No había sido Anna. Gracias a Dios, no había sido Anna.
– Buenos días.
Ben retiró la mirada de la pantalla del televisor. Un hombre menudo y atractivo, con una bata blanca, entró en la habitación. Llevaba un estetoscopio colgado del cuello.
– Soy el doctor Wells -el médico se acercó a la cama para estrecharle la mano-. Yo le atendí anoche.
– Gracias -Ben hizo una mueca de dolor-. Quisiera poder decir que me siento bien.
– Aparte de las costillas rotas y la conmoción, se magulló el esternón y se hizo varios cortes profundos. Algunos hubo que suturarlos. Tuvieron que sacarle del coche, porque había quedado atrapado entre la chatarra.
– Qué suerte -Ben miró de soslayo el televisor, comprobando que habían pasado a otra noticia. Tenía que ver a Anna. Debía cerciorarse con sus propios ojos de que se hallaba a salvo. Ilesa. Le hablaría de la nota que encontró en el limpiaparabrisas y luego irían a la policía.
– Tengo que salir de aquí, doctor. ¿Puede darme el alta?
El médico sonrió levemente.
– A su debido tiempo. Sufrió usted un gravísimo accidente.
– Eso me dijo la enfermera Abrams.
El médico lo observó con atención.
– ¿Usted no lo recuerda?
– No.
– ¿No recuerda nada del accidente?
– Nada -Ben echó un vistazo al reloj-. Iba a visitar a una amiga. Ella me necesitaba, pero…
– Estaba inconsciente cuando ingresó -el doctor Wells entrecerró los ojos-. Una conmoción es algo muy serio.
Mientras el médico lo examinaba, Ben fue respondiendo a todas sus preguntas, mintiendo solamente cuando era necesario.
– Me siento bien, doctor Wells. Perfectamente -esbozó una sonrisa forzada-. ¿Puedo marcharme ya?
– De aquí a una hora, supongo. ¿Tiene a alguien que pueda cuidar de usted?
– Yo le tendré echado un ojo, doctor.
Ambos se volvieron hacia la puerta. El inspector Malone acababa de entrar. Tenía un aspecto horrible. A Ben se le erizó el vello de la nuca.
– Hola, Ben.
– Inspector Malone, ¿qué le trae por aquí?
– Usted.
– Las noticias se propagan deprisa en esta ciudad.
El inspector se situó junto a la cama y miró al médico.
– Inspector Quentin Malone, del Departamento de policía de Nueva Orleans. ¿Le importa si hablo un rato con el paciente?
– Creo que no habrá ningún inconveniente -el médico miró a Ben-. No se esfuerce durante el resto del día. No trabaje ni conduzca. Si tiene algún problema o se siente mal, llámeme enseguida.
– Así lo haré -prometió Ben mientras le ofrecía la mano-. Muchas gracias, doctor Wells.
Cuando el médico hubo salido de la habitación, Malone se giró de nuevo hacia Ben.
– Anoche me llamó a la comisaria. Tengo curiosidad por saber para qué.
– ¿Le llamé?
– Dio su nombre, pero no dejó ningún mensaje. ¿No lo recuerda?
Ben se llevó una mano a la cabeza.
– No recuerdo gran cosa de lo que pasó ano… -se mordió la lengua cuando un súbito recuerdo relampagueó en su mente. Estaba conduciendo. Era noche cerrada y la visibilidad era nula. Iba a demasiada velocidad. Estaba aterrorizado. Marcó un número en el teléfono móvil, apartando los ojos de la carretera.
– Intenté hablar por teléfono con Anna -explicó con cierta vacilación-. Pero ella no respondía. Estaba preocupado por su seguridad…
– ¿Preocupado?
Ben parpadeó.
– Sí, aterrorizado. Por eso le llamé a usted.
Malone acercó una silla a la cama y se sentó, observándolo atentamente.
– ¿Y por qué estaba preocupado?
– ¿Se encuentra bien Anna?
– Físicamente está ilesa.
Ben notó que se le aceleraba el corazón.
– ¿Qué quiere decir con eso, inspector?
