El momento pasó, pero el corazón de Anna siguió latiendo desbocado. Descansó la mejilla sobre el hombro de Malone, maravillada ante la intensidad de lo que acababan de compartir. Había estado con otros hombres, pero con ninguno había sentido nada igual. Se preguntó si él sentiría lo mismo.
– ¿Te sientes bien? -preguntó Malone suavemente.
– Sí -murmuró ella sin alzar la cabeza-. Maravillosamente bien.
Él le recorrió con los dedos el vello de la nuca, con increíble ternura.
– ¿Ya te arrepientes?
Anna cambió de postura para poder mirarlo a la cara.
– No.
Malone le acarició los labios con la yema de los dedos.
– Te debo una disculpa.
– No -ella meneó la cabeza-. Fui yo la que empezó…
– No lo has entendido -una sonrisa arqueó los labios de Malone, y luego desapareció-. Ha sido tan… Me sentí tan… Me abrumaste, sencillamente.
Anna se ruborizó, pero no de vergüenza, sino de placer. Había abrumado a Malone. Le había hecho perder el control. No podía haberle hecho un halago mayor.
– Gracias -susurró-. Lo necesitaba.
Él pareció desconcertado.
– No te comprendo.
Anna se apretó contra él.
– No importa.
Malone la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia sí.
– ¿Anna?
– ¿Mmm?
– Me gustaría tener la oportunidad de compensarte. Ya sabes, por… por haber perdido el control tan pronto.
Ella se irguió para mirarlo.
– ¿Ah, sí? ¿Y cuándo piensas compensármelo? ¿Ahora?
– Ajá -con una sonrisita sexy, Malone se levantó y la tomó en brazos-. Durante toda la noche.
Quentin se despertó al oír el zumbido del busca. Buscó a tientas el molesto aparato en la mesita de noche y comprobó el visor. Como había supuesto, el deber le llamaba.
Salió de la cama con sumo cuidado, para no despertar a Anna. Quentin se detuvo a contemplarla, con la boca reseca y el corazón súbitamente acelerado. Era la mujer más hermosa que había visto jamás. Demasiado inteligente, culta y refinada para un vulgar policía como él, conocido sobre todo por sus proezas sexuales con las mujeres. En ese aspecto, al menos, podría satisfacerla. Y también podía protegerla. No permitiría que aquel demente volviera a ponerle las manos encima.
Apartando la mirada de ella, Quentin se dirigió a la cocina y llamó por teléfono.
– Buenos días, Malone -dijo la agente de guardia con evidente buen humor-. Hora de levantarse.
– Vete a la porra, Violet. ¿De qué se trata? -mientras la pregunta brotaba de sus labios, Quentin notó que el estómago le daba un vuelco, presintiendo lo que iba a oír.
Otra mujer había sido violada y asesinada. Otra pelirroja.
La habían encontrado frente a Esplanade Avenue y Decatur Street, cerca del río. Al igual que Kent y Parker, había salido a divertirse con sus amigos la noche anterior.
– Parece que la asfixiaron, como a las otras -concluyó la agente-. Walden y Johnson ya van hacia el lugar del crimen.
Quentin consultó el reloj.
– ¿Eso es todo?
– Sí… No, casi se me olvida. El asesino le cortó el meñique derecho.
Aquellas palabras golpearon a Malone como un puño. Tuvo que apoyarse en la encimera.
– ¿Cómo has dicho?
– El muy hijo de puta le cortó el dedo meñique. ¿Puedes creértelo?
Momentos después, Quentin colgó el teléfono con manos temblorosas. ¿Cómo iba a decírselo a Anna?
– Hay un hombre desnudo en mi cocina. Deprisa, llama a la policía.
Quentin se giró y la vio en la puerta, con una bata rosa de seda. Parecía frágil, somnolienta y vulnerable.
Y le estaba sonriendo. Con aquella sonrisa que lo llenaba de euforia y de pánico al mismo tiempo.
Quentin esbozó una sonrisa forzada.
– El hombre desnudo es policía.
– Qué oportuno. -Anna se acercó a él, desabrochándose la bata. Luego le deslizó las manos por los hombros y el pecho.
– No, Anna -Quentin recuperó por fin la voz y le agarró las manos-. No.
