Pero Jill le ayudó.
—No, Mike, Duque no desearía un tractor.
—A Duque le gustan los tractores.
—Hum, quizá… Pero ya tiene uno, o Jubal lo tiene, lo cual viene a ser lo mismo. Puede que le gustara uno de esos ingeniosos uniciclos belgas; seguro que se pasaría horas desmontándolo y montándolo de nuevo y disfrutando con ello. Pero hasta eso es demasiado caro, teniendo en cuenta los impuestos. Querido Mike, un obsequio no debe ser muy caro… a menos que con él trate de convencer a una chica de que se case con usted, o algo parecido. Especialmente «algo parecido». Un regalo ha de demostrar que uno toma en consideración los gustos de la persona a la que se lo hace. Tiene que tratarse de una cosa que le encante, pero que probablemente él o ella no se compraría.
—¿Cómo?
—Ése es siempre el problema. Aguarde un momento, acabo de recordar algo que llegó en el correo de esta mañana. Espero que Larry todavía no se lo haya llevado… —regresó enseguida—. ¡Lo encontré! Escuche esto: «Afrodita en vivo: un lujoso álbum de beldades femeninas en esplendoroso estereocolor, fotografiadas por los mejores artistas mundiales de la cámara. Nota: este artículo no puede enviarse por correo. Será remitido al comprador bajo su responsabilidad por agencia de transporte express sólo bajo pago por anticipado. No se aceptan pedidos desde direcciones que correspondan a los siguientes estados…». Hum, Pensilvania figura en la lista, pero no deje que eso le preocupe; si va dirigido a usted, será entregado. Si conozco los vulgares gustos de Duque, esto le va a encantar.
A Duque le encantó. Fue entregado no por agencia de transporte express, sino a través del coche patrulla de los Servicios Especiales. Y el siguiente anuncio que leyeron alardeaba: «…tal como fue servido al Hombre de Marte, a través de un acuerdo especial», frase que encantó a Mike e irritó a Jill.
Otros presentes fueron también complicados, pero elegir uno para Jubal fue tremendamente difícil. Jill se vio abrumada. ¿Qué se le puede comprar a un hombre que lo tiene todo…, es decir, todo lo que desea, y que el dinero puede comprar? ¿La esfinge? ¿Los tres deseos? ¿La fuente que Ponce de León no consiguió encontrar? ¿Aceite para sus viejos huesos, o un dorado día de juventud? Jubal había renunciado desde hacía mucho tiempo a los animales domésticos, porque sobrevivía a todos ellos o —peor aún— porque ahora era posible que uno de esos animalitos le sobreviviese a él y se quedara huérfano.
Consultaron privadamente a los demás.
—Demonios —les dijo Duque—, ¿acaso no lo saben? Al jefe le encantan las estatuas.
—¿De veras? —respondió Jill—. No veo ninguna escultura por los alrededores.
—Eso es porque, en su inmensa mayoría, las obras que le gustan no están a la venta. Dice que las cosas toscas que hacen hoy en día son como un desastre en una chatarrería, y que cualquier idiota con un soplete y astigmatismo se considera escultor.
Anne asintió pensativamente.
—Creo que Duque tiene razón. Podemos hacernos una idea de los gustos de Jubal en escultura echando una mirada a los libros que tiene en su estudio. Pero dudo que eso ayude mucho.
De todos modos, Anne, Jill y Mike miraron, y Anne sacó de la biblioteca tres volúmenes que presentaban pruebas —a sus ojos— de haber sido mirados con mucha frecuencia.
—Hum… —dijo Anne—. Está claro que lo que más le gusta al jefe es lo de Rodin. Mike, si pudiese comprar una de estas obras para Jubal, ¿cuál elegiría? Aquí hay una preciosa: «Primavera eterna».
Mike apenas la miró, y pasó la página.
—Ésta.
—¿Qué? —Jill la miró y se estremeció—. Mike, ¡es perfectamente horrible! Espero morir mucho antes de ver algo así frente a mis ojos.
—Es una belleza —dijo Mike en tono firme.
—¡Mike! —protestó Jill—. Tiene usted un gusto depravado, es peor que Duque… O dicho de otro modo, no tiene ningún gusto en absoluto.
Normalmente un reproche así de un hermano de agua, sobre todo de Jill, habría hecho callar a Mike, le habría obligado a pasarse la noche siguiente tratando de comprender qué había hecho mal. Pero éste era un arte en el que se sentía seguro de sí mismo. La figura fotografiada parecía enviarle un aliento de su planeta natal. Aunque representaba claramente a una mujer humana, le daba la sensación de que muy bien podía haber sido creada por un Anciano de Marte.
—Es una belleza —insistió testarudamente—. Tiene su propio rostro. Asimilo.
—Jill —dijo Anne lentamente—, Mike tiene razón.
—¿Eh? ¡Anne! ¡Seguro que no le gustará eso!
—Me aterroriza. Pero Mike sabe lo que le gusta a Jubal. Mire el propio libro. Si lo suelta, se abrirá de forma natural por uno de tres puntos. Ahora mire las páginas…, esta página está más manoseada que las otras dos. Mike ha elegido la favorita del jefe. Esa otra, «Cariátide caída bajo el peso de su piedra», le gusta casi tanto como la otra. Pero la obra que ha elegido Mike es la favorita de Jubal.
