– ¿Hay algo más, inspector? -inquirió Ben alzando la voz.
– Sí -Quentin arrugó la frente-. En su lugar, me aseguraría de cambiar con asiduidad las pilas del detector de humos. Nunca se sabe cuándo puede ocurrir una desgracia, sobre todo si se tiene el sueño tan pesado.
Viernes, 26 de enero
– Minnie -llamó Jaye suavemente, acuclillada delante de la gatera-. ¿Estás despierta? Ven a charlar conmigo. No puedo dormir.
Sólo le respondió el silencio, de modo que se sentó a esperar. A lo largo de las noches anteriores, Minnie y ella se habían hecho amigas en secreto.
– Estoy aquí -susurró la niña al cabo de unos minutos-. ¿Te encuentras bien?
– Si -Jaye tragó saliva-. Estaba pensando en mi amiga Anna.
– No pienses en ella -dijo Minnie-. Sólo conseguirás ponerte triste.
– Pero es que estoy muy preocupada. Y me gustaría… me gustaría volver a verla.
– Quizá lo hagas. Algún día.
– ¿Eso es lo que haces tú? -insistió Jaye, apretándose contra la puerta. Podía oír la respiración de Minnie y el ronroneo de Tabitha-. ¿Intentas no pensar en las personas a las que amas?
– Da resultado. Y en poco tiempo… te olvidas.
Jaye notó en los ojos el escozor de las lágrimas contenidas.
– Pero yo no quiero olvidarme, Minnie. Quiero volver a mi casa.
– Pero… si te vas, volveré a quedarme sola. No quiero que te vayas, Jaye. Aparte de Tabitha, tú eres mi única amiga.
– No me iré sin ti, Minnie. Nos marcharemos de aquí juntas.
– Eso no es verdad. Te irás sin mí. Igual que ella. Dijo que no se marcharía sin mí, pero lo hizo.
Jaye contuvo la respiración.
– ¿Quién? ¿Cómo escapó? ¿Estuvo aquí, en esta casa?
– Sí. No… no recuerdo su nombre. Apenas me acuerdo de nada.
– Tienes que recordar, Minnie. Sólo estás asustada. Haz un esfuerzo. Quizá… quizá eso nos ayude a ambas -al ver que la pequeña guardaba silencio, Jaye siguió presionándola-. Por favor, Minnie. Si lograras recordar…
– ¡Ya te he dicho que no me acuerdo! -Minnie alzó la voz-. ¡No quiero acordarme!
– Lo siento, Minnie -dijo Jaye temiendo que la pequeña se fuera-. No pasa nada. No tienes por qué recordar nada si no lo deseas. Pero escúchame bien. Te prometo que no me iré de aquí sin ti.
– Me gustaría creerte, pero tengo miedo.
– Lo sé, Min. Pero has de confiar en mí. Cuando me escape, te llevaré conmigo. Debes buscar una forma de salir de aquí. Tiene que haber…
– No puedo. Él lo descubrirá y se enfadará. No me gusta cuando se enfada.
– Pero, si nos vamos, ¿qué importancia tendrá eso? Ya no podrá hacerte daño.
– Supongo que no. Él… siempre esconde la llave de tu puerta
– Quizá haya otra manera -Jaye suavizó el tono-. Podrías irte sin mí. Buscar a alguien que pueda ayudarnos y traerlo a…
– No me iré sin ti. ¡Nunca!
– Sé que hay un teléfono cerca porque lo he oído sonar. Cuando él esté durmiendo o haya salido, llama al 911. Vendrán a ayudarnos. Debes hacerlo, Minnie…
– ¡Oh, no! ¡Es él! ¡Viene hacia aquí!
Jaye se quedó petrificada.
– ¿Estás segura? Quizá sólo sea…
– Sí, es él… -gimió Minnie-. Oh, Dios, sabe que estoy aquí. ¿Qué va a hacerme…? No puedo…
– ¡Aléjate de esa puerta! -la voz del hombre tronó en la oscuridad y Jaye, aterrada, retrocedió a gatas.
Él se echó a reír, como una pura personificación del mal.
– Ya no te sientes tan valiente, ¿eh? «Minnie» -se burló, imitándola-. «Tienes que hallar la forma de salir de aquí. Te llevaré conmigo, te lo prometo» -a continuación, su tono se convirtió en un rugido amenazador-. Como si yo fuese a permitir que te la llevaras. Es mía. Forma parte de mí. Somos inseparables, Jaye. No se irá a ninguna parte. Ni tú tampoco.
