—¿Le dejo esperando en el pasillo?
—No tengo la menor duda de que el mayor Bloch sabrá encontrarle una silla. Anne, ya sé que has sido educada en la amabilidad, pero ésta es una situación en la que la descortesía produce beneficios. No cederemos un centímetro ni pronunciaremos una palabra amable hasta que consigamos exactamente lo que queremos.
—Sí, jefe.
El paquete era abultado porque había varias reproducciones; pero sólo contenía un documento. Jubal convocó a todo el mundo y repartió las copias.
—Chicas, ofrezco un sorbete por cada contradicción, punto débil, trampa o ambigüedad. Premios de valor similar para los hombres. Ahora, todo el mundo a callar.
Por último, fue el propio Jubal quien rompió el silencio.
—Es un político honesto. Mantiene su palabra.
—Eso parece —admitió Caxton.
—¿Alguien tiene algo que decir? —nadie reclamó sorbetes; Douglas se había limitado a dar forma al acuerdo alcanzado antes, transcribiendo las cosas de una forma clara y directa—. Muy bien —dijo Jubal—, cada uno firmará como testigo todas las copias, después de que las firme Mike…, en especial ustedes, capitán, Sven y Stinky. Trae el sello, Miriam. Demonios, dejad que pase Bradley y que sea testigo también… Luego le daremos un trago al pobre tipo. Duque, llama a recepción y di que nos suban la factura; nos vamos. Luego llama al Greyhound para que vengan a buscarnos. Sven, comandante, Stinky…, nos retiramos de la misma forma que Lot se marchó de Sodoma… ¿por qué ustedes tres no se vienen al campo con nosotros y se relajan un poco? Disponemos de buen número de camas, servimos comidas caseras y no repartimos preocupaciones.
Los dos hombres casados solicitaron, y obtuvieron, la posibilidad de hacerlo en otra ocasión; el doctor Mahmoud aceptó. La firma llevó un buen rato, sobre todo porque Mike disfrutaba firmando con su nombre y trazaba cada letra con gran cuidado y satisfacción artística. Los residuos salvables del picnic —principalmente botellas aun sin abrir— estaban ya cargados cuando todas las copias estuvieron firmadas y selladas, y la cuenta del hotel había llegado también.
Jubal echó un vistazo al abultado total y no se molestó en comprobarlo. En vez de ello escribió debajo: «Aprobado su pago por J. Harshaw, en nombre de V. M. Smith», y se la tendió a Bradley.
—Esto es cosa de su jefe.
Bradley parpadeó.
—¿Señor?
—Oh, sólo para hacerlo circular por los «canales apropiados». No me cabe duda de que el señor Douglas lo traspasará a su jefe de protocolo. ¿No es ése el procedimiento habitual? Yo soy más bien inexperto en estos asuntos.
Bradley aceptó la factura.
—Sí —dijo lentamente—. Sí, tiene usted razón. LaRue la tramitará… Se la entregaré a él.
—Gracias, señor Bradley. ¡Gracias por todo!
TERCERA PARTE
Su excéntrica educación
22
En el borde de una galaxia en espiral, cerca de una estrella conocida por algunos con el nombre de Sol, otra estrella del mismo tipo sufrió un catastrófico reajuste y se convirtió en nova. Su gloria fue visible desde Marte durante tres (729) años colmados, o 1.370 años terrestres. Los Ancianos tomaron nota del acontecimiento como algo útil para la instrucción de los jóvenes, pero sin abandonar en ningún momento el excitante y crucial debate de los problemas estéticos relativos a la nueva trama épica tejida en torno a la muerte del Quinto Planeta.
