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—Hay una forma rápida de establecer eso —sugirió Jubal—: llamemos a Mike. Preguntémosle.

—Un momento, Jubal —objetó Van Tromp—. Aprendí hace años a no discutir jamás con un especialista; nunca puedes ganar. Pero también aprendí que la historia del progreso es una larga, larga lista de especialistas que estuvieron completamente equivocados… Perdone, Stinky.

—Tiene razón, capitán… sólo que esta vez no estoy equivocado.

—Tal como veo las cosas, todo lo que Mike puede establecer es si conoce o no cierta palabra…, lo cual puede ser algo así como pedirle a un niño de dos años que defina el cálculo. No prueba nada. Preferiría atenerme por el momento a los hechos. Sven, ¿qué hay de Agnew?

—Eso es cosa suya, capitán —respondió Nelson.

—Bien…, esto sigue siendo una conversación privada entre hermanos de agua, caballeros. El teniente Agnew era nuestro oficial médico cadete. Según dice Sven, era un chico muy brillante en su campo, y yo no tuve quejas respecto a él por parte de nadie y en ningún sentido; era bastante apreciado. Pero estaba poseído por una insospechada xenofobia latente. No contra los humanos, pero no podía soportar a los marcianos.

»Al darme cuenta de que al parecer los marcianos eran pacíficos, di órdenes de que nadie fuera armado fuera de la nave. No quería que se produjese ningún incidente. Pero al parecer, el joven Agnew me desobedeció. No conseguimos encontrar su arma corta personal, y los dos hombres que le vieron vivo por última vez declararon que la llevaba consigo. Pero todo lo que dice mi diario de a bordo es: «desaparecido y presumiblemente muerto». Les contaré como sucedió.

»Dos miembros de la tripulación vieron a Agnew adentrarse por una especie de pasadizo entre dos grandes rocas: una configuración rara en Marte, donde todo es más bien monótono. Luego vieron a un marciano que entraba por el mismo camino…, por cuyo motivo se apresuraron hacia allá, puesto que la peculiaridad del doctor Agnew era bien conocida por todos. Ambos dijeron que, mientras corrían, oyeron un disparo. Uno aseguró que llegó a la entrada justo a tiempo para ver fugazmente a Agnew, un poco más allá del marciano, que llenaba casi todo el espacio entre las rocas; son muy grandes. Y, al instante siguiente, dejó de verle. El segundo hombre dijo que cuando llegó allí el marciano salía: simplemente cruzó por delante de ellos y siguió su camino. Una actitud característicamente marciana: si no tiene nada que tratar contigo, simplemente te ignora. Una vez el marciano se hubo alejado pudieron observar el espacio entre las dos rocas: era un callejón sin salida, y estaba vacío.

»Eso es todo, caballeros. Podríase decir que Agnew pudo haber saltado por encima de la pared de roca, gracias a la inferior gravedad de Marte y al ímpetu del miedo…, aunque yo lo intenté y no pude hacerlo. También mencionar que esos dos tripulantes llevaban equipos de respiración, que en Marte son imprescindibles, y que la hipoxia puede hacer que los sentidos de un hombre le gasten malas pasadas. No sé si el primer miembro de la dotación estaba mareado a causa de la escasez de oxígeno; menciono este detalle simplemente porque es una explicación más creíble que lo que informó: que Agnew se limitó a desaparecer en un parpadeo. De hecho, eso es lo que le sugerí, y le ordené que revisara su equipo de suministro de oxígeno antes de volver a salir al exterior.

»¿Saben? Pensé que Agnew reaparecería en cualquier momento, y me preparé para abrumarle con una buena reprimenda y someterlo a un severo arresto por haber salido armado (si había salido armado) y por haber salido solo (lo cual parecía seguro), ya que ambas cosas eran serias infracciones de la disciplina. Pero nunca volvió y nunca le encontramos, ni a él ni a su cadáver. No sé lo que ocurrió. Pero mis dudas respecto a los marcianos se remontan a la fecha de ese incidente. Nunca han vuelto a parecerme criaturas gentiles, inofensivas y más bien cómicas, pese a que jamás tuvimos ningún problema con ellos y siempre nos dieron cuanto les pedimos, una vez Stinky aprendió la forma de pedírselo. Quité importancia al incidente, porque no puedes permitir que cunda el pánico entre tus hombres cuando te hallas a cientos de millones de kilómetros de casa.

