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De hecho, a veces aguardaba tan deprisa y con tanta eficiencia que un humano hubiera llegado a la conclusión de que se apresuraba a una velocidad vertiginosa. Pero ese humano se habría equivocado. Mike simplemente ajustaba su propia espera en cálida consideración hacia las necesidades de los otros.

Así que aceptó el edicto de Jill de que no debía responder a ninguna de aquellas cartas fraternales enviadas por seres humanos femeninos; pero no lo aceptó como un veto definitivo sino como una espera. Posiblemente sería mejor aguardar un siglo o algo así; de todos modos, ahora no era el momento oportuno, puesto que su hermano Jill hablaba siempre correctamente.

Mike se mostró rápidamente de acuerdo cuando Jill sugirió, más bien firmemente, que le diera la foto a Duque. Lo hizo de inmediato, y de todas maneras lo hubiese hecho; Mike conocía la colección de Duque, la había visto, y la había examinado con interés mientras intentaba asimilar el motivo por el cual Duque había dicho: «La cara de ésta no vale gran cosa, pero ¡mire esas piernas, hermano!». A Mike siempre le gustaba ser llamado «hermano» por uno de sus hermanos de agua, pero las piernas sólo eran piernas, excepto que los de su pueblo tenían tres, mientras que los humanos sólo tenían dos… salvo los cojos, se recordó; dos piernas eran lo adecuado para los humanos, siempre tenía que asimilar que eso era lo correcto.

En cuanto a las caras, Jubal poseía el rostro más hermoso que Mike hubiera visto nunca, muy diferente del suyo propio. Mike tenía la sensación de que aquellas mujeres humanas de la colección de fotos de Duque apenas podía decirse que tuviesen rostros desarrollados, tan parecidas eran entre sí. Todas las jóvenes humanas del sexo femenino tenían la misma cara…, ¿y cómo podía ser de otro modo? Por supuesto, nunca había tenido dificultad en reconocer la cara de Jill; no sólo era la primera mujer que había visto, sino también —y lo más importante— su primer hermano de agua femenino… Mike conocía cada poro de su nariz, cada incipiente arruga de su rostro, y lo había alabado todo, detalle por detalle, en feliz meditación.

Sin embargo, aunque ahora sabía distinguir sólo por sus caras a Anne de Dorcas y a Dorcas de Miriam, no había sido así al principio de estar allí. Durante varios días Mike las había diferenciado por el tamaño y el color…, y, por supuesto, por la voz, dado que dos voces nunca eran iguales. Cuando, como ocurría en ocasiones, las tres mujeres guardaban silencio, tenía que distinguirlas porque Anne era mucho más alta, Dorcas más bajita, y Miriam más alta que Dorcas pero más baja que Anne. Pese a todo no cabía el error de confundir una por otra cuando Anne o Dorcas estaban ausentes, porque Miriam tenía ese pelo inconfundible que llamaban «rojo», pese a no ser del color llamado «rojo» que se aplica a cualquier otra cosa que no fuese el pelo.

Ese significado especial de la palabra «rojo» no inquietaba a Mike; sabía desde antes de llegar a la Tierra que cada palabra inglesa tenía más de un significado. Se trataba de un hecho al que uno podía acostumbrarse, lo mismo que a la igualdad de los rostros femeninos. Y después de una espera, ya no eran los mismos. Mike estaba ahora en condiciones de recordar la cara de Anne y contar los poros de su nariz con la misma facilidad que los de la nariz de Jill. En esencia, incluso un huevo era algo único, diferente de todos los demás huevos en cualquier tiempo y lugar; Mike siempre lo había sabido. Así pues, cada muchacha poseía su propia cara, no importaban lo pequeñas que fuesen las diferencias respecto a cualquier otra.

Mike entregó la «repugnante» fotografía a Duque y se sintió calurosamente recompensado por el placer de éste. Mike no se privaba de nada desprendiéndose de la foto: la había visto una vez, podía verla de nuevo en su mente cada vez que lo deseara… incluso el rostro de la foto, pues brillaba con una expresión de lo más inhabitual, de hermosa pesadumbre. Aceptó con gravedad el agradecimiento de Duque y regresó, feliz y contento, a leer el resto de su correspondencia.

