—¿Por qué haría tal cosa, Jubal? —interrumpió el capitán.
Harshaw pareció sorprendido.
—¿Tiene usted dinero, comandante? No me refiero a que pueda pagar todas sus facturas, y que tenga suficientes valores en bolsa para permitirle hacer las discretas locuras que se le apetezcan. Quiero decir rico…, tan cargado de dinero que el suelo se combe bajo usted cuando rodee la mesa para ocupar su lugar a la cabecera en la sala de consejos.
—¿Yo? —Van Tromp soltó un bufido—. Tengo el cheque mensual de mi sueldo, una pensión algún día, una casa hipotecada y dos chicas en el colegio. Me gustaría probar eso de ser rico aunque sólo fuera por un tiempo, ¡no me importa decírselo!
—No le gustaría.
—¡Ja! No diría usted eso si tuviese un par de hijas en el colegio.
—Para su información, costeé el colegio a cuatro, y me empeñé hasta los sobacos. Una de ellas justificó la inversión: es una lumbrera en su profesión, y practica con su nombre de casada porque yo siempre he sido un viejo de mala fama, que hace dinero escribiendo basura popular en vez de tener el honor de ser sólo un recuerdo reverenciado en un párrafo de su biografía en el Who's Who. Las otras tres son un encanto, que siempre se acuerdan de mi cumpleaños y no me molestan con otras cosas; no puedo decir que la educación les causara algún daño. Aunque mi descendencia no es relevante, demuestra que comprendo que un hombre necesita a menudo más de lo que tiene. Pero usted puede arreglar fácilmente esto: puede renunciar al servicio y aceptar un trabajo en alguna firma de ingeniería que le pagará varias veces lo que cobra ahora sólo por el derecho de poner el nombre de usted en sus membretes. La General Atomics, por ejemplo, y varias otras. ¿No le han hecho ofertas?
—Eso no hace al caso —respondió el capitán Van Tromp, tensamente—. Soy un hombre dedicado a mi profesión.
—Lo cual significa que no hay suficiente dinero en este planeta para tentarle a renunciar a capitanear naves espaciales. Comprendo eso.
—Pero no me importaría tener dinero también.
—Un poco más de dinero no le haría ningún bien, porque las hijas pueden gastar siempre un diez por ciento más de lo que un hombre es capaz de ganar en el ejercicio de su ocupación normal, no importa la cantidad. Es una ley de la naturaleza ampliamente experimentada, pero hasta ahora no enunciada, que a partir de este momento puede ser conocida como la «Ley de Harshaw». Pero, capitán, la auténtica riqueza, a tal escala que exige que su propietario alquile toda una batería de maquinadores para mantener bajos sus impuestos, le haría encallar con la misma certeza que la dimisión.
—¿Por qué debería? Lo invertiría todo en acciones y me dedicaría a cortar los cupones.
—¿Lo haría realmente? No, no si perteneciera usted a la clase de los que empiezan por adquirir desde el principio una gran fortuna. El dinero en grandes cantidades no es difícil de conseguir. Lo único que exige es toda una vida de obcecada devoción a adquirirlo y a hacerlo crecer en más dinero, con absoluta exclusión de todos los demás intereses. Dicen que la época de las oportunidades ha pasado. ¡Tonterías! Siete de los diez hombres más ricos de este planeta empezaron su vida sin un centavo, y hay montones de otros que están medrando en su camino hacia arriba. Esa gente no ha sido detenida por los altos impuestos, ni siquiera por el socialismo; simplemente se adaptan a las nuevas reglas y finalmente las cambian. Pero ninguna primera bailarina trabaja nunca tanto ni tan afanosamente como un hombre que adquiere riquezas. Capitán, ése no es su estilo; usted no quiere hacer dinero, usted simplemente desea tener dinero a fin de gastarlo.
—¡Correcto, señor! Y es por eso por lo que sigo sin comprender por qué quiere separar a Mike de su riqueza.
