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Apaga la luz y se mete en la cama. Las sábanas tienen un aroma que no logra precisar, pero que la retrotraen a un tiempo lejano de canciones infantiles… ¿Dónde vas Alfonso XII? ¿Dónde vas triste de ti?/ Voy en busca de Mercedes que ayer tarde la perdí… Las voces, los olores, un balcón con geranios desde donde se alzaba de puntillas para ver a las mujeres que regresaban de la fuente con cántaros y los niños que cantaban a coro en la plaza. Sin embargo en el recuerdo, todo adquiere una significación distinta, desprovista de candidez, como si lo percibiera desde el fondo de una cueva, bajo un revuelo sordo de crías de murciélagos. Se encoge sobre su propio cuerpo apretando un poco las rodillas, necesitando esa posición embrionaria, porque siente que ahora sí ha llegado de verdad el momento de sentir miedo.

XI

Todo permanece oscuro, cerrado, sumido en la densa expectación que envuelve los espacios pequeños y claustrofóbicos donde está a punto de acontecer algo. La oscuridad es como una venda que se ciñe alrededor de los ojos, negando la imagen. Pantalla negra. En la opacidad angosta suena el timbre de un teléfono, que se alarga en tres vibraciones. Se oye el chirrido de una silla, pasos cortos, unos dedos que palpan a tientas en la penumbra sobre el tablero de una mesa, rebuscando algo con precipitación. Un objeto pequeño y duro cae al suelo produciendo un golpe seco sobre las baldosas, la silla cruje de nuevo y una voz nerviosa y descompasada exclama:

– Diga… Sí, soy yo… De acuerdo… en la Haffa… Sí, en una hora… Adiós.

Garcés tiene la espalda totalmente adherida a la lámina fría de la pared, se mantiene agazapado tras la puerta del gabinete, en el estrecho cuarto donde se guardan los mapas de la sección cartográfica, entre cilindros de cartón de diferentes tamaños, conteniendo la respiración. Ha reconocido la voz del capitán Ramírez. Escucha inmóvil el clip de un interruptor y observa el nacimiento de una tenue rendija de luz amarilla bajo la puerta. En su mente empiezan a encajar algunas piezas. Frunce el ceño comprensivamente, aguza el oído y concentra al máximo la atención, como si quisiera detectar todos los movimientos que no alcanza a ver desde donde se encuentra. Después oye los pasos del capitán Ramírez, atravesando el despacho y alejándose hacia la salida. Cuando por fin percibe el golpe de la puerta al cerrarse, respira a fondo y afloja el cuerpo, pero espera todavía unos segundos antes de salir de su escondrijo. La estancia está sumida en sombras, con la escasa claridad intermitente que entra por la ventana procedente de los reflectores de las garitas de vigilancia, ráfagas anaranjadas que barren el despacho, manchando en diagonal el gris hosco de las baldosas. Saca del bolsillo del pantalón un encendedor de níquel y pasea la llama por encima de la superficie del escritorio, pero no observa nada que llame especialmente su atención: cuartillas con el membrete del cuerpo artillería, el vade de cuero repujado, un tintero y dos estilográficas, algunos albaranes procedentes de la cantina, un manual de prácticas de tiro… Mira malhumorado los cajones archivadores que están cerrados con llave y se pasa las manos por las sienes, tratando de pensar deprisa. La guarnición está a varios kilómetros de Tánger, en la misma frontera del protectorado español. No tiene tiempo para contar con Ismail y sabe que si acude él en persona a la Haffa, Ramírez lo reconocería al primer golpe de vista. De pronto la chispa de una idea que se le acaba de ocurrir ilumina su mirada.