»Oh, no podía disimular el hecho de que el doctor Agnew había desaparecido, y toda la tripulación de la nave lo buscó. Pero eliminé toda posible insinuación de que pudiera haber algo misterioso en el asunto: Agnew se perdió entre las rocas, agotó su reserva de oxígeno, sin duda murió… y su cuerpo quedó enterrado bajo la derivante arena. O algo así. Hay una brisa más bien fuerte al amanecer y al anochecer en Marte; eso hace que la arena derive con fuerza de un lado para otro. Así que utilicé eso como excusa para ordenar estrictamente que todo el mundo fuese siempre acompañado, que mantuviera un contacto permanente por radio y que comprobara siempre su equipo de oxígeno, usando a Agnew como horrible ejemplo. No dije a aquel tripulante que mantuviera la boca cerrada; me limité a insinuar que su versión era ridícula, especialmente porque su compañero no podía confirmarla. Creo que prevaleció la versión oficial.

Luego de un silencio, Mahmoud dijo, muy despacio:

—Al menos, prevaleció para mí. Capitán, ésta es la primera vez que oigo que hubo algo misterioso en torno a Agnew. Y, sinceramente, prefiero la versión oficial; no me siento inclinado a la superstición.

Van Tromp asintió con la cabeza.

—Eso es precisamente lo que deseaba. Sólo Sven y yo escuchamos aquella fantástica historia, y nos la guardamos para nosotros. Pero de todos modos… —el capitán de la nave pareció de pronto envejecer muchos años— sigo despertándome por las noches e interrogándome: «¿Qué fue de Agnew?»

Jubal escuchó la historia sin formular ningún comentario. Todavía seguía preguntándose qué debería decir cuando terminara. Y se preguntaba también si Jill le habría referido a Ben lo de Berquist y el otro tipo, Johnson. Él no lo había hecho. No había habido tiempo la noche en que Ben fue rescatado, y a la sobria luz del siguiente amanecer le había parecido mejor dejar las cosas tal como estaban.

¿Le habrían contado a Ben la batalla que se había desarrollado en la piscina, y la desaparición de los dos transportes policiales? De nuevo parecía muy improbable. Los chicos sabían que la versión «oficial» era que la primera fuerza de choque jamás se presentó; todos habían oído aquella conversación telefónica con Douglas. Y la familia de Jubal era discreta; fueran huéspedes o empleados, las personas charlatanas eran expulsadas rápidamente: Jubal consideraba que la charlatanería era una prerrogativa exclusivamente suya.

Pero Jill podía habérselo dicho a Ben… Bueno, si lo había hecho, debió de exigirle que guardara silencio; Ben no había mencionado las desapariciones a Jubal, y ahora no estaba intentando mirarle ni eludir su mirada. ¡Maldito fuera! Lo único que podía hacer era seguir callado, e intentar convencer al muchacho de que no debía ir por ahí provocando la desaparición de todos los desconocidos que no le cayeran bien.

La llegada de Anne ahorró a Jubal la desagradable tarea de seguir examinando su conciencia y cortó la conversación.

—Jefe, ese tal Bradley está en la puerta. El que se presentó como «ayudante ejecutivo principal del secretario general».

—¿Le dejaste entrar?

—No. Le examiné por el visor unidireccional y hablé con él por el fono. Dice que tiene que entregarle personalmente unos papeles a usted, y que esperará una contestación.

—Que pase los papeles por el buzón. Y dile que tú eres mi «ayudante ejecutiva principal», y que tú misma firmarás el recibo de esa entrega personal si es eso lo que quiere. Esto todavía es la Embajada de Marte, al menos hasta que yo vea qué hay en esos papeles.