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Esa carta en particular iba acompañada de una fotografía que conseguía no sólo no dejar nada a la imaginación, sino que estimulaba nuevas imaginaciones. Jill dijo:

—¡Mire esto, jefe! ¡Por favor!

Harshaw leyó la carta, luego miró la foto.

—Parece que sabe lo que quiere. ¿Qué opina Mike de ello?

—No la ha visto. Por eso se la traigo.

Jubal contempló de nuevo la foto.

—Un tipo de mujer al que, en mi juventud, nos referíamos como «escultural». Bueno, no hay ninguna duda acerca de su sexo, ni de su agilidad. Pero, ¿por qué me la enseña a mí? Le aseguro que he visto cosas mejores.

—Pero, ¿qué debo hacer con ella? La carta ya es bastante mala… pero esa foto repugnante… ¿La rompo antes de que Mike la vea?

—Oh. Tranquila, enfermera. ¿Qué dice en el sobre?

—Nada. Sólo la dirección y el remite.

—¿Qué dice la dirección?

—¿Eh? «Señor Valentine Michael Smith, el Hombre de…»

—Oh. Entonces no va dirigida a usted.

—No, claro que no…

—De eso es de lo que quería asegurarme. Ahora pongamos una cosa en claro. Yo no soy el guardián de Mike. Usted no es ni su madre, ni su dama de compañía. Sólo actúa como su secretaria. Si Mike desea leer todo lo que llegue aquí a su nombre, incluido el correo basura de tercera categoría, es libre de hacerlo.

—Bueno, ya lee la mayor parte de esos anuncios. ¡Pero seguro que no querrá usted que vea esta inmundicia! Jubal, Mike no sabe cómo es el mundo. Es inocente.

—¿De veras? ¿A cuántos hombres ha matado hasta ahora, Jill?

Jill no respondió; pareció abrumada.

Jubal prosiguió:

—Si realmente quiere ayudarle, concéntrese en enseñarle que nuestra sociedad frunce el entrecejo ante el homicidio ejecutado de una forma casual. De otro modo, se hará notar desagradablemente enseguida cuando salga al mundo.

—Oh, no creo que desee «salir al mundo».

—Bueno, voy a echarle del nido en cuanto crea que sabe volar. Podrá volver luego si lo desea…, pero no me es posible retenerle toda su vida aquí, como un niño interno en un colegio. Entre otras razones porque no puedo, aunque lo deseara, porque Mike probablemente me sobrevivirá unos sesenta o setenta años, y este nido desaparecerá. Pero tiene usted razón; Mike es inocente, según nuestros estándares. Enfermera, ¿ha visto usted alguna vez el laboratorio estéril de Notre Dame?

—No. Pero he leído sobre él.

—Contiene los animales más saludables del mundo, pero no pueden abandonar nunca el laboratorio. Chiquilla, esto no es un laboratorio estéril. Mike tiene que entrar en contacto directo con la «suciedad», como usted la llama…, e inmunizarse. Algún día tropezará con la tipa que redactó esta carta o con sus hermanas gemelas espirituales esparcidas por todo el mundo; de hecho las encontrará a miles… Demonios, con su celebridad y su aspecto, parece que va a tener que pasar la vida saltando de una cama a otra, si quisiera. Usted no puede impedirlo, yo no puedo impedirlo; todo depende del propio Mike. Además, aunque pudiese, yo no desearía impedirlo, aunque para mi gusto es un modo necio de malgastar uno su vida… Me refiero a eso de repetir el mismo monótono ejercicio una y otra vez. ¿Qué opina usted?

—Yo… —Jill se cortó y enrojeció.

—Retiro la pregunta. Quizá a usted no le parezca monótono, y de todos modos no es asunto mío. Pero, si no quiere usted que Mike caiga zancadilleado por las primeras quinientas mujeres que lo atrapen a solas (y yo tampoco lo considero una buena idea; debería tener otros intereses además), entonces no intente interceptar su correspondencia. Cartas como ésta pueden vacunarle un poco, o al menos tenderán a ponerle en guardia. De modo que no haga un espectáculo de ello; limítese a colocarla en el montón, foto «sucia» incluida, para que siga su turno. Responda a sus preguntas si él se las formula, y procure no ruborizarse.

