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– Ya ves… -dice tratando de entibiar la intensidad de la confidencia.

Garcés, en un extremo de la habitación, se balancea hacia adelante y hacia atrás con las manos hundidas en los bolsillos, sin saber qué decir, espiando los ojos pequeños y arrugados de Kerrigan.

– Ya veo -se limita a manifestar, sabiendo que no existe ninguna palabra adecuada para confortar a un hombre que abdica temporalmente de su habitual coraza.

Permanece así un rato, meciéndose en su propio vaivén, con los puños cerrados dentro de la tela del pantalón. Su actitud no tiene nada que ver con la indiferencia sino con el respeto de quien sabe que el valor de la amistad ha de medirse a veces con el metro de la distancia. Los dos continúan callados, ensimismados, cada uno dentro de su silencio: discreto el de Garcés; reconcentrado y solitario el de Kerrigan.

Al cabo de unos minutos, Ismail irrumpe en la habitación con el correo. Después de saludar lo deja sobre el escritorio y vuelve a salir con el mismo sigilo. Kerrigan revisa el remite de los sobres y finalmente rasga con un abrecartas de bronce un cablegrama procedente del London Times. Sus ojos pasean por las líneas con rapidez, las arrugas del entrecejo acentúan el perfil partido de su nariz; en la boca, una mueca de desagrado. Garcés lo observa con creciente curiosidad. El rostro de Kerrigan está ahora encendido de indignación. Masculla palabras en inglés que, a juzgar por el tono, deben ser blasfemias e insultos dirigidos a Fraser. Su voz retumba agria y furiosa.

– ¿Malas noticias? -pregunta Garcés.

– Es increíble -exclama con tono destemplado-. No quiere saber nada del asunto. Le pongo delante una primicia que puede ser de gran magnitud y se limita a recordarme que mi trabajo consiste en asistir regularmente a las conferencias de prensa y obedecer las indicaciones de los consejeros de la Embajada.

Kerrigan rompe el papel en dos trozos, dejándolos sobre la mesa. A continuación se lleva el vaso de bourbon a la boca y desfrunciendo el ceño añade:

– ¿Sabes una cosa? -hace una pausa para mirar a Garcés antes de proseguir, los ojos desafiantes-. Ahora ya no me cabe ninguna duda. Estamos detrás de algo serio.

– Tendremos que darnos prisa -comenta Garcés-. No puedo retrasar mucho más la expedición al desierto. Como muy tarde, la semana próxima. El Gobierno está interesado en dar un impulso a las pesquerías atlánticas y en certificar cuanto antes los convenios con las tribus afincadas en territorio español.

– Está bien -concluye Kerrigan-. Intenta averiguar algo sobre esas cajas y no pierdas de vista a Ramírez, tal vez de paso descubramos algo sobre tu dama.

Luego, cambiando la expresión, señala en la pared una lámina que reproduce un fondo de ruinas góticas y, en primer plano, la imagen alegórica de una ninfa con los ojos vendados que sostiene un cáliz en la mano:

– Oro o espada, licor o veneno -dice misteriosamente-. Nadie sabe lo que oculta el corazón de una mujer.

Garcés asiente con aire reservado mirando el cuadro, el cuello de garza, los senos desnudos, la débil vibración que emana de la imagen. Después se vuelve hacia la mesa, toma el vaso y lo vacía lentamente.

– Veré lo que puedo hacer -responde concentrado como si estuviera tratando de poner en orden pensamientos demasiado dispersos-. Y tú ocúpate de Wilmer -añade ya desde el umbral de la puerta con una mano en alto en señal de despedida.

Kerrigan se queda solo, camina hasta la cómoda para poner en marcha el fonógrafo. Una melodía árabe muy ligera inunda la atmósfera del cuarto con un tintineo de cascabeles. No es un tema tradicional marroquí, sino el lamento arcaico de las kabilas, voces corales nacidas en la lejanía de la arena. El corresponsal del London Times se desploma sobre el sillón giratorio poniendo los pies sobre la mesa, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, dejándose envolver por la música que suena en sus oídos con la vaga sugestión de un canto de sirenas. Se siente cansado, un molesto dolor le acalambra el cuello. Con la cadencia del estribillo viene a su mente el extraño simbolismo de la figura del cuadro, un paisaje de otro siglo, torreones derruidos y colinas violáceas en las que pronto amanecerá o donde, por el contrario, acaba de hacerse de noche. Una mujer, ni infame ni hermosa, casi sonriente, una extraña Gioconda, con los ojos vendados, que parece moverse y respirar como si en algún lugar de su cuerpo albergara un residuo de vida y sin embargo, al mismo tiempo, se diría que hay algo en ella que indica que va a morir, quizá muy pronto. Algo inerte, sin sonoridad ni volumen, ciego como el destino. La ensoñación le produce a Kerrigan una oleada de desaliento. Ha dormido pocas horas. El cansancio siempre le hace confundir las emociones, le predispone a las visiones delirantes y absurdas. Todo son símbolos, la mujer del cuadro, la música como eco litúrgico, un oscuro desencanto sin contorno definido, frágiles elementos que acrecientan su malestar físico. «No es la belleza lo que amamos -piensa-, sino el fracaso.»

