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– ¿Está el señor Abdullah? -pregunta Kerrigan.

El chico menea la cabeza hacia los lados. Tiene los ojos hinchados y el pelo revuelto como si acabara de despertarse. Con un gesto de la mano indica cortésmente al periodista que tome asiento. Una gata de pelaje atigrado maúlla debajo de la mesa. Kerrigan intenta acariciarla, pero el animal emite un gruñido y sale corriendo hacia el otro extremo de la tienda.

Al poco rato, por la puerta lateral que comunica con la vivienda, aparece Abdullah bin Saiyid con las manos tendidas esgrimiendo una amplia sonrisa que Kerrigan no sabe muy bien cómo entender ya que esperaba encontrarlo algo reticente después del último encuentro.

– Pasaba por aquí y pensé… -miente el periodista.

– Me alegro de que haya venido. Puedo ofrecerle té o whisky si prefiere.

– ¿No lo prohíbe el profeta?

– El profeta no tenía mayor conocimiento del whisky. Debemos interpretar sus palabras con un criterio moderno.

– De todos modos prefiero té, gracias -sonríe Kerrigan-. Es un poco temprano para empezar a pecar.

Abdullah hace una seña a su ayudante que al momento se acerca con una tetera humeante.

– ¿Así que pasaba por aquí?

– Bueno, no exactamente -reconoce el periodista; y añade diplomáticamente-: a decir verdad quería disculparme por mi intromisión del otro día.

– Ah, se refiere usted al asunto de la señorita española… Una mujer realmente interesante -exclama admirativamente Abdullah mientras se echa hacia atrás recostando la cabeza en el respaldo del diván.

La túnica adherida a los muslos le marca una profunda hendidura bajo el vientre.

– Ayer mismo estuvo aquí, vino acompañada de un hombre de uniforme, un tipo malencarado. Ella parecía un poco… inquieta.

– ¿Empeñó finalmente el anillo?

– Por supuesto, pero no se preocupe: le ofrecí una cantidad más que razonable. No quiero que piense que pertenezco a esa clase de hombres capaces de aprovecharse de una dama necesitada. ¿Quiere verlo de nuevo?

Abdullah se dirige hacia una de las vitrinas sin esperar respuesta y le muestra la pieza sobre un paño negro de terciopelo. Kerrigan toma la joya en sus manos, examinando la piedra dura y brillante al trasluz como si la viera por primera vez.

– ¿Cuánto quiere por él?

– Todavía no está en venta. Le prometí a la señorita que lo mantendría durante unas semanas.

El periodista saca varios billetes del bolsillo interior de la americana y los deja en el centro de la mesa. Abdullah niega con la cabeza esbozando una sonrisa obscena en la que relampaguean sus dos molares de oro.

– No querrá que falte a mi palabra por una cantidad de dinero tan escasa.

Kerrigan extrae algunos billetes más de su cartera y los añade al montón que reposa sobre la mesa.

– Bueno -sonríe Abdullah amablemente recogiendo el dinero-. Esto ya es otra cosa.

El corresponsal del London Times envuelve cuidadosamente el anillo en el interior del paño y se lo guarda en el bolsillo. Mira a Abdullah con la desagradable sensación de que el árabe ya contaba con que él acabaría por hacer exactamente lo que había hecho. De todos modos tener el anillo en su poder le reconforta de una extraña manera.

– Y ahora que ya hemos cerrado nuestro negocio, le diré gratuitamente algo que puede interesarle. Su gobierno tiene agentes por toda la medina. Se gasta el dinero con cualquier árabe o judío que le cuente mentiras. Y luego telegrafían esas informaciones falsas a su país. Voy a hablarle con franqueza, las cajas que le mostré el otro día…

– Me he dado cuenta de que ya no se encuentran en su almacén -le interrumpe Kerrigan.

– Bueno, sí. Hay mercancías que no deben permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Quería decirle que la materia prima es de origen español pero la fabricación es alemana. Los alemanes son expertos en circuitos eléctricos ¿Ve este refrigerador? -dice incorporando con cierto cuidado su voluminoso cuerpo, y señalando un recipiente rectangular-. Es un regalo personal del señor Wilmer.

– ¿Por qué me cuenta todo esto?

