Van Tromp pareció meditar en aquello.
—No. Supongo que seguiré con mi casa hipotecada; es más de mi especialidad. Esas chicas son todo lo que tengo, Jubal.
—Amén. Yo me sentí abrumado ante la perspectiva. La riqueza no ofrece ningún encanto para mí. Todo lo que quiero es vivir mi propia perezosa e inútil vida, dormir en mi propia cama… ¡y no ser molestado! Sin embargo, pensé que iba a verme obligado a pasar los últimos años de mi vida sentado en un despacho, protegido por una barricada de palmeadores, trabajando largas horas como hombre de negocios al servicio de Mike.
»Y entonces tuve la inspiración. Douglas vive ya detrás de esas barricadas, y dispone de los palmeadores adecuados. Puesto que me veía obligado a entregar el poder de ese dinero a Douglas para asegurar la salud y la libertad de Mike, ¿por qué no hacer que pagase por ello, asumiendo también todos los quebraderos de cabeza? No temía que Douglas le robase nada a Mike; sólo los mezquinos políticos de segunda categoría son seres hambrientos de dinero. Y Douglas, sean cuales fueren sus fallos, no es mezquino en este aspecto. Deje de fruncir el entrecejo, Ben, y rece por que él nunca eche esa carga sobre usted.
»Así que arrojé toda la carga sobre los hombros de Douglas, y ahora podré volver a mi jardín. Pero, como he dicho, el asunto del dinero fue algo relativamente sencillo una vez se me ocurrió. Era la Resolución Larkin lo que me preocupaba.
—Creo que se le fue un poco de la mano en eso, Jubal —indicó Caxton—. Toda esa estupidez de permitir que le rindieran a Mike honores de soberano. ¡Honores, ciertamente! Por el amor de Dios, Jubal, hubiera debido limitarse a dejar que el muchacho renunciase a todo derecho, título e interés, si es que tiene alguno, bajo esa ridícula teoría Larkin. Sabía usted que Douglas deseaba que lo hiciera; Jill se lo dijo.
—Ben, muchacho —dijo suavemente Harshaw—, como periodista, es usted esforzado y a veces incluso legible.
—¡Hey, gracias! Aquí tengo a un fan.
—Pero su concepto sobre la estrategia corresponde a la época de Neanderthal.
Caxton suspiró.
—Ya me siento mejor, Jubal. Por un momento pensé que se hubiera vuelto usted blando y sentimental en su vejez.
—Cuando lo haga, por favor dispárenme un tiro. Capitán, ¿cuántos hombres dejó usted en Marte?
—Veintitrés.
—¿Y cuál es su status, según la Resolución Larkin?
Van Tromp pareció turbado.
—Se supone que no debo hablar de ello.
—Entonces no lo haga —le tranquilizó Harshaw—. Podemos deducirlo, y Ben también.
—Comandante —intervino el doctor Nelson—, tanto Stinky como yo volvemos a ser civiles. Hablaré donde y como me plazca…
—Y yo —confirmó Mahmoud.
—… y, si quieren crearme problemas, ya saben dónde pueden meterse mi comisión de reserva. ¿Por qué tiene el Gobierno que decirnos de qué no podemos hablar? ¿Quiénes son ellos para ordenarnos tal cosa? Esos calientasillas no fueron a Marte. Fuimos nosotros.
—Tranquilo, Sven. Tenía intención de hablar de ello; son nuestros hermanos de agua. Pero… Ben, preferiría que esto no apareciese en su columna. Me gustaría volver a mandar una nave espacial.
—Capitán, conozco el significado de off the record. Pero si eso le hace sentirse más tranquilo, iré a reunirme con Mike y las chicas. De todos modos, quiero ver a Jill.
—Por favor, no se vaya. El Gobierno se halla un tanto inseguro en lo que se refiere a esa colonia nominal que dejamos atrás. Todos esos hombres firmaron su renuncia a los llamados derechos Larkin; los cedieron en favor del Gobierno, antes de que abandonáramos la Tierra. La presencia de Mike cuando llegamos a Marte confundió enormemente las cosas. No soy abogado, pero comprendo que si Mike abdicara de sus derechos, fueran cuales fuesen, eso pondría a la Administración en el asiento del piloto a la hora de repartir las cosas de valor.
