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– ¿Y bien?

– No puedo contarle más de lo que ya sabe. No puedo -repite con persistencia, como si tratara de convencerse a sí misma-. Más adelante se lo diré, pero ahora tiene que confiar en mí.

– ¿Me está pidiendo confianza o dinero? -inquiere Kerrigan con una voz lenta y sarcàstica que es puro hielo.

El silencio que sobreviene a continuación está cargado con la larga reflexión íntima de alguien que está a punto de dar un mal paso y ve pasar velozmente ante sí el curso entero de su vida.

– Le estoy pidiendo ayuda. He apelado a su caballerosidad. ¿Qué más puedo hacer? -pregunta acercándose al periodista con el pañuelo de lunares desanudado y abierto sobre el triángulo del escote; los ojos ambiguos, brillantes de vergüenza.

Las dos caras están ahora muy próximas, la barbilla de ella permanece alzada en un ademán que tiene tanto de altivez como de ofrecimiento. Kerrigan la mira ladeado, saboreando durante décimas de segundo su aliento cálido, la actitud sumisa, el perfume que emana de su piel, los ojos entornados e indecisos o quizá sólo expectantes. Tal vez el mayor desafío para la mujer consiste en saber hasta dónde puede llegar por sí misma o hasta qué extremo la vida es capaz de envilecerla. Permanecen así, de pie, en silencio. La proximidad de los cuerpos hace más intensa la frontera entre ellos, el espacio en el que se desiste del contacto físico. Ambos se miran tratando de mantener a raya la pulsión que está allí contenida: orgullo, deseo o desdén. Nunca se sabe a ciencia cierta qué es lo que anida dentro del corazón humano porque el hombre carece de la improvisación animal ante el mundo. Los ojos azules y hundidos del periodista tienen una expresión fría, pero la mandíbula refleja que todos los músculos faciales están crispados y en tensión. A continuación saca con desgana un fajo de billetes de su cartera y lo deja sobre la mesa del escritorio. Después avanza varios pasos hacia la ventana, el perfil fatigado por el peso de los hombros, las manos hundidas en los bolsillos, impasible y tenaz en su permanente monólogo interior. Se queda inmóvil de espaldas a la mujer, contemplando el volumen colmado de las nubes, las pequeñas gotas en el cristal, los alambres vacíos de las terrazas, el horizonte nocturno y gris, de un gris plomizo, casi sólido, sucio y opresivo. Piensa con vaga tristeza en el cielo de las ciudades que conoce, pueblos, lugares en los que quizá estuvo sólo una vez, viejos cuartos de hotel. Piensa en las noches con sus complicados placeres y en todas las vidas posibles que acaso él no vivirá nunca.

– Lo siento, me equivoqué al venir aquí. Creí que era usted un caballero -dice ella con una voz en la que hay dolor y ofensa, pero ya no desesperación.

Después Kerrigan escucha sin volverse el golpe seco de la puerta al cerrarse, echando de menos el sórdido temblor que había reinado en el cuarto apenas durante unos minutos.

Cuando se da la vuelta, es ya un hombre vencido. Las arrugas de su frente son mucho más pronunciadas, los ojos no expresan nada, simplemente miran sin satisfacción ni esperanza, los dientes apretados, la sombra oscura de la barba envejeciéndole el rostro. Sobre la mesa del escritorio el fajo de billetes está exactamente en el mismo lugar en que lo dejó.

XIV

– Vamos, no me diga… -la voz del periodista suena con un inevitable matiz sarcàstico-, como si la Embajada no tuviera constancia de la llegada al puerto de Tánger de varios de estos cargamentos.

– Da usted demasiada importancia a los rumores.

Sir George Masón pronuncia estas palabras observando de frente al corresponsal del London Times desde el otro lado del escritorio. Es un hombre grueso, de unos sesenta años, algo calvo, con enormes carrillos rosáceos que dan la impresión de no haber necesitado nunca un afeitado y ojos pequeños y astutos.

