– Si quiere interpretarlo de ese modo -concluye finalmente sir George Masón, frunciendo el ceño y rebulléndose incómodo en el sillón.
Kerrigan levanta la cabeza. Su mirada gris adquiere durante un momento una rigidez mineral. Después, avanza unos pasos, apoya las dos manos en el borde del escritorio dejando descargar en ellas todo el peso de su cuerpo inclinado hacia adelante y comienza a hablar sin alzar la voz, pero modulando con énfasis la entonación.
– Francamente, he de admitir que realmente ha conseguido usted sorprenderme. Nunca hubiera imaginado que el Whitehall, con la excusa de una cruzada antibolchevique, pudiera llegar a mostrarse tan permisivo ante las actividades nazi-fascistas en el comercio de armas.
– Yo no he dicho eso -replica el representante del gobierno británico visiblemente molesto.
– ¿De verdad creen ustedes que la intervención de Italia o Alemania en el asunto español será inocua para los intereses británicos? ¿Se han parado a pensar que tal ayuda podría ser pagada con compensaciones territoriales o con materias primas: hierro, cinc, mercurio, tungsteno…? -dice remarcando enfáticamente esta última palabra-. Y aun en caso de que no fuera así, ¿cree que si España entrase dentro del Eje ítalo-germano se podrían seguir manteniendo las cuantiosas inversiones británicas y la hegemonía sobre el comercio exterior español de las empresas del Reino Unido? Eso por no hablar de la seguridad de Gibraltar como base naval ni de la alteración del equilibrio europeo, ni de la posibilidad de una segunda guerra. ¿No se les habrá escapado, por ejemplo, que Francia quedaría con tres Estados fascistas en sus fronteras?
– Vamos, vamos, no sea usted catastrofista -replica el cónsul poniéndose en pie y saliendo entre el lustroso sillón de cuero y la mesa-. Si España continúa con su proceso de sovietización eso sí que supondría el fin de nuestro dominio financiero en el país por muchos años. Además entre los militares españoles no hay, que yo sepa, ningún peligroso político doctrinario como Adolf Hitler, ni ningún imprevisible demagogo fascista como Benito Mussolini, sino profesionales prudentes, conservadores, nacionalistas, que si se deciden a intervenir será sólo para combatir el caos y el espectro del comunismo.
– Carezco de fe -dice Kerrigan torciendo la boca con una sonrisa agria-. Nosotros, los ingleses, somos un pueblo sin fe. Puede que algún día tengamos una mística -añade enigmáticamente sin preocuparse demasiado porque el cónsul entienda el significado de su reflexión.
– ¿Qué quiere usted decir?
– Nada. Ahora comprendo que gran parte de la actividad diplomática consiste en permanecer sentado, sin actuar, esperando sólo a que suceda lo que podía haberse evitado. Tal vez toda esta conversación no ha sido más que un complicado disfraz con el que usted trata de ocultar algo que yo todavía ignoro -Kerrigan hace una pausa, y sosteniendo el cigarrillo entre dos dedos en alto, añade-: algún día se darán cuenta de adonde nos ha llevado a todos la farsa de esta política de ojos cerrados. Pero entonces será demasiado tarde.
Mientras sale del despacho y se dirige a las oficinas administrativas con la" disculpa de renovar su pasaporte, Kerrigan piensa en el largo artículo que el London Times no publicará. Considera que si la gran baza diplomática de los golpistas consiste en convencer al gobierno de Su Majestad de que su movimiento va dirigido contra un soviet virtual y que por lo tanto el régimen republicano no merece ningún apoyo de los Estados democráticos, entonces los conspiradores han logrado su primer objetivo. Está convencido de que en el orden político, los llamados principios o ideales no existen como algo independiente de la realidad o vinculado a determinados valores espirituales: la libertad, la justicia o el sentido del honor. Tal vez también sea ingenuo pensar que tales valores puedan existir por sí mismos en el terreno personal.