– Primero hablemos de usted, Ben -Malone se sacó la libreta del bolsillo-. ¿Qué tiene que contarme?
Ben se llevó una mano a la palpitante sien. Se dio un suave y rítmico masaje mientras hablaba.
– Ayer por la noche fui a visitar a mi madre. Está internada en la residencia Crestwood. Tiene Alzheimer.
– Lo siento.
Ben inclinó la cabeza antes de proseguir.
– Me fui de allí más tarde de lo habitual. Mi madre estaba muy trastornada. Creía que un hombre había entrado en su habitación para amenazarla. Tardó un rato en tranquilizarse.
Quentin arqueó las cejas.
– ¿Creía que alguien había entrado?
– Mi madre… suele perder la noción de la realidad. Ve la televisión y luego confunde a las personas y los sucesos reales con los puramente ficticios.
– Continúe.
– Cuando llegué a mi coche, vi una nota en el limpiaparabrisas. Creo que era de la misma persona que me envió el libro y me dejó la fotografía en la que aparecíamos Anna y yo.
– ¿Qué decía la nota, Ben?
Ben apartó la mirada, sintiéndose incómodo y expuesto. Las mejillas se le inflamaron.
– Que yo me estaba enamorando de ella. Y que ella iba a «morir esta noche». Esas eran las palabras exactas.
Malone se enderezó.
– ¿Decía que ella iba a morir anoche?
– Sí. Me invadió el pánico. La llamé desde el teléfono del coche inmediatamente. Al no recibir respuesta, abandoné la residencia a toda velocidad. Obviamente, mi atención no estaba puesta en la carretera.
– ¿No se le ocurrió llamar a la comisaría del Barrio Francés?
– No pensaba con claridad.
Malone agachó la mirada hacia la libreta.
– ¿Y es cierto lo que decía esa nota? ¿Se está enamorando usted de ella?
Ben se puso rígido.
– Eso es algo personal, inspector.
– Yo creo que tiene importancia -el inspector lo miró directamente a los ojos-. ¿Se está enamorando de ella?
Ben sostuvo su mirada.
– Sí, así es.
El fugaz destello de una intensa emoción se reflejó momentáneamente en el rostro del inspector, y en ese instante, Ben comprendió que no era el único en albergar fuertes sentimientos por Anna. Simultáneamente, se sintió indignado y amenazado.
– Soy un hombre persistente, inspector. No me rindo con facilidad.
– Como todo buen adversario -una efímera sonrisa tocó los labios del inspector-. ¿Aún tiene la nota?
– Estaba en mi coche. Seguro que sigue allí.
– ¿Tiene idea de quién pudo dejársela?
– Sospecho que la misma persona que me dejó la novela. Alguno de mis pacientes, aunque ignoro cuál.
– ¿Le suena el nombre de Adam Furst?
– No.
– ¿Seguro que no tiene ningún paciente llamado así?
– Seguro -insistió Ben meneando la cabeza-. ¿Por qué? ¿Quién es?
Malone hizo caso omiso de la pregunta.
– Anoche agredieron a Anna. En su casa.
Ben encajó la noticia como un golpe físico. Se quedó sin aliento y tuvo que esforzarse para recuperar la voz.
– Pero… usted dijo que se encontraba ilesa.
– El agresor huyó antes de poder salirse con la suya. Está muy alterada. Y con razón.
Ben se recostó en la almohada, sintiéndose mal. Se consideraba, en cierto modo, culpable de lo ocurrido, por no haber llegado a casa de Anna a tiempo.
Y por no haber descubierto todavía cuál de sus pacientes era el responsable.
– Aún hay más. Anoche violaron y asesinaron a una mu…
– Sí, en el Barrio Francés. Oí la noticia en la televisión -Ben carraspeó-. ¿No creerá que ese asesinato está relacionado con…?
– La víctima era pelirroja, doctor Walker. Como las otras. Y el tipo le cortó el dedo meñique -el inspector hizo una pausa-. ¿Aún cree que sería poco ético pasarme una lista de sus pacientes?
Quentin aparcó el coche frente a la comisaría del distrito siete.