—Porque Mike no la necesita, y le perjudicará más que cualquier impedimento físico. La riqueza, la gran riqueza, es una maldición…, a menos que uno se dedique a amasar dinero porque disfruta con ello. E incluso así, la cosa presenta serios inconvenientes.
—¡Oh, tonterías! Jubal, habla usted como un guardia de harén tratando de convencer a un hombre entero de las ventajas de ser un eunuco. Y disculpe la comparación.
—Es muy posible —admitió Jubal—, y quizá por la misma razón; la capacidad de la mente humana para razonar sus propias deficiencias es ilimitada, y yo no soy ninguna excepción. Puesto que yo, como usted, señor, no siento más interés por el dinero que el de gastarlo, nunca ha habido la más remota posibilidad de que adquiriera ningún grado significativo de riqueza; sólo lo suficiente para mis vicios. Como tampoco hay ningún auténtico peligro de que fracase en la tarea de conseguir esa modesta suma necesaria, puesto que cualquiera con suficiente visión como para no caer en la tentación de formar pareja puede siempre conseguir alimentar sus vicios, ya sean pagar religiosamente los impuestos o masticar nueces de betel.
»Pero… ¿una gran fortuna? Usted ya vio la farsa de esta mañana. Ahora, respóndame sinceramente: ¿no cree que pude haber modificado ligeramente el asunto de forma que yo adquiriera todo el botín, convirtiéndome de facto en el administrador y propietario único, y asignándome cualquier ingreso que deseara…, al tiempo que arreglaba todo lo demás, de modo que Douglas corriera con los gastos? ¿No hubiera podido hacer eso, señor? Mike confía en mí; soy su hermano de agua. ¿No hubiera podido estafarle toda su fortuna y arreglar las cosas de modo que el Gobierno, en la persona del señor Douglas, lo hubiera dado por bueno?
—Oh, maldito sea, Jubal… Supongo que hubiera podido.
—Por supuesto que hubiera podido. Porque nuestro a veces estimable secretario general no es más ambicioso del dinero que usted. Su estímulo es el poder…, un tambor cuyo retumbar yo no oigo. Si le hubiese garantizado a Douglas (oh, graciosamente, por supuesto; hay decoro incluso entre los ladrones) que los bienes de Smith continuarían respaldando su Administración, entonces me habría dejado que hiciera tranquilamente lo que quisiera con el dinero, y hubiera legalizado mi posición como consejero legal perpetuo del muchacho… —se estremeció—. Por unos momentos, pensé que iba a tener que hacer exactamente eso para proteger a Mike de los buitres que se habían reunido a su alrededor…, y el pánico me dominó.
»Capitán, evidentemente usted no sabe cómo es la vida de un personaje muy rico. No es una bolsa abultada y tiempo para gastarla. Su propietario se ve acosado por todas partes, a cualquier hora, vaya donde vaya, por intercesores persistentes como mendigos de Bombay; y cada uno le pide que invierta o que renuncie a una parte de su riqueza. Se transforma en un ser receloso ante la amistad sincera… la cual, ciertamente, raras veces le es ofrecida; aquellos que podrían haber sido sus amigos se sienten demasiado irritados al ser empujados constantemente a un lado por los mendigos, y son demasiado orgullosos para arriesgarse a que les confundan con uno. Y peor aún, su vida y las vidas de sus familiares siempre están en peligro. Capitán, ¿se han visto sus hijas amenazadas de secuestro alguna vez?
—¿Qué? ¡Dios santo, no!
—Si poseyera usted la fortuna que han echado sobre los hombros de Mike, tendría que mantener a esas chicas protegidas día y noche; y aun así no dormiría tranquilo, porque nunca podría estar seguro de que sus propios guardianes no pudieran sentirse tentados. Examine el último centenar de secuestros que se han producido en este país, y observe en cuántos de ellos figura implicado un empleado de toda confianza…, y observe también las pocas víctimas que escaparon con vida. Luego pregúntese: ¿hay algo que pueda comprarse con dinero que merezca la pena tener, a cambio de colocar los hermosos cuellos de sus hijas dentro de un eterno nudo corredizo?