—Hum. De acuerdo. Jefe, resulta usted irritante cuando se pone tan lógico.

—Sí, es uno de los más toscos sistemas de discusión. Ahora muévase.

—De acuerdo. Pero voy a romper la foto inmediatamente después de que Mike la haya visto.

—¡Oh, no haga eso!

—¿Qué? ¿Acaso la quiere usted, jefe?

—¡El Cielo no lo permita! Ya le he dicho que he visto mejores. Pero Duque no tiene mis mismos puntos de vista: colecciona ese tipo de fotos. Si Mike no la quiere, y le apuesto cinco a uno a que no la quiere, désela a Duque.

—¿Duque colecciona esa basura? Pero si parece una buena persona…

—Lo es. De hecho, es una persona encantadora. O yo ya lo habría despedido a patadas.

—Pero… No entiendo.

Jubal suspiró.

—Y yo me pasaría todo el día aquí explicándoselo, y al final seguiría sin entenderlo. Querida, hay aspectos sexuales en los que resulta imposible comunicarse entre los dos sexos de nuestra raza. A veces, algunos individuos excepcionalmente dotados consiguen asimilarlos por mera intuición a través del abismo que nos separa. Pero las palabras son inútiles, así que yo no lo intento. Acepte simplemente lo que le digo: Duque es un perfecto caballero, sans peur et sans reproche…, y le gustará esta fotografía.

—De acuerdo, puede quedársela si Mike no la quiere. Pero no seré yo quien se la dé a Duque en persona…, podrían ocurrírsele ciertas ideas.

—Cobarde. Puede que esas ideas le gustaran. ¿Hay alguna otra cosa fuera de lo corriente en el correo?

—No. La acostumbrada cosecha de gente que desea que Mike les avale esto o aquello, o que lloriquea que el «Hombre de Marte Oficial» les ayude en esto o aquello… Un tipo ha tenido el valor de pedirle el monopolio, libre de derechos, durante cinco años, de la explotación de su nombre, y además quiere que Mike lo financie.

—Admiro a ese tipo de ladrones entusiastas. Anímele. Dígale que Mike es tan rico que hace sus crepés suzettes con coñac Napoleón y que necesita algunas pérdidas para reducir impuestos…, y pregúntele qué tipo de garantía le gustaría.

—¿Habla usted en serio, jefe? Tendré que rebuscarla en el grupo empaquetado ya para el señor Douglas.

—Por supuesto que no hablo en serio. Ese sinvergüenza se presentaría aquí mañana por la mañana con toda su familia. Pero me ha proporcionado una idea excelente para una historia. ¡Primera!

Mike se mostró interesado en la «repugnante» fotografía. Asimiló (aunque sólo fuera teóricamente) lo que simbolizaban la carta y la foto, y estudió esta última con el mismo deleite inocente con que examinaba las mariposas que pasaban revoloteando por su lado. Hallaba tanto a las mariposas como a las mujeres tremendamente interesantes… De hecho, todo el mundo asimilable a su alrededor era encantador, y deseaba beber tan profundamente de él que su asimilación se convirtiera en algo perfecto.

Comprendía, intelectualmente, los procesos mecánicos y biológicos que se le ofrecían en aquellas cartas, pero se preguntaba por qué esas personas desconocidas deseaban su ayuda en su aceleración ovípara. Mike comprendía —sin asimilarlo— que esas personas convertían dicha simple necesidad en un ritual, en un «acercamiento» posiblemente casi tan importante y precioso como la ceremonia del agua. Estaba ansioso por asimilarlo.

Pero no tenía prisa, puesto que la «prisa» era un concepto humano que no había conseguido asimilar en absoluto. Era sensible a la importancia clave de la medida correcta del tiempo en todos los actos, pero con un enfoque marciano: el momento oportuno se conseguía con la espera. Había observado, por supuesto, que sus hermanos terrestres carecían de su precisa discriminación temporal, y a menudo se veían obligados a esperar un poco más deprisa de lo que lo hubiera hecho un marciano.Pero no esgrimía esa inocente torpeza contra ellos; se limitó a aprender a esperar más deprisa para cubrir su defecto.