Una expresión de dolor se dibujó en la cara de ella. Hizo ademán de retirarse, pero él la sujetó con fuerza.
– No es por ti. Es por… -incapaz de encontrar las palabras adecuadas, Quentin maldijo.
– ¿Qué ha pasado? -inquirió Anna poniéndose pálida.
– Será mejor que te sientes.
– No -ella empezó a temblar-. Dímelo.
Él así lo hizo. Con calma, sin alharacas ni melodramas. Cuando hubo terminado, retiró una silla de la mesa y Anna se sentó, temblando.
– Esa mujer debí ser yo -susurró-. Anoche… vino a mi casa. Pretendía…
– Eso no lo sabemos. Aún no se sabe nada.
– ¿Por qué tiene que pasarme esto? -gritó Anna-. Había pasado tanto tiempo… ¿Por qué no me deja en paz?
– No es Kurt, Anna -Quentin le retiró el cabello de la cara con suavidad-. No es él.
– Te equivocas -ella lo miró con ojos llorosos y llenos de pavor.
– No, Anna. El hombre que escapó por el balcón es ágil y se halla en una forma física excelente. No creo que ese individuo de tu infancia, que ahora tendrá unos cincuenta o sesenta años, pudiera hacerlo.
– Hay una cosa que no te he dicho. Ese hombre sabía algo que sólo podía saber Kurt. El FBI y la policía no revelaron al público un detalle acerca de la… noche en que Timmy murió -Anna intentó mantener la calma mientras recordaba-. Esa noche, cuando mató a Timmy, me… me obligó a mirar.
– Continúa.
– Después se giró hacia mí y… sonrió -Anna respiró profunda y temblorosamente-. Sonrió y dijo «Lista o no, allá voy». Y utilizó el cortaalambres.
Malone detestaba que Anna hubiese experimentado semejante dolor. Deseó abrazarla, protegerla del pasado y de los recuerdos que la atormentaban.
– No sé cómo lograste sobrevivir. Tu huida fue casi milagrosa. Tenías sólo trece años, por amor de Dios.
– Pensé en Timmy -dijo ella interrumpiéndolo-. ¿Cómo iba a rendirme, cuando Timmy había soportado mucho más sufrimiento que yo?
– Eres una mujer valiente, Anna. Y fuerte -Quentin enmarcó el rostro de ella con sus manos-. Más fuerte de lo que crees.
Anna se echó a reír.
– Soy una debilucha. ¿Por qué crees que me he… escondido durante todos estos años? -su voz se espesó-. Pero me ha encontrado, de todos modos.
– De haber querido encontrarte, lo habría hecho hace mucho tiempo.
– Pero me cambié de nombre…
– Sí, te pusiste el apellido de soltera de tu madre -la interrumpió Malone son delicadeza-. Cualquier detective medio competente te habría localizado en menos de una hora. No es él, Anna.
– Entonces, ¿cómo…?
– ¿Cómo sabía lo que Kurt te dijo aquella noche? Muchas personas pueden tener acceso a esa información. Al fin y al cabo, el crimen se cometió hace más de veinte años. Ya no es información clasificada, Anna.
– ¿De veras… lo crees así?
– Sí. Te diré lo que yo creo, Anna. Alguien está obsesionado contigo. Por tus novelas, por tu pasado o por ambas cosas. Ha estudiado bien tu trayectoria. Y, hasta ayer, se contentó simplemente con aterrorizarte.
– Pero ya no se conforma con eso.
– No, ya no. Pero voy a cazar a ese monstruo, Anna. No permitiré que te haga daño -el busca, situado en la encimera, empezó a sonar, y Malone profirió una maldición-. Tengo que irme, Anna. Odio hacerlo, pero…
– Adelante -Anna se apartó de él-. Tienes trabajo que hacer.
– Pero no te quedarás sola. Antes de irme, llamaré a la comisaría para que envíen a un agente.
Ella meneó la cabeza.
– No. No quiero desconocidos en mi casa. Llamaré a Dalton y Bill.
– Bien, llámalos ahora mismo. Voy a vestirme, pero no me iré mientras no…
– ¿Mientras no lleguen mis canguros? Gracias.