– Señor Kerrigan, usted es inglés. Los ingleses siempre han sido neutrales y buenos clientes. Además usted se porta bien con mi cuñado. Los árabes tenemos un gran sentido familiar y, en cualquier caso, los asuntos entre europeos a nosotros no nos conciernen en nada.

– Salvo en lo que se refiere a las transacciones comerciales, supongo.

– Ah, amigo -sonríe el árabe-, veo que va usted comprendiendo. Si algo desagradable ocurriera en Tánger, los oficiales coloniales nos echarían la culpa a nosotros. Quiero que usted sepa que no sentimos ninguna inclinación por nadie. Sólo estamos dispuestos a colaborar con aquel que nos proponga mejores negocios.

– Entiendo -responde Kerrigan poniéndose en pie para irse.

– Tenga cuidado -dice el prestamista, tocando tímidamente la manga del periodista-. Le tengo aprecio. No me gustaría que sufriera usted ningún percance.

Cuando Kerrigan sale al exterior una gruesa gota de agua le moja la chaqueta a la altura del hombro. En el alero hay una canaleta rota que chorrea como un grifo. Vacila un momento y después sale caminando despacio detrás de un carro con tinajas de leche que ocupa todo el ancho del callejón y va bamboleándose entre los baches. Mira hacia arriba con aprensión, como quien trata de escudriñar algún indicio, pero en el espacio estrecho por encima de los tejados no hay nada más que un rectángulo de cielo ondulante y blanco.

XV

Contra la ventana sucia del café Tindouf, como queriendo atravesarla, revolotea aturdido un moscardón de coraza verdosa. Alonso Garcés espía su zumbido. La vibración enloquecida de los golpes en el cristal no llega a apartarle del todo de sus suposiciones, como si existiera una vaga relación entre el círculo de pensamientos que lo asedian y el vuelo acorralado del insecto.

El teniente Orgaz da un trago largo a la botella de agua mineral. Mira a Garcés con expresión de camaradería, quizá tratando de reconstruir el simulacro de una antigua amistad. Dos líneas de saliva le humedecen la comisura de la boca.

– No has cambiado desde la Academia -dice limpiándose el mentón con el dorso de la mano-. Así que sigues obsesionado por lo que creíste ver durante las maniobras de Llano Amarillo.

– No por lo que creí ver, sino por lo que vi -responde Garcés escuetamente.

– ¿Y qué viste? Cinco grupos de regulares indígenas, catorce escuadrones de caballería mora y nueve baterías de artillería haciendo maniobras. ¿Es eso tan raro?

– Estoy convencido -insiste Garcés- de que el capitán Ramírez se sirve de las maniobras para otros fines.

– Ramírez es un hijo de puta, al que lo mismo le da ocho que ochenta y ocho. No movería un dedo por nada ni por nadie, si eso no le reportase algún beneficio particular.

– ¿Y qué te hace pensar que no se lo va a reportar? Además no se trata sólo de Ramírez. En el banquete que ofrecieron en el campamento después de las maniobras, aún no habíamos empezado con los entremeses y ya la mayoría de los oficiales levantaba la taza pidiendo «CAFE»; ¿crees que no sé lo que significan esas siglas?

– Todo el mundo lo sabe: Camaradas Arriba Falange Española. Pero eso fue una broma sin importancia.

– Ya. ¿Y por qué se esfumó de repente toda la oficialidad del batallón? ¿Adonde fueron?

– Al casino militar, supongo, pero…

– ¿Y qué me dices del cargamento que llegó a la Comisión de Límites?

– Mira, Garcés, no le des más vueltas. Tú dedícate a lo tuyo -dice Orgaz, repentinamente serio, como si de golpe hubiera perdido las ganas de disimular-. El otro día hablamos de ti y todos estuvimos de acuerdo. Eres el tipo más raro del regimiento, el mejor cartógrafo y uno de los más hábiles jugando al póquer, pero vives en otro mundo. La gran mayoría de los españoles no está de acuerdo con el rumbo que están tomando las cosas. El propio Gil Robles dijo hace poco en una alocución que un país puede vivir en monarquía o en república, en un sistema parlamentario o en un sistema presidencial… Pero como no puede vivir es en anarquía y ahí precisamente es adonde nos llevará toda esa coalición del Frente Popular.