– Además -añade-, no creo que Alemania e Italia sean capaces de ejercer una influencia sobre la política española que pueda poner en peligro los intereses del Reino Unido y, si así fuera, no dude de que tenemos los medios apropiados para defendernos.

– Claro, por supuesto. No voy a ser yo quien ponga en cuestión la indiscutible superioridad militar de la Royal Navy -replica Kerrigan con su habitual socarronería-› pero ¿no cree que sería mejor controlar la situación antes de llegar a esos extremos?

El cónsul británico se lleva el cigarro habano a los labios con actitud lenta y reflexiva, se lo quita, mira cómo arde el círculo encendido de la brasa en el extremo y se lo vuelve a llevar a la boca con la misma parsimonia antes de responder.

– Los informes a los que se refiere -esgrime el cónsul dando muestras de hacer acopio de toda su paciencia- fueron objeto de un atento examen por funcionarios diplomáticos del Foreign Office, y además han sido remitidos a otros ministerios como el de la Guerra y al departamento de Comercio y Exportación. Créame, de momento no hay nada por lo que preocuparse.

El diálogo transcurre en el interior de uno de los despachos de la primera planta del consulado británico en Tánger. La claridad grisada del exterior entra tamizada a través de las cortinas de color cereza y le da a los objetos una tonalidad extraterritorial que a Kerrigan le hace pensar en el mobiliario de una antigua plantación: el gran ventanal abalconado, sus pequeños vidrios en el dintel del arco, la mesa de palorrosa, un guerrero masai tallado en ébano. Sobre la pared del fondo, destacan inequívocamente los símbolos del imperio. Junto al mástil con la bandera enrollada, pende un óleo de gran tamaño del rey Jorge V a caballo, blandiendo un sable con la mano derecha mientras con la izquierda sujeta la brida del corcel, la misma imagen que reproducen en miniatura los sellos de cinco peniques. A través del tabique que separa el despacho de las oficinas, se oye el sonido de las máquinas de escribir, una conversación sobre pasaportes, ajetreo de funcionarios, idas y venidas. El corresponsal del London Times reconoce por un momento algo vagamente familiar, no sólo por el idioma, que le recuerda el ambiente de la redacción del periódico en Bloomsbury Square. La vieja eficiencia británica, laboriosa y obstinada como el diagrama de un enjambre. Más allá de la ventana se distinguen los altos plátanos de la Place de France, sus copas redondas, las manchas fugaces de las bandadas de pájaros que surcan el cielo formando extrañas geometrías. Kerrigan se levanta y empieza a pasearse de un extremo a otro, eligiendo cuidadosamente los cuadrados de baldosa para cada paso.

– Conoce tan bien como yo la tensa situación que está viviendo la República española, y la existencia de grupos militares que conspiran contra el gobierno constitucional.

Al mismo tiempo que habla, Kerrigan vigila al diplomático con una mirada cargada de sobreentendidos.

– Si quiere saber mi opinión sobre lo que ocurre en ese país -ahora las manos del cónsul, blandas e hinchadas, repletas de manchas pardas en el dorso, acarician el filo repujado de la mesa con un ademán repetitivo e involuntario-, le diré que no creo que a estas alturas exista ninguna posibilidad de una solución pacífica a la crisis. La República ha demostrado su incapacidad para evitar la revolución social y la nación está cada día más dominada por el bolchevismo. Desde mi punto de vista, una intervención controlada del Ejército para restablecer el orden, como ocurrió en 1923 con el general Primo de Rivera, no sería la peor de las soluciones. Tenga en cuenta que el ejército español cuenta con una profunda tradición liberal desde el siglo pasado y amplios sectores de la oficialidad profesan gran admiración hacia la historia militar de Inglaterra.

– ¿Está diciendo que una dictadura militar en España sería conveniente para los intereses del Reino Unido? -pregunta Kerrigan incrédulo, deteniendo sus pasos súbitamente y dirigiéndose a su interlocutor con una mueca de estupor.

Alrededor de ellos, negras e impunes en la atmósfera del despacho, flotan las palabras.