– Me llegaron algunos de estos moldes al almacén entre otros residuos. Siempre encontramos alguna aplicación para las piezas que ustedes los europeos desechan, una polea para el riego, el émbolo de un motor, un condensador… Los materiales mejores se hallan en el basurero del monte Yebel el-Kebir, donde los cuarteles españoles abandonan la chatarra que consideran inservible. ¿Comprende?
– Francamente, no mucho -miente Kerrigan, con la intención de que el comerciante sea más explícito en sus insinuaciones.
Abdullah permanece un instante inmóvil con expresión inescrutable.
– Sólo deseo que usted recuerde lo que ha visto -dice-. Quizá algún día tenga que escribir sobre ello.
Después se despide aduciendo obligaciones familiares y empieza a caminar hacia el bazar dando por terminada la conversación.
Kerrigan se queda solo en la penumbra del patio rumiando algo. Antes de la conversación con el cuñado de Ismail ya conocía la relación de Wilmer con algunos oficiales del ejército español. No era ninguna novedad. Pero ignora las razones que podría tener Abdullah para darle esa información y hacerlo de un modo tan comedido, ocultándole datos que sin duda conocía. De cualquier modo, tampoco es tan extraño, piensa, aquí cada cual tiene sus propias motivaciones ocultas, la ciudad entera es una red de servicios secretos que a veces se interfieren entre sí. La experiencia le ha enseñado que en esas situaciones, conviene actuar con sumo cuidado, como en una partida de bridge a varias manos. Distintos contrincantes y ningún compañero. De pronto se estremece en su interior y algo cruza su mente como un fogonazo cálido. La intuición es tan importante para su trabajo como el razonamiento. Kerrigan nota el burbujeo ascendente de la adrenalina y respira ensanchando las aletas de la nariz igual que un perro perdiguero. Siente cierta clase, un poco abyecta, de felicidad. Sabe que está en el momento inicial, cuando los datos y los interlocutores no significan mucho; es un instante de espera, intacto, como el folio en blanco colocado en el carro de la máquina de escribir que aguarda el tecleo de la primera palabra. Continúa allí todavía un momento, saboreando la sensación, paladeándola, como en los viejos tiempos. Los ojos muy brillantes, reflejando dentro una emoción, neta, dura, de acero pulido. Los hombros apoyados contra el muro. En el rostro, olvidado, el principio de una sonrisa.
VII
Alonso Garcés tira los naipes y avanza una mano hacia el paquete de cigarrillos. Con un mohín codicioso, el teniente Ayala, que está sentado enfrente, apila sus fichas en dos columnas e inclinando la cabeza hacia atrás apura de un trago la copa de coñac. La atmósfera es densa, aprisionada por el humo y el olor rancio a tabaco de faria y a urinarios obstruidos. Unos cuantos militares con las guerreras desabotonadas por el calor que reina en la cantina, observan la partida. En las paredes lechadas de cal hay viejos carteles taurinos, un almanaque de 1935 con el dibujo de una pagoda china, anuncios de Brandy Terry y una fotografía de Celia Gámez en el teatro Pavón de Madrid. Siguen las voces con altibajos, el golpeteo de las fichas de dominó contra las mesas, en algún lugar suenan de fondo los acordes de un pasodoble: Mi jaca, galopa y corta el viento/ cuando pasa por el Puerto/ caminí…to de Jerez…
– Ya está bien de barajar las cartas, Garcés -dice el teniente Ayala empujando el cigarrillo con la lengua a un lado de la boca-. Reparte de una vez.
Entre las bromas de los oficiales que siguen el juego, se va imponiendo el tono cada vez más alto de una discusión en la mesa vecina:
– Para mí el general sigue siendo el marqués del Rif, el héroe de Alhucemas, y ahí lo tienes, desterrado en Lisboa mientras tanto hijo de puta rojo anda suelto sembrando por todas partes el desorden y la anarquía.
– Sanjurjo fracasó porque tenía que fracasar. La patria no está para pronunciamientos ni golpes de gracia. Si hay que restablecer el orden se hará, y con mano dura cuando haga falta, pero dentro de la legalidad -replica otro en un tono más pausado.