– ¿Qué quieres de mí? -gritó Jaye haciendo acopio de valor-. ¿Qué quieres de Anna?
– Eso sólo me incumbe a mí. Aunque no tardarás en saberlo.
Estremeciéndose, Jaye se retiró aún más de la puerta. «Minnie, ¿dónde estás? ¿Te encuentras bien?»
Como si le leyera el pensamiento, él dijo:
– Minnie ha huido. Ese ratoncito tiene miedo de todo, hasta de su propia sombra -emitió otra risotada-. ¿En serio creías que iba a ayudarte? ¿Tan estúpida eres?
Jaye oyó cómo introducía la llave en la cerradura y un grito se le formó en la garganta. Pero lo único que se abrió fue la gatera. Un segundo después, un trozo de papel cayó al suelo.
Con el corazón en un puño, Jaye se acercó para verlo. El grito contenido afloró a sus labios cuando vio de qué se trataba.
Era la nota que había escrito con sangre.
– Coopera conmigo o le haré daño a Minnie, ¿entendido? Ya casi ha llegado la hora. La hora de que tu amiga Anna y yo nos encontremos.
– ¡No! ¡Por favor! Deja a Anna en paz. Ella no te ha hecho nada.
– ¿Qué sabes tú de los pecados de Anna? ¡Nada! -el hombre alzó la voz, alcanzando un tono casi sobrenatural. Aterrador-. No eres más que una estúpida donnadie.
La gatera volvió a abrirse. Una barra de carmín cayó al suelo, seguida de una hoja de papel.
– Fírmala con un beso -ordenó él-. Luego devuélvemela.
Jaye vio que era una carta. Dirigida a Anna. El corazón se le detuvo en el pecho. Una carta para Anna de su más joven admiradora, escrita con letra de niño. La letra de Minnie.
Pretendía engañar a Anna. Atraerla a una trampa. Pensaba hacerle daño, quizá incluso matarla.
– ¡No! -gritó Jaye, abrazándose a sí misma-. ¡No lo haré! ¡Eres un monstruo y no te ayudaré a hacerle daño a mi amiga!
– Si no cooperas, Minnie morirá -el hombre hizo una pausa para que sus palabras surtieran efecto-. Fírmala con un beso. Ya.
Temblando de desesperación, Jaye se aplicó el carmín y, tras presionar los labios sobre el papel, le devolvió la carta.
– No hagas esto -imploró-. Deja que Minnie y yo nos vayamos. Deja tranquila a Anna. Por favor…
Él la interrumpió con tono divertido.
– ¿Sabes? Acabas de firmar con un beso la sentencia de muerte de Anna.
Lunes, 29 de enero
Anna observó la carta, el beso rojo sangre estampado al pie del texto, y las manos empezaron a temblarle. Dios santo, no era posible. Jaye no. Por favor, Jaye no.
Anna se agachó para sacar su bolso de debajo del mostrador. Luego buscó frenéticamente entre las fotografías hasta dar con una en la que aparecía un primer plano de Jaye, donde se veía con nitidez la cicatriz que le surcaba la boca en diagonal.
La cicatriz de la marca de carmín coincidía con la de Jaye.
Un sonido de horror escapó de los labios de Anna.
– Ya he vuelto, Anna, cariño -anunció Dalton mientras entraba en la tienda-. ¡El almuerzo ha sido divino! Nunca había probado un pato asado tan… -, se detuvo en seco-. Dios mío, Anna, ¿qué ocurre?
– Tiene a Jaye -susurró ella-. Ese hombre tiene a Jaye.
– ¿Qué hombre?
– El de las cartas de Minnie -respondió Anna con un nudo de lágrimas en la garganta.
Dalton se acercó al mostrador para echar un vistazo a la carta. Se le demudó el rostro.
– Tenías razón -dijo-. Sobre Minnie y sobre el hombre al que aludía en sus cartas. Jaye no se escapó de casa. Dios misericordioso, ¿qué piensas hacer?
– Voy a llamar a Malone ahora mismo.
Media hora más tarde, Anna y Malone, pertrechados con la carta y una fotografía de Jaye, se hallaban de camino hacia Mandeville.
El inspector había acudido de inmediato al recibir la llamada. Luego, después de examinar la carta y la foto, invitó a Anna a acompañarlo mientras hacía ciertas averiguaciones. Ella aceptó sin pensárselo dos veces.
Después de las preguntas iniciales de Malone, apenas habían hablado. Anna permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la carretera y las manos tensas en el regazo.