Kerrigan reflexiona de una manera vaga y sin método. Con el desaliento regresa a su mente un estremecimiento súbito de autodesprecio. Piensa que cuando uno choca consigo mismo, con un acto o una palabra que pronunció sin entender bien el motivo, y el tiempo pasa y el entendimiento no llega, entonces busca resarcirse en sucesos grandes y ajenos, acontecimientos que con su magnitud lleguen a ocultar la pequeña responsabilidad individual. Es una manera inconsciente de guardarse de los propios errores que no hay posibilidad de enmendar. Un mecanismo zafio pero humano.
En las dependencias administrativas, Kerrigan saluda con familiaridad a una de las secretarias, mientras le entrega el pasaporte. Intercambian unas cuantas frases intrascendentes. La mujer toma el documento de 94 páginas con pastas azules y doradas, imprime un sello con el certificado de prórroga en la última hoja y, antes de devolvérselo, introduce subrepticiamente en su interior un papel de cable cuidadosamente plegado.
Afuera, un sol tibio amarillea el asfalto todavía húmedo por las lluvias de los últimos días. Pasadas las legaciones extranjeras, en las zonas más umbrías quedan restos de algunos charcos sucios. Kerrigan contempla la superficie marrón del agua al pie de los altos bloques de apartamentos recién construidos con una punzante sensación de agravio. De la lluvia estancada le viene por asociación el recuerdo de Elsa Quintana, el cabello mojado, los ojos quietos, alguna cosa allí contenida, el punto exacto en que la desorientación cruzó su rostro y él la interpretó como una argucia malévolamente femenina en su intención. El corresponsal del London Times siente que hay algo en la naturaleza de las mujeres que resulta profundamente equívoco: su facilidad para hacer confidencias a los extraños, una especie de amoralidad o código indescifrable que tantas veces le ha inducido a error. El propio énfasis del cuerpo cuando se insinúa es una de esas armas, más mortífera cuanto más inocente e instintiva e inexplicable. Odia ese sentimiento lo mismo que odia los artículos que escribe con habilidad trivial, la búsqueda de datos, nombres, correspondencias. Aborrece la profesionalidad que le empuja a seguir a una mujer por la información que pueda procurarle. Desprecia su espíritu suspicaz y depredador, inadecuado para expresar lo que siente, o peor aún, inadecuado para sentir, un defecto que se le ha albergado en el alma y que a lo largo de toda su vida ha intentado acallar para quedarse donde quería estar, en una especie de distancia del mundo, un lugar personal e inmutable en el que permanecer a salvo de las emociones.
Kerrigan se dirige hacia la medina caminando por el lado soleado de la plaza, entre las briznas de luz, con el cuello levantado y las manos hundidas en los bolsillos de la americana. Los árboles de los jardines están cuajados de pájaros que inundan la atmósfera de un gorgojeo ensordecedor. Desde que empezaron las lluvias, la temperatura ha bajado considerablemente y el aire se ha vuelto más fresco ya impregnado de olor a carbón y a cáñamo. Deja atrás los restaurantes de la rue de la Liberté, las oficinas y los quioscos de prensa. Tuerce a la izquierda por una de las callejas laterales donde varios mozos fuman kif al pie de los carros tirados por mulos, a la espera de ser reclamados para transportar algún equipaje. Cuando llega al bazar se encuentra con que el portón del patio está abierto. Bidones, palas de fogón y piezas herrumbrosas tapadas con lonas viejas permanecen amontonadas contra los muros con el aspecto decrépito de los talleres de desguace. El corresponsal del London Times llama dos veces a Abdullah, pero no obtiene respuesta. Mientras curiosea entre el material de desecho, ve aparecer en el extremo de la escalera que da a la tienda al ayudante del prestamista, un muchacho larguirucho ataviado con una gastada chilaba de tela de saco, que le invita a entrar. En el interior del bazar los tapices permanecen aún enrollados, las esteras sin desplegar y las valijas cerradas con correas. Por lo demás todo está igual, los mismos almohadones de cretona sobre el diván, la alfombra de color rosa pálido con una trama mohosa en una esquina, donde la humedad oscurece el tejido. Hasta la lamparilla de aceite continúa en el mismo lugar. De todos modos el espacio le parece a Kerrigan menos agobiante que la última vez.