X

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Tánger, 15 de noviembre de 1935 -escribe Elsa Quintana. La cabeza inclinada sobre la cuartilla en blanco.

… Pero resulta ahora que la noche de este continente y la soledad y todas las cosas que han ocurrido, se me amontonan en la memoria. Es difícil defender un espacio personal protegido de las preguntas, incluso aquí, en esta ciudad donde nadie es inocente. Te he esperado en la habitación de este hotel, en los muelles, todavía te espero… Pero cuando veo a lo lejos el horizonte plano del mar y las pequeñas parcelas de agua sembradas de un verdor irreal, entonces creo que tu llegada es casi un acto legendario que jamás se va a producir. Quizá sea mejor así.

Ella quiere abandonar toda reserva mental. Apoya la mejilla en la mano izquierda, medio derrumbada sobre la mesa junto a la ventana y mira hacia la oscuridad como si fuera ciega y no pudiera vislumbrar los contornos del mundo, capaz sólo de una percepción instintiva. De la espesura de la noche tangerina va despuntando la memoria imantada de los presagios que ella no acertó a descifrar en su momento. Se acuerda del vértigo del último día, al abrir los postigos y descubrir a lo lejos la polvareda levantada por el galope de los caballos, el brillo acharolado de los tricornios entre los racimos de casas, la inclinación de las huertas, la transparencia premonitoria del aire cuando está detenido en un silencio de mal agüero. Por el otro lado de la loma bajaban los aparceros armados de cayados y garrotes. La ley de contrarreforma agraria del gabinete conservador echaba por tierra todo lo que se había avanzado desde 1931. Hacía ya días que se presentía una actividad larvada entre los campesinos, gestos contenidos, medias palabras, miradas torvas, modos de acción que, sin embargo, ella, con la atención absorbida por apremios más íntimos, no había alcanzado a relacionar con los acontecimientos que se preparaban. Permaneció inmóvil detrás de los visillos, el vaho de su aliento empañando el cristal. Entonces vio por primera vez las imágenes que desde aquel momento poblarían para siempre sus pesadillas. La humareda que deja tras de sí un automóvil negro que viene hacia la casa y se detiene junto a la alberca del corral. Las siluetas agrandadas de dos hombres, de ambigua catadura. El de la izquierda, vestido distinguidamente, con abrigo largo y un sombrero terciado sobre la cara. El otro era más corpulento, llevaba una camisa azul de falangista. Cuando preguntaron por Fernando, ella sintió que la sangre se le agolpaba en el pulso con un ritmo desbocado de alarma porque percibió en las palabras la resolución definitiva y encarnizada de un ultimátum.

Recuerda todo fragmentariamente, como fogonazos de escenas aisladas que adquieren movilidad ahora en su memoria, no entonces cuando sólo eran imágenes detenidas en el tiempo presente: la polvareda del patio, el portón abriéndose al aire frío, la silueta de Fernando en el umbral, alto y despreocupado, con la camisa abierta, sin que le diera tiempo a abrocharse los últimos botones, las voces de los aceituneros acercándose por la vega, el relámpago de una mano que se oculta tras las solapa del abrigo, sin mediar palabra, unos ojos tallados en hielo, apretados de odio, pupilas fijas, la luz tensa derramándose sobre la pared de cal, un destello que duró milésimas de segundo, como el aire convertido en ascuas sobre el metal bruñido de la pistola que uno de las hombres acababa de desenfundar. Conocía vagamente la naturaleza fraudulenta de algunos negocios en los que Fernando andaba metido, y en más de una ocasión le había alertado sobre lo peligroso de ciertas compañías, pero nunca había querido hacerle preguntas directas, quizá por temor a descubrir la verdad y para evitar que él le mintiera o tal vez ya por indiferencia. El hastío y la cobardía la mantenían ignorante, al margen de la realidad, sin querer ver ni comprender el alcance de lo que sucedía a su alrededor: cargamentos de sacos que eran escondidos en el cortijo, reuniones nocturnas, broncas mal disimuladas que ella asociaba con riñas de tahúres, extraños anuncios publicados en el diario local entre programas de actuaciones y avisos de ventas de guitarras…