Mike no compartía la irritación de Jubal ante la avalancha de correspondencia. Disfrutaba con ella, revisando tanto los anuncios de seguros de vida como las proposiciones de matrimonio. Su viaje al Palacio le había abierto los ojos a la inmensa variedad de aquel mundo, que había decidido asimilar de un modo total. Podía ver que tardaría varios siglos en conseguirlo y que debería crecer, crecer y crecer; pero no le amilanaba la idea y no tenía prisa alguna. Asimilaba que la eternidad y el cambio continuo de la belleza eran dos cosas idénticas.

Decidió no volver a leer la Enciclopedia Británica; el correo le proporcionaba unos atisbos del mundo mucho más brillantes. Lo leía, asimilaba todo lo que podía, y registraba el resto para contemplarlo por la noche, mientras los demás habitantes de la casa dormían. Como resultado de esas noches de meditación estaba empezando a asimilar, creía, los términos «negocio», y «dinero», «compra», y «venta», y a relacionar algunas actividades no marcianas. Los artículos de la Enciclopedia siempre le habían dejado insatisfecho, ya que (asimilaba ahora) cada uno presuponía que él estaba enterado de cosas que, en realidad, ignoraba. Pero aquí, entre la correspondencia, había llegado, procedente del secretario general Joseph Edgerton Douglas, un talonario de cheques y otros papeles, y su hermano Jubal tuvo un trabajo enorme para explicarle qué era el dinero y cómo se utilizaba.

Mike fracasó lamentablemente al principio en comprenderlo, pese a que Jill le mostró cómo se extendía un cheque, le entregaba «dinero» a cambio de él y le enseñaba a contarlo.

Luego, de pronto, con una asimilación tan cegadora que se puso a temblar y tuvo que hacer un esfuerzo para no retraerse, comprendió la naturaleza simbólica y abstracta del dinero. Aquellos hermosos dibujos en los papeles y los brillantes medallones no eran «dinero»; eran símbolos concretos para una idea abstracta que se extendía por entre toda aquella gente y se desparramaba a lo largo y ancho de su mundo. Pero esas cosas no eran dinero, del mismo modo que un vaso de agua compartido en la ceremonia del agua no era acercamiento. El agua no era necesaria para la ceremonia…, y esas hermosas cosas no eran necesarias para el dinero. El dinero era una idea, tan abstracta como los pensamientos de un Anciano: el dinero era un gran símbolo estructurado para equilibrar y sanar y promover el acercamiento.

Mike se sintió deslumbrado por la magnífica belleza del dinero.

El flujo y el cambio y la contramarcha de los símbolos eran otro asunto; era hermoso a pequeña escala, pero le recordaba los juegos que enseñaban a los polluelos para animarles a aprender, a razonar correctamente y a crecer. Era la estructura del conjunto lo que deslumbraba a Mike, la idea de que todo un mundo podía ser reflejado en una estructura simbólica dinámica, completamente interconectada. Mike asimiló entonces que los Ancianos de esta raza eran realmente viejos, puesto que habían compuesto una tal belleza; y deseó humildemente que se le permitiera conocer a alguno.

Jubal le animó a gastar algo de su dinero y Mike así lo hizo, con la tímida e insegura ansiedad de una novia conducida al lecho nupcial. Jubal le sugirió que comprase regalos para sus amigos, y Jill le ayudó en ello, empezando por establecer unos límites arbitrarios: sólo un regalo por cada amigo, y un coste total que no llegase a alcanzar un tercio de la suma que había sido depositada en su cuenta. La intención original de Mike había sido gastar todo aquel insignificante saldo en sus amigos.

Comprobó con rapidez lo difícil que resultaba gastar dinero. Había tantas cosas entre las que elegir, todas ellas maravillosas… y la mayoría incomprensibles. Rodeado de gruesos catálogos, desde Marshall Field's hasta el Ginza y de vuelta pasando por Bombay y Copenhague, se sintió abrumado por una plétora de riquezas. Incluso el catálogo de Sears #amp# Montgomery era demasiado para él.