—La compraré —dijo Smith con aire decidido.
Pero no estaba en venta. Anne telefoneó al Museo Rodin de París en nombre de Mike, y sólo la delicadeza gala y su belleza impidieron que se riesen descaradamente en su cara. ¿Vender una de las obras del maestro? Mi querida dama, no sólo no están a la venta, sino que tampoco pueden reproducirse. Non, non, non! Quélle idèe!
Pero para el Hombre de Marte eran posibles cosas que no eran posibles para otros. Anne llamó a Bradley; un par de días más tarde, el hombre la telefoneó de vuelta. Como cumplido especial del Gobierno francés —sin ningún cargo, pero con el ruego de que el regalo no fuera exhibido jamás en público—, Mike recibiría no el original, pero sí un fotopantograma en bronce, microscópicamente exacto y de tamaño natural, de «La que solía ser la bella Heaulmiére».
Jill ayudó a Mike a seleccionar regalos para las otras chicas; allí se sentía en su terreno. Pero cuando él le preguntó qué debía comprar para ella, no sólo no le ayudó, sino que insistió en que no debía comprarle nada.
Mike empezaba a darse cuenta de que, aunque los hermanos de agua siempre hablaban correctamente, algunas veces hablaban más correctamente que otras. Así que consultó a Anne.
—Adelante, cómprele un regalo, querido. Es ella quien tiene que decírselo, pero hágalo de todos modos. Hum… —Anne vetó ropa y joyas, y finalmente seleccionó por él un presente que le desconcertó: Jill olía ya exactamente de la forma en que Jill debía oler.
El pequeño tamaño y la aparente poca importancia del regalo, cuando llegó, acrecentaron sus dudas. Y cuando Anne le instó a que lo oliera antes de dárselo a Jill, Mike se sintió más inseguro que nunca; el olor era muy fuerte y no se parecía en nada a como olía Jill.
Pero Anne demostró que tenía razón: a Jill le encantó el perfume, e insistió en besar a Mike de inmediato. Al besarla él asimiló por completo que el regalo era el que la muchacha deseaba, y que eso hacía que ambos se acercaran más aún.
Aquella noche, a la hora de la cena, Jill se presentó perfumada con aquella fragancia, y aunque en realidad su olor no difería significativamente del de la propia Jill, de alguna extraña manera hacía que Jill oliera más deliciosamente a Jill que nunca antes. Más extraño aún: Dorcas se acercó a él, le besó y le susurró al oído:
—Mike, amor…, el salto de cama es precioso, pero… ¿verdad que algún día me regalará a mí también perfume?
Mike no logró asimilar por qué lo deseaba Dorcas, puesto que Dorcas no olía como Jill, así que el perfume no sería apropiado para ella…, ni tampoco él deseaba que Dorcas oliera como Jill; quería que Dorcas oliera como Dorcas.
Jubal intervino:
—¡Dejad ya de darle el pico al muchacho y permitidle comer! Dorcas, apestas ya como un gato marsellés; no embauques más al pobre Mike para conseguir más apestosidad.
—Jefe, ocúpese de sus propios asuntos.
Todo aquello era de lo más desconcertante: que Jill oliese aún más como Jill… Que Dorcas deseara oler como Jill cuando olía como ella misma… Que Jubal dijese que Dorcas olía como un gato, cuando no era cierto. Había un gato que vivía en la finca (no como animal doméstico, sino como una especie de copropietario), y muy de vez en cuando se presentaba por la casa y se dignaba aceptar una caricia. El gato y Mike se asimilaron al instante el uno al otro, y Mike descubrió que los pensamientos carnívoros del animal eran de lo más agradable y, desde luego, muy marcianos. Descubrió que el nombre del gato (Friedrich Wilhelm Nietzsche) no era en absoluto el nombre del gato, pero no se lo comentó a nadie porque era incapaz de pronunciar su verdadero nombre; sólo le era posible oírlo en el interior de su cabeza. Y el gato no olía como Dorcas.
Hacer regalos era algo estupendo, y enseñó a Mike a comprender mucho acerca del valor real del dinero. Pero no olvidó ni siquiera por un momento que había otras cosas que ansiaba asimilar. Jubal había rechazado dos veces la invitación del senador Boone sin mencionárselo a Mike, y éste no se enteró, puesto que su distinto sentido del tiempo hacía que la expresión «el próximo domingo» no significara ninguna fecha en particular para él.
Pero la siguiente repetición de la invitación llegó por correo, dirigida a Mike; Boone se hallaba sometido a intensas presiones —por parte del obispo supremo Digby— para llevar al Hombre de Marte, y había adivinado que Harshaw estaba demorando el asunto y podía seguir demorándolo indefinidamente.
Mike llevó el comunicado a Jubal y aguardó.
—¿Y bien? —gruñó Jubal—. ¿Quiere ir o no? No está obligado a asistir a un servicio fosterita. Podemos decirles que se vayan al infierno.
Y así un taxi Checker con un conductor humano (Harshaw se negaba a confiar su vida a un autotaxi) les recogió el siguiente domingo por la mañana para trasladar a Mike, Jill y Jubal a la plataforma de aterrizaje pública justo fuera de los terrenos sagrados del Tabernáculo del Arcángel Foster de la Iglesia de la Nueva Revelación.