– O sea que es verdad. Estáis conspirando.
– Qué cosas tienes… Tú a la exploración, que es lo tuyo. ¿Cuándo sales para el Sahara?
La puerta del bar, de tablones muy separados pintados de amarillo, cruje ligeramente con la entrada de dos parroquianos. Garcés es consciente de pronto de su escasa capacidad para cambiar el curso de los acontecimientos. Por encima de la barra transversal que divide la ventana, mira la calle de tierra, la línea apenas distinguible en la que se junta el suelo con las paredes terrosas de las casas, una frontera tan difusa como la que separa los recuerdos de antiguas farras, que nunca fueron verdad del todo, de los sucesos o conjuras no conocidas por él. No cree que el teniente Orgaz sea un mal militar, no peor que cualquier otro, pero como tantos inclinado a actuar mecánicamente siguiendo pensamientos transferidos, propenso a esa farsa tan atizada en el Ejército que tiende a confundir la acción, por deleznable que sea, con la hombría; la insensatez con la vocación de una vida. Sabe que un soldado exaltado por esa fe emana sudores fosfóricos ante la mínima disidencia. Entonces, es la propia vanidad la que ataca y se defiende pisando ferozmente cabezas y amistades y todo lo que encuentra a su paso. Piensa que tal vez aún no ha llegado ese momento, pero sabe que cuando llegue todo estará perdido. Después, cautelosamente, sin que su rostro trasluzca ningún desafío, vuelve de nuevo la vista hacia el teniente Orgaz.
– Salgo mañana, a primera hora