– Eso son mariconadas republicanas. Lo que pasa es que no hay cojones para jugárselo todo por la patria de verdad y no en una partida de póquer. Pero te digo que el gobierno de Madrid tiene los días contados y entonces se verá quién…
La frase queda interrumpida por otra voz que se incorpora atropelladamente:
– Si va de pronunciamiento, lo vais a tener difícil. Los sindicatos y las juventudes de la Casa del Pueblo están dispuestos a cualquier cosa. Y todos sabemos cómo piensa el general Morales.
– Ése no se entera ni de lo que hace su mujer con el ayudante de campo.
Una sonora carcajada se extiende entre los contertulios. La discusión continúa por los mismos derroteros, entre burlas, salpicada de adjetivos cada vez más subidos de tono, de expresiones soeces, de gesticulaciones e imprecaciones ofensivas clamando por escarmientos y medidas inapelables.
– Lo que necesitan todos esos lacayos del gobierno es candela y del calibre ocho.
– Te recuerdo que todos nosotros hemos jurado servir fielmente a la República y defenderla con las armas -se atreve a decir con énfasis un subteniente rubio que está de pie apoyado en el respaldo de la silla.
– Juramento impuesto por Azaña…, es decir, papel mojado. Además, tú estabas en la Comisión Geográfica de Límites cuando llegaron las cajas -replica otro interpelando inquisitivamente al subteniente-. ¿Por qué no lo denunciaste si tan legalista eres?
Garcés aguanta el cigarrillo en los labios, fingiendo que está concentrado en la partida. Fuma con lentitud, la cara ensombrecida, los ojos de vez en cuando se elevan en una mirada rápida y disimulada. Un ordenanza pasa una escoba por el suelo y se dirige con un cubo de agua hacia los retretes.
En un extremo de la barra, el capitán Ramírez observa la escena acodado en el mostrador de cinc mientras se limpia las uñas con el extremo de un cortaplumas, la cara ancha y ceñuda, la sombra del bigote sobre la boca apretada. Pide un coñac y saca el pecho ajustándose el cinturón en el estómago. No interviene en la controversia, permanece en silencio, sin perder detalle. Hace el gesto de juntar las uñas de la mano derecha y sopla sobre ellas moviendo los dedos como haría un jugador de billar.
– ¿Qué es ese asunto de las cajas? -pregunta Garcés con el tono más neutro que es capaz de improvisar.
El silencio se extiende entre la humareda del ambiente con más elocuencia que cualquier respuesta. Ahora sólo se oye el sonido intermitente de la máquina de café. Nadie dice nada. Garcés observa de reojo cómo el capitán Ramírez se vuelve con un guiño hacia el cantinero y levanta la mano con gesto de capataz, trazando en el aire el movimiento de ajustar una tuerca. Al momento, el volumen de la radio se hace más elevado y la voz de Estrellita Castro se alza por encima de la atmósfera anieblada y tensa: Lo quiero/ lo mismito que al gitano/ que me está dando tormento/ por curpi…ta de un querer…
– El póquer lo inventó un mudo -rezonga el teniente Orgaz, que está sentado a la derecha de Garcés, e indica a los demás que abre adelantando dos fichas al centro del tapete.
– Que sean cuatro -añade Ayala, después de ver sus naipes y rascar la punta del cigarrillo en el cenicero.
Luego con parsimonia avanza las fichas dentro del cono de luz que proyecta la lámpara. Sus gestos resultan demasiado comedidos para ser producto de una serenidad espontánea. Por encima del reborde tirante de la camisa le sobresale el cuello hinchado y rojo. El jugador que está a su lado frunce los labios. Un pequeño reflejo rosado le relampaguea en la calva lustrosa. Después de reflexionar unos segundos, indica a los demás que pasa golpeando con los dedos índice y corazón en el bordillo de la mesa. La pareja de jotas podría animarle a ir, pero conociendo a Ayala prefiere no arriesgarse. Tras adelantar sus fichas, Garcés reparte ágilmente las cartas pedidas. Al hacerlo, sus dedos parecen deleitarse con el incitante movimiento de la baraja. Desde arriba, inexpresivos, los rostros de algunos curiosos siguen inmóviles el juego.