La partida de la nave espacial Champion de su planeta natal fue observada sin comentarios, y se mantuvo una guardia sobre el extraño nido depositado por ella, pero nada más, puesto que transcurriría aún cierto tiempo antes de que fuera lo suficientemente fructífero como para asimilar el resultado. Los veintitrés seres humanos dejados en Marte forcejearon —con éxito en la mayor parte de sus aspectos— con un entorno letal para los humanos desnudos, aunque menos difícil, en su conjunto, que el del Estado Libre de la Antártida. Uno de ellos se descorporizó, víctima de una enfermedad no diagnosticada que a veces se llamaba «angustia» y en otras ocasiones «añoranza». Los Ancianos cuidaron del herido espíritu y lo enviaron al lugar donde pertenecía para su ulterior curación; aparte de eso, dejaron a los terrestres tranquilos.
En el planeta Tierra, la explosión de la estrella vecina pasó inadvertida, puesto que los astrónomos humanos estaban limitados por la velocidad de la luz. El Hombre de Marte, tras haber ocupado los titulares durante un breve tiempo, había dejado de ser noticia. El líder de la minoría en el Senado de la Federación solicitaba un «nuevo y más atrevido enfoque» al problema de la población y la malnutrición en el sudeste asiático, empezando por el aumento de las subvenciones de ayuda a las familias con más de cinco hijos. La señora Percy B. S. Souchek había demandado a los supervisores de la ciudad-condado de Los Ángeles por la muerte de su perrito de lanas Lanoso, ocurrida durante un período de cinco días de una capa de inversión atmosférica estacionaria. Cynthia Duchess anunciaba que iba a tener el Bebé Perfecto, a través de un donante anónimo seleccionado científicamente y una igualmente perfecta madre anfitriona; eso sería tan pronto como una batería de expertos terminase de calcular el instante exacto para la concepción que garantizara el que el niño maravilla fuese idénticamente genial en música, arte y política. También dijo que ella —con la ayuda de métodos hormonales— amamantaría en persona a su hijo. Concedió una rueda de prensa para exponer los beneficios psicológicos de la alimentación natural y permitió —más bien insistió en ello— que la prensa tomara todas las fotos necesarias para demostrar que estaba físicamente dotada para la tarea…, un hecho que sus habituales fotos publicitarias nunca habían puesto en duda.
El obispo supremo Digby la denunció como la Puta de Babilonia y prohibió a todos los fosteritas aceptar la comisión tanto de donante como de madre anfitriona. Se citó lo que Alice Douglas había declarado al respecto: «Aunque no conozco a la señorita Duchess personalmente, una no puede evitar admirarla. Su valeroso ejemplo debería ser una inspiración para las madres en cualquier parte».
Por accidente, Jubal Harshaw vio una de las fotografías y la historia que la acompañaba en una revista que algún visitante había dejado en su casa. Rió suavemente durante un rato, luego la recortó y la colgó en el tablero de avisos de la cocina, y comprobó (como había esperado) que no duró allí mucho tiempo, lo cual le hizo reír suavemente de nuevo.
No había reído gran cosa durante aquella semana; el mundo se había ocupado demasiado de él. La mayor parte de la prensa cesó de molestar a Mike y dejó tranquila la casa de Harshaw cuando se hizo claro que la historia se había terminado, y que Harshaw no tenía intención de permitir que se produjera ninguna nueva noticia. Pero los muchos miles de personas que no estaban en el negocio de la prensa no olvidaron a Mike. Douglas se esforzó honestamente en asegurar la intimidad del Hombre de Marte; efectivos de los Servicios Especiales patrullaban ahora la cerca de Harshaw, y un aerocoche de los Servicios Especiales sobrevolaba en círculos la finca y daba el alto a todo vehículo que tratase de tomar tierra en ella. Pero a Harshaw le fastidiaba enormemente la necesidad de tener guardianes.
Los guardianes mantenían a la gente fuera, pero el correo y el teléfono pasaban. Jubal arregló el asunto cambiando de número y haciendo que todas las llamadas fueran desviadas a un servicio de respuestas al que se le había facilitado una breve lista de personas de las que Harshaw aceptaría llamadas…, y el aparato de la casa se mantenía en la función de «línea ocupada, registre su llamada» la mayor parte del tiempo.