla usted correctamente, hermano doctor Mahmoud. También yo digo lo mismo. Usted es Dios.
Mahmoud se encogió de hombros, desesperanzado.
—¿Se da cuenta de lo inútil que es? Todo lo que consigo es una blasfemia. No pensamos en marciano. No podemos.
—Usted es Dios —repitió Mike, jovial—. Dios asimila.
—¡Demonios, cambiemos de tema! Jubal, ¿puedo ponerme un poco más de ginebra a cuenta de la fraternidad?
—Yo la traeré —dijo Dorcas, y se puso rápidamente en pie.
Fue un agradable picnic familiar, relajado gracias al don de cálida informalidad de Jubal —un don compartido por su personal—, más el hecho de que los tres recién llegados pertenecían a la misma categoría de gente: todos instruidos, aclamados y sin ninguna necesidad de esforzarse. Incluso el doctor Mahmoud, que en muy raras ocasiones bajaba la guardia cuando alternaba con personas que no compartían su misma sumisa fe hacia la Voluntad de Dios, siempre beneficiosa y clemente, se sentía relajado y feliz. Le había complacido mucho saber que Jubal leía las palabras del Profeta…, y, ahora que se paraba a observarlo, las mujeres de la casa de Harshaw estaban más rellenitas de lo que le había parecido a primera vista. La morena… Pero desterró el pensamiento de su mente; él era un invitado allí.
Sin embargo, le complacía que aquellas mujeres no parloteasen, no se metieran en las conversaciones serias de los hombres, y a cambio fueran diligentes al servir la comida y la bebida en medio de una cálida hospitalidad. Le había chocado un poco lo que tomó por una cierta falta de respeto casual hacia su amo en la actitud de Miriam…, pero no tardó en reconocerla por lo que era: la misma libertad que se concede a los gatos y a los hijos favoritos en la intimidad del hogar.
Jubal había explicado poco antes que simplemente estaban esperando la decisión del secretario general.
—Si está dispuesto a cerrar el trato, y creo que lo está, puede que hoy mismo recibamos noticias suyas. Si no, volveremos a casa esta noche y regresaremos, si tenemos que hacerlo. Pero si nos hubiéramos quedado en el Palacio, tal vez él se habría sentido tentado de regatear. Aquí, enterrados en nuestro agujero, podemos rechazar cualquier regateo.
—¿Regateo sobre qué? —preguntó el capitán Van Tromp—. Le dio usted lo que él quería.
—No todo lo que quería. Douglas hubiese preferido que ese poder fuese absolutamente irrevocable en vez de recibirlo condicionado a su buena conducta, con la posibilidad de que el poder revierta a manos de un hombre al que detesta y al que teme: este truhán de sonrisa inocente, nuestro hermano Ben. Pero además de Douglas, también hay otros que seguro querrían regatear. Ese Buda blando, Kung…, me odia hasta las entrañas. Le arranqué la alfombra de debajo de sus pies. Pero si pudiera pensar en un trato que considerara tentador para nosotros, antes de que Douglas clave sus uñas en el asunto, nos lo ofrecería. Por eso nos hemos apartado también de su camino. Kung es la única razón por la que no comemos ni bebemos nada que no hayamos preparado nosotros mismos.
—¿Realmente tiene la sensación de que hay algo por lo que debamos preocuparnos? —inquirió Nelson—. Jubal, había dado por sentado que era usted un gourmet que insistía en su propia cocina incluso fuera de casa. No puedo imaginar la posibilidad de ser envenenado en un hotel importante como éste.
Jubal agitó tristemente la cabeza.
—Sven, es usted el tipo de persona honesta que piensa que todos los demás son honestos también…, y normalmente está en lo cierto. No, nadie desea envenenarle a usted; pero es posible que su esposa llegara a cobrar su seguro de vida sólo porque usted compartió un plato con Mike.
—¿De veras lo cree así?
—Sven, pediré al servicio de habitaciones cualquier cosa que usted desee. Pero yo no la tocaré, ni permitiré que Mike lo haga. Porque apostaría todo lo que tengo a que cualquier camarero que entre en esta suite estará en la nómina de Kung, y quizá en otras dos o tres más. No estoy viendo fantasmas detrás de los arbustos; saben que estamos aquí, y han dispuesto de un par de horas para actuar.