El recorrido hasta la ciudad lo hace a caballo, atajando por la vertiente de la colina que suelen utilizar los cabreros cuando acuden al zoco de ganado. A su paso siente un intenso hedor de estiércol entre la sequedad de los rastrojos. Le parece oír, por debajo del retumbar del galope, el canto de una cigarra que se prolonga hacia atrás interminablemente como la nube de tierra que deja a su espalda. La oscuridad contribuye a aumentar su estado de excitación. Poco después se encuentra ya en Tánger, en el interior de un taxi, vestido con una amplia chilaba de rayas que deja ver el fondo de sus pantalones y los zapatos. El conductor se dirige hacia el oeste a través de una larga avenida con árboles, entre cuyas hojas brillan pequeñas esquirlas de plata. La luz directa de los faros, el ronroneo del motor, la calle esquinada hacia la noche… Garcés trata de poner en orden sus pensamientos. Los informes sobre rumores golpistas vinculan la conspiración a los nombres del exiliado Sanjurjo y de Goded, este último en calidad de «jefe del Ejército español», pero a él no acaba de encajarle esto con la intensa actividad en el norte de África, porque tanto Sanjurjo como Goded están en la Península. Se llena la boca con aire, inflando los carrillos, y después deja salir el aire de golpe, con una mueca de perplejidad. Trata de recordar todos los nombres de los destacamentos enumerados por Kerrigan que reciben el boletín de la Entente, pero en ninguno de ellos logra identificar a ningún militar con suficiente carisma para encabezar un movimiento de gran alcance. Suspira de nuevo con resignación, y piensa que en cualquier caso una de las incógnitas no tardará mucho en despejarse. El taxi avanza ahora por un camino de tierra, flanqueado a ambos lados por cabañas construidas con tablones de madera, el último arrabal que enhebra el hilo de la calle. Poco a poco van desapareciendo hacia el fondo las casas blancas arracimadas sobre la kasbah, el pavimento se hace cada vez más irregular, surcado por profundas hondonadas que le obligan a bambolearse constantemente hacia los lados. El cielo filtra una débil claridad a través de las ventanillas sucias, que se expande como un manto azuleando los bordes de la ciudad.

Garcés se deja resbalar hacia atrás hasta apoyar la cabeza en el respaldo blando del asiento.

– La Haffa -exclama el taxista al cabo de un buen rato, volviéndose hacia atrás y señalando un muro con un par de puertas, una de ellas abierta al abismo negro del Atlántico.

Garcés avanza por la primera entrada y luego por un sendero empedrado que lleva hacia el mar. A la izquierda hay amplios escalones excavados en la roca y sin barandilla que bajan hasta el nivel del agua. Son extraños cubículos como habitaciones sin paredes y con esteras de paja colocadas sobre cuatro postes, a modo de tejado. En el suelo, brillan pequeñas lámparas de aceite entre los jergones donde algunos clientes permanecen sentados, fumando kif y bebiendo té, con las piernas cruzadas. Otros están tumbados con los codos apoyados en cojines, de un modo que a Garcés le recuerda las ilustraciones de los festines en la Roma clásica. La mayoría son árabes ricos, vestidos con albornoces y capas de seda. Muchos llevan turbantes blancos o checias de color rojo, lo que da a toda la escena una homogeneidad muy pictórica. Alguien toca lánguidamente un oud en la oscuridad.

Garcés distingue al capitán Ramírez, vestido de paisano, en una de las carpas del fondo, conversando con un hombre corpulento de aspecto extranjero. También advierte la presenciare otro individuo nativo, de tez cetrina y ojos saltones, con la cabeza afeitada, que permanece de pie a poca distancia, en segundo plano, como esperando órdenes.

Garcés busca un lugar que le permita observar sin ser visto, a pesar de que se siente amparado por su indumentaria y la semipenumbra del lugar. Finalmente elige un cubil encaramado sobre un saliente elevado que le da una perspectiva amplia sobre todo el local. La brisa del mar remueve una extraña mezcla de aromas en la que apenas se puede diferenciar la fragancia del incienso o del hachís del olor suave a jazmín o del otro, más intenso, a salitre. Un camarero le sirve su té en una tetera metálica con un platillo de hojas de menta. Garcés se inclina sobre la taza sin perder de vista a Ramírez.