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– Le vendrá bien tomar algo -reconviene Kerrigan mientras separa la silla caballerosamente.

– Gracias.

– Y ahora cuénteme en qué clase de lío está usted metida.

La mirada de Kerrigan brilla con la sagacidad malévola del periodista de raza.

– No comprendo bien lo que quiere decir.

– Usted no es exactamente la clase de persona que pretende aparentar, ¿verdad? Todo lo que le ha contado a Abdullah es una patraña admirable. Esos modales distinguidos, los balbuceos y todo lo demás. Hay algo en usted que induce a sospechar. No tiene aspecto de haber llevado mala vida y sin embargo…

– Peor de lo que pueda imaginar -le interrumpe ella.

Tras unos momentos en los que parece confundida. Elsa alza la cabeza impostando una risa sorda, ligeramente burlona, tan llena de desdén hacia sí misma como vacía de alegría.

– No se ha creído ni una sola palabra de lo que les he contado en la tienda, ¿no? Pues ha acertado: no era más que un cuento. Pero si quiere saber la verdad se la diré.

Ahora está inclinada hacia adelante y sus ojos permanecen fijos en los de Kerrigan, insólitamente brillantes.

– En realidad, soy una mujer peligrosa -dice con un punto de mofa en la voz como si quisiera hacerle creer que está bromeando-, me buscan por dos asesinatos, además de varios altercados y actos contra la autoridad. ¿Le gusta más esta versión que la de mujer indefensa?

– Tampoco exagere. Una persona tan delictiva -dice Kerrigan, alargando mucho el adjetivo- no tendría ningún reparo en empeñar su anillo de compromiso. Además a mí me da igual -añade encogiéndose de hombros- y, por otro lado, quizá no fuera bueno para usted ser de verdad indefensa.

– ¿Cómo sabe que se trata de mi anillo de compromiso?

– Soy periodista. Me pagan por observar. Si quiere que la ayude tendrá que contármelo todo.

– Un hombre me está extorsionando. Es todo lo que puedo decirle, de momento. Sé que no tengo derecho a pedirle que se fíe de mí, pero se lo pido. Yo también me he informado sobre usted, señor Kerrigan. No es tan cínico como a veces quiere parecer. La gente aquí lo respeta. Tiene muchos recursos, contactos con personas importantes y no se asusta fácilmente. Además, el azar lo ha puesto en mi camino -sus pupilas ahora se mueven inquietas debajo de las pestañas como si estuviera haciendo un verdadero esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas-. No tengo amigos en Tánger y… -la voz vacila con un ligero temblor- necesito que me ayude.

Kerrigan deja de contener la respiración, y alzando las cejas expulsa el aire entre los labios fruncidos, lo que en su código gestual viene a significar que el discurso de la mujer le ha parecido, si no convincente, al menos suficientemente halagador.

– Bien, no tengo inconveniente en ayudarla, pero no será mucho lo que pueda hacer si no sé de qué se trata. Así que usted dirá.

– Debo entregarle una suma de dinero antes del sábado o de lo contrario…

– De lo contrario, ¿qué? -la apremia Kerrigan.

Elsa cierra los ojos con expresión de abandono.

– Me siento tan cansada -dice por primera vez con verdadera sinceridad-. Cansada de todo, de mí misma, de esperar, de pensar qué debo hacer y qué no debo hacer -y apoya la cabeza entre las manos sin despegar los párpados.

– Ahora sí está siendo usted peligrosa -murmura Kerrigan en voz muy baja, apartándole con suavidad un mechón de pelo de la frente.

La mujer alza la cara: sus iris se mueven con una leve palpitación, como si estuviera intentando rehuir la mirada de Kerrigan y no lograra hacerlo. Alrededor, los plomos violentos del cielo, la barahúnda del mediodía en el mercado de frutas, un murmullo de grillos aprisionados dentro de una caja.

Kerrigan saca una tarjeta del bolsillo en la que está escrita su dirección con grandes letras de imprenta y la pone en la mano de ella, demorándose intencionadamente en el ademán.

– Cuando esté dispuesta a hablar, puede encontrarme aquí -declara recobrando el tono neutro.

En el horizonte van amontonándose arremolinadas las nubes. El corresponsal del London Times se tantea el pantalón buscando los fósforos mientras abandona la terraza, contorneando el círculo de mesas. A lo lejos se oye el canto de los muecines en tres partes diferentes de la ciudad. Camina con lentitud, con la vista fija en el suelo. Tal vez se siente demasiado viejo y cansado para aprender a amar de nuevo.

XIII

Ahora la luz ha declinado, negreando hacia Gibraltar y el cabo Espartel. El tiempo se ha ido demorando por encima de la ciudad, alargando sus sombras. Los olores del atardecer flotan empozados en el aire cargado de humedad y de otras exhalaciones más sutiles. La proximidad de la noche despliega su espionaje por todos los rincones de la medina. Escasos faroles alumbran sesgadamente algunas fachadas proyectando su luz fantasmal contra los aleros. El crepúsculo cae por encima de los zaguanes con la redención del agua, apenas hay gente en los cafés a esta hora y, por las calles, sólo fugaces chilabas apresuradas, algún vendedor de arroz caliente bajo los toldos. Llueve sobre Tánger.

Elsa Quintana camina deprisa, pegada a las paredes, mirando a su alrededor las figuras distantes, tapadas, que se deslizan en silencio con las manos escondidas en las bocamangas de sus caftanes. La ciudad le parece otra, así, sin voz, despojada de la habitual algarabía de vendedores y animales, sin el martilleo del hierro templado sobre el carbón, ni el rodar de los tornos, ni el sonido ululante de los cantos entonando plegarias. Sólo el chapoteo sordo de las goteras continúa monótono sobre las piedras como si las piedras mismas estuvieran gimiendo. Siente el cuerpo escalofriado, preso en el embrujo de la noche invernal. Piensa en el hombre, en el periodista inglés que conoció por la mañana en el bazar. Hay algo en él que le inspira tranquilidad. No sabe exactamente qué. Tal vez los ojos o la forma en que los fija cuando habla y también al tomar distancia, alzando una ceja recta desde el ceño. No le parece uno de esos individuos de trato fácil; sin embargo, intuye cierta solidez en sus gestos secos, de una rudeza exageradamente varonil que la atrae y la molesta al mismo tiempo. Trata de darse ánimos y encontrar razones, indicios, pequeñas señales que la reafirmen en la decisión que ha tomado. En cualquier caso, no tiene otra elección.

En el número 7 de la rue des Chrétiens Elsa Quintana se sacude la lluvia del pelo. Mira a su alrededor con timidez, la habitación está débilmente iluminada por una lámpara lateral cubierta con una gasa azul. Mientras espera, pasa revista al cuarto: el mapa clavado en la pared, la puerta del armario entreabierta, que deja ver las camisas sucias amontonadas en un extremo; una bandeja con platos y cubiertos usados sobre la mesa; la pila de diarios junto a la cabecera de la cama. Philip Kerrigan, avanza desde el fondo del pasillo sin ocultar su sorpresa ante la visita.

– Disculpe por el desorden. No esperaba que viniera hoy.

– He estado pensando en lo que me ha dicho esta mañana -dice ella midiendo con cada palabra la distancia que la separa del periodista, sin calibrar bien lo que le resta de orgullo después de haberse decidido a acudir al apartamento.