—¿Qué cosas de valor? —preguntó Caxton—. Aparte de la pura ciencia, quiero decir. Mire, comandante, no es que trate de restar méritos a su logro, pero, a juzgar por todo lo que he oído, Marte no es exactamente una propiedad valiosa para los seres humanos. ¿O hay allí bienes que aún están clasificados como «cáete muerto antes de leerlo»?
Van Tromp negó con la cabeza.
—No, los informes científicos y técnicos son todos clasificados, creo. Pero Ben, la Luna no era más que un pedazo de roca sin ningún valor cuando pusimos por primera vez el pie en ella. Mírela ahora.
—Touché —admitió Caxton—. Desearía que a mi abuelo se le hubiese ocurrido comprar acciones de la Lunar Enterprises en vez de las del uranio canadiense. Yo no pongo las objeciones de Jubal a hacerme rico… —añadió—. Pero, en cualquier caso, Marte está habitado.
Van Tromp no parecía muy feliz.
—Sí, pero… Stinky, dígaselo.
—Ben —indicó Mahmoud—, en Marte hay espacio de sobra para la colonización humana…Y, por lo que hemos sido capaces de averiguar, los marcianos no interferirán. No pusieron ninguna objeción cuando les dijimos que teníamos intención de dejar una colonia en el planeta. Aunque tampoco parecieron complacidos. Ni siquiera interesados. En estos momentos estamos ondeando nuestra bandera y gritando extraterritorialidad, pero nuestro status puede muy bien ser como el de una de esas ciudades hormiguero cubiertas por una campana de cristal que se ven a veces en los colegios. Nunca fui capaz de asimilarlo.
Jubal asintió.
—Exacto. Ni yo. Esta mañana no tenía ni la más remota idea de la situación… excepto que sabía que el Gobierno estaba ansioso por echarles la mano encima a los llamados derechos Larkin de Mike. Así que supuse que el Gobierno se hallaba en el mismo estado de ignorancia que nosotros, aunque dispuesto a seguir adelante con osadía. «Audacia, siempre audacia»…, el más firme principio de la estrategia. Practicando la medicina aprendí que, cuando más perdido estás, es cuando mayor confianza debes fingir. En leyes aprendí que, cuando tu caso parece irremediablemente perdido, es cuando debes impresionar al jurado con tu relajada seguridad.
Jubal sonrió.
—En una ocasión, cuando iba a la escuela secundaria, gané un debate sobre las subvenciones de embarque citando un argumento abrumador del Consejo de Embarque Colonial Británico. La oposición no pudo refutar de ningún modo mis alegaciones…, por la sencilla razón de que nunca existió ningún Consejo de Embarque Colonial Británico. Me lo inventé, ropaje incluido.
»Esta mañana me mostré igualmente desvergonzado. La Administración deseaba los «derechos Larkin» de Mike, y estaba estúpidamente aterrorizada ante la posibilidad de que yo pudiera hacer un trato con Kung o con alguien más al respecto. Así que utilicé su codicia y su preocupación para obligarles a llegar hasta el final del absurdo lógico de su fantástica teoría legal, haciéndoles reconocer públicamente que Mike era un soberano del mismo nivel que la propia Federación mediante la puesta en práctica de un protocolo diplomático inequívoco… ¡y que debía ser tratado en consonancia! —Jubal pareció complacido de sí mismo.
—Y con ello —dijo Caxton secamente—, lanzándose a remontar el arroyo sin un remo en las manos.
—Ben, Ben —reprochó Jubal—. La metáfora es errónea. No se trata de una canoa, sino de un tigre. O un trono. Han coronado a Mike de acuerdo con su propia lógica. ¿Debo señalar que, pese a lo que diga el viejo refrán sobre cabezas tambaleantes y coronas, es mucho más seguro ser rey públicamente que pretendiente al trono más o menos oculto? Normalmente un rey puede abdicar para salvar el cuello; un pretendiente puede renunciar a sus pretensiones, pero esto no hace que su cuello esté más seguro… De hecho, todavía lo está menos: lo deja desnudo ante sus enemigos.