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Durante los meses que vivió con él en el cortijo también conoció otro tipo de locales, más oscuros y sórdidos que los anteriores, como la bodega a la que acudió la primera vez llevada por una mezcla de azar y curiosidad y donde pudo observar sin ser vista cómo los hombres hablaban y bebían acodados en toneles de vino y hacían encendidos alegatos bajo las ristras de ajos que colgaban del techo, entre paredes sucias donde relampagueaban los carteles de la C.N.T. con el lema de La tierra para quien la trabaja. Recuerda el olor de las trastiendas con los cristales cegados por papel de estraza en las que reinaba un calor de encierro y donde los jornaleros sudorosos, en medio de garrafas y bidones, se entregaban a auténticos exabruptos verbales acompañando sus exigencias de puños alzados y gestos crispados y duros, resueltos a incendiarlo todo. Puede sentir en los huesos la humedad de los sótanos apenas alumbrados por la luz de una mariposa de aceite, donde escuchó mítines, fragmentos de discursos, proclamas encendidas, alocuciones llenas de nombres propios y de términos que ella desconocía y con los que estaba tan poco familiarizada como con el tratamiento de cantarada que se daban unos a otros. Estar allí era una forma de demostrar la inutilidad de su existencia anterior, de vengarse de todos, de su familia, de su apellido, de los rancios linajes poseedores de títulos y haciendas, y también de algún modo de Fernando, de sus engaños caprichosos, de sus justificaciones pueriles, de su despreocupada vida bohemia, salpicada de escándalos y nimias peripecias de salón. Estaba descontenta de sí misma. Ansiaba tener una causa, una historia que valiera su vida, como la había tenido Mariana Pineda, condenada al cadalso por haber bordado una bandera republicana bajo la vigilancia estricta del rey Fernando VII y sus ministros. Sentía un dolor de gestación como el de alguien que está cambiando de piel y todavía no acaba de reconocerse, perpleja y desamparada, sin encontrar su lugar en el mundo.

En aquellos días fue haciéndose adulta deprisa. Se mostraba hermética, encerrada en sí misma, dentro de la muralla temible de su desánimo. Se dirigía a Fernando con sequedad y resentimiento, como si lo odiara, pero lo que odiaba era el futuro, la conciencia de su propio deseo que la volvía débil, el no tener adonde ir. Noches interminables despierta junto a la espalda silenciosa de él. Crecer es asumir la parte de culpa que nos corresponde en los desengaños. Entonces ya no lo amaba y eso era peor aún por lo que suponía de cobardía, de mezquindad, de rencor, una tela de araña que la tenía presa, asfixiándola. Había intentado desprenderse de ella a manotazos, tratando de recobrarse, de rehacerse, de salir del aturdimiento del tiempo perdido y de las decisiones equivocadas como si eso fuera posible. Empezó a vestirse de otro modo, a actuar por su cuenta. Se cortó el pelo a la moda de París, con los mechones caídos en diagonal sobre los pómulos, y adoptó un aire resuelto de mujer dispuesta a afrontar la vida, el mismo aire desenvuelto con el que camina junto a él en la fotografía que lleva consigo en la maleta. El abrigo abierto sobre el vestido, los labios pintados y expectantes, los ojos de perfil que no lo miran a él sino al objetivo de la cámara con una mezcla de vivacidad y miedo, como si pensara que la complicidad del fotógrafo tuviera el poder de convertirla en la mujer que había decidido ser. Pero quizá era ya demasiado tarde porque el azar maneja sus hilos con precisión minuciosa, socavando anhelos, torciendo voluntades, disponiendo invisiblemente sus cataclismos, el instante gradual, el acto último que introduce una conspiración en la existencia.

Ya no llora, sólo respira con los ojos cerrados. Está tan serena como un moribundo apacentando sus recuerdos. Es poco más de medianoche, el viento levanta intermitentes cortinas de polvo que trepan hasta la ventana y se pierden en la distancia por encima de la bahía. Todo el mundo tiene comienzos difíciles en Tánger; se apiñan los destinos. Las risas del jardín van alejándose engullidas por la oscuridad. La noche cae como un presagio sobre el cuerpo iluminado de la mujer dormida, recubre la colina empeñascada que se asoma al Estrecho, refulge contra los minaretes de las mezquitas, desciende sinuosa por los oscuros barrios de la medina, derrama su perfume embalsamado sobre las plazas en sombra, sobre las anchas avenidas vacías y, más lejos aún, sobre las lápidas de los cementerios, envolviendo con su aire hermoso y negro el silencio de todos aquellos que duermen aquí o allá. Para algunos el sueño es un descanso; para otros, una condena de vastas e ingratas meditaciones. Para todos, un misterio desnudo, escueto. Afuera, aprisionada entre las murallas, encerrada en su implacable sortilegio, dormita la ciudad.

VI

Frente a los vapores y los barcos abarloados de la estación marítima, las terrazas de los cafés, con sus mesas al aire libre y los toldos extendidos, semejan la cubierta de un crucero de lujo. El calor es menos intenso a esta hora. Philip Kerrigan permanece tranquilamente sentado en una esquina, saboreando su té a la menta. Piensa que de no ser por los camareros árabes y los caftanes y chilabas que de vez en cuando se ven al otro lado de la calle, Tánger podría parecer cualquier alegre ciudad europea de veraneantes: camisetas listadas en blanco y azul, zapatillas de lona, sandalias, sombreros de paja con velos de muselina, gorras marineras… La misma indumentaria que usan los turistas ociosos en Niza, Saint-Tropez y Venecia mientras sorben sus aperitivos y hojean la prensa del corazón o completan los crucigramas del periódico.

Los últimos rayos de sol enrojecen el declive de la loma que asoma al estrecho. El atardecer es una hora peligrosa. A veces su contemplación produce una especie de desdicha. Los hombres siempre han mirado la línea del horizonte de la misma manera, soñando, recordando. Kerrigan ha abandonado su mesa y está ahora acodado en la barandilla que rodea los muelles fascinado por el abanico de claridades que se expande hacia el oeste. Un transbordador acaba de entrar en el recinto del puerto. Piensa que una forma de odiar esta costa es verla así, tan bella durante unos instantes que uno casi se siente en la obligación de abandonarla para siempre. Tal vez un día lejano la imaginará del modo exacto en que ahora la está viendo y deseará regresar. ¿Cómo saber con antelación cuáles son las cosas que no recordaremos y cuáles las que jamás se olvidarán? La memoria humana está llena de cables que se entretejen en una red tan intrincada como las que se usan para hacer trampas. ¿Cómo saber si un recuerdo es algo que se tiene o que se ha perdido? En ocasiones, las conexiones quedan cortadas y todo el pasado se borra en el tiempo de un pestañeo. Otras veces los destellos eléctricos abarcan una determinada zona del córtex sin que nadie pueda adivinar el porqué de la iluminación de esas células cerebrales y no de otras. La añoranza surge cuando se encadenan sucesivos estados de ánimo sin nexo aparente entre sí: la sensación de cansancio o una cierta flaqueza de corazón, los graznidos de las gaviotas, el lomo grasiento del agua, una declinación especial de la luz… El corresponsal del London Times se siente de pronto transportado por una extraña corriente que lo retrotrae hasta un río lleno de barcazas donde flota sigiloso un aire de mujer: Catherine Broomley, Cathy, Cat.