Difícil no recordar sus manos blancas y frías apoyadas en el pretil del puente de Southwork, junto a la estación de Cannon Street. Tenía la cara alta, un poco echada hacia atrás, la blusa abierta en el cuello, la chaqueta de lana sobre los hombros. Su expresión era dulce y hogareña, había en sus ojos algo de niña tímida y un poco ilusa. Lo miraba confiada, incapaz de malinterpretar su silencio, esperando sólo una respuesta. Kerrigan piensa que hay cosas que no se pueden llegar a entender por mucho que uno lo intente: la mente de una muchacha, el último sol del crepúsculo, cómo en un momento toda la amabilidad de un rostro puede quedar desplazada por una palabra. El periodista aprieta sus manos contra la baranda de hierro, notando en los dedos el tacto áspero de la herrumbre, un gesto sordo y contenido. Ningún ruido llega desde el agua salvo el del agua misma, pero él no puede escuchar ese leve chapoteo sin oír al mismo tiempo su propia voz hace mucho tiempo, como la punta de una aguja sobre un disco que gira. Percibe con claridad el punto de inflexión en el que el lenguaje inició una pendiente escurridiza, esbozando un movimiento de huida, el tono impostado, como si fuera otro el que hablara, el que estuviera razonando una argumentación casi convincente. Ella después ya no volvió a preguntar nada, los labios sellados. Sólo miró hacia el río mientras él la tomaba del brazo, quizá avergonzada por tener que fingir. Hay recuerdos fáciles y recuerdos difíciles. La memoria es así, una enemiga fiel, está cuajada de quemaduras que en el momento menos pensado vuelven a arder, lesiones no del todo cauterizadas, llagas con las que hay que aprender a vivir. Nada grave. Todos tenemos algo en lo que mejor no pensar.
A la izquierda, al final del arenal, los cerros de Andyera se recortan contra el cielo, grises y carcomidos como un montón de piedra pómez. Kerrigan todavía permanece un rato inmóvil, tratando de dejar atrás las meditaciones amargas y de concentrarse en sus siguientes pasos. Respira el fuerte olor de la marea y piensa que mañana soplará de nuevo el levante, trayendo marejada en el estrecho. Después se echa a andar deprisa, con las manos en los bolsillos, como si de pronto reparara en que es tarde para llegar a alguna parte. Más allá del paseo marítimo, en los barrios del malecón, una muchedumbre hormigueante toma la calle. Su trabajo comienza en vez de terminar con la puesta de sol. Los vendedores encienden las lámparas de carburo en sus carretones, las teteras hierven sobre trípodes en pequeñas hogueras improvisadas que llenan el aire de espejismos del humo, una mujer se inclina sobre un barreño de agua, su boca queda descubierta al beber de un cucharón. Al otro lado, las barcas de pesca forman una curiosa constelación de luces que arden como velas en la superficie del mar. Kerrigan va saltando de unas embarcaciones a otras, abriendo un camino que le conduce hasta un paquebote adentrado en la oscuridad. Después de salvar el desnivel para abordarlo, entra sigilosamente en la cámara donde se guardan las sacas del correo. La puerta está abierta y tal como esperaba no hay nadie en la cabina de guardia. Por muy inteligente que uno se crea, siempre es necesario tener un punto de partida, una dirección, algún indicio por leve que parezca, un cabo de cuerda de donde empezar a tirar. Lo único con lo que Kerrigan cuenta son las indicaciones de Ismail. En los tendones de su cuello, con repentina aceleración, palpita involuntariamente un nervio. Después de la entrevista con Masón en el consulado, lo que sacó en limpio es que Inglaterra no ve más peligro que la posibilidad de que la Unión Soviética gane una plaza en la otra esquina de Europa. Frente a eso, las actividades de italianos y alemanes y los contactos que el partido nazi pueda tener en Marruecos le parecen asuntos secundarios.
El corresponsal del London Times atraviesa la cubierta y baja a la sala de máquinas, lentamente, apoyándose en las paredes. Una vez allí, enciende un fósforo para orientarse entre las sombras. Mira a su alrededor tratando de encontrar algún rastro de lo que está buscando. Registra cuidadosamente el armazón de hierro, los engranajes metálicos, recorre al tacto las tuercas y los tornillos, examina las turbinas. En alguna parte tiene que estar, piensa. Aunque sabe que no hay nadie más en el barco, siente una aleteante sensación de peligro, que le hace sentirse extrañamente joven, como cuando empezó a trabajar en la sección de local del London Times y tenía que recorrer los barrios más turbios de Londres en busca de alguna crónica de sucesos. De pronto no advierte que el suelo desciende en un escalón y, al tropezar, su cabeza va a dar contra la viga de hierro que atraviesa el techo transversalmente. Un golpe seco que le hace contraer los músculos de la cara en un gesto de dolor. Entonces, al levantar la vista hacia arriba, lo ve. La pequeña maleta ha sido amarrada con cinta adhesiva a la parte superior de la viga. Dentro, tal como le había contado su ayudante, están los auriculares, el selector de voltaje, los enchufes y las pinzas para conectar a la batería, un aparato de morse y una pequeña máquina para cifrar mensajes. Kerrigan examina cada artilugio con atención: nunca había visto una emisora tan completa y tan hábilmente camuflada. Antes de cerrar de nuevo las correas y volver a colocarla en el mismo lugar, se fija en la inscripción de la tapa delantera: Klappe Schlieben. El nombre no le dice nada, salvo su procedencia alemana, algo que ya daba por supuesto. Una emisora de esas características daría a quien la tuviese la posibilidad de enviar mensajes sin peligro de ser detectados por los servicios telegráficos de ninguna cancillería. Kerrigan tiene la sensación de estar ante la punta de un arrecife cuya gran masa destructiva permanece en su mayor parte sumergida y oculta. En la cubierta del barco, el viento nocturno sopla fresco. El corresponsal del London Times mete la mano en el agua y se moja la frente dolorida, justo a la altura de la sien. La brecha no es muy profunda, pero le escuece. Antes de abandonar el barco, mira con curiosidad hacia las lentas aguas negras, donde, a menos de una milla de distancia, un carguero permanece anclado.
No es posible distinguir las sombras que hay más allá de la muchedumbre que se agolpa en los muelles. Peregrinos a orillas de una ciudad, piensa Kerrigan, olvidándose de Tánger o pensando que Tánger es tan sólo un decorado de teatro: palmeras con el espinazo doblado por el viento, viejas paredes veteadas de cal, esa luna de obsidiana en un extremo del cielo. Se para a encender un cigarrillo ahuecando la mano para proteger la llama. Antes de tirar el fósforo, sonríe irónicamente con el cigarrillo colgado en la boca, al imaginar lo que pensaría su redactor jefe si supiera la clase de asuntos en que anda metido. Fraser era el clásico periodista inglés lleno de prejuicios patrióticos que no había salido nunca del viejo edificio de Bloomsbury Square y que aún creía en los postulados heroicos de la profesión, en los mitos coloniales de principios de siglo como el de Lawrence de Arabia o el de Henry Morton Stanley, el tipo que encontró a Livingstone, tras dos años de búsqueda por encargo del director del New York Herald. Todavía recuerda las palabras de despedida que le dedicó en su despacho antes de salir hacia su destino en África: «Hay momentos en los que un periodista se debe preocupar más por los intereses de su país que por una noticia». Una buena máxima para un editorialista, pero al fin y al cabo él no es más que un corresponsal. A Fraser le gustaba el estilo de los grandes reportajes, como los que Kerrigan había enviado sobre los disturbios entre las tribus árabes y los italianos en Libia, las descripciones del desierto, el estallido de los morteros, hombres arrodillados en las zanjas, esa clase de cosas… ¿Cómo decirle que esas crónicas fueron escritas en su mayor parte sin salir del campamento donde un coronel explicaba lo ocurrido en una aburrida conferencia de prensa con un mapa del territorio al fondo y, si lo tenía a bien, respondía a algunas preguntas de los periodistas sobre bajas y suministros con la ambigüedad de rigor? Esa era la información de primera mano con la que los enviados especiales redactaban sus magníficos reportajes, dignos del premio Pulitzer, que, todo hay que decirlo, debían contar previamente con el visto bueno del departamento de censura de las respectivas embajadas. Y frente a eso, ¿qué podía significar una absurda trama en la que tal vez se viera comprometido el propio honor de Inglaterra? Kerrigan sacude la cabeza y emite un suspiro largo que tanto puede significar el final de una larga reflexión como el desaliento que le inspira la vida, su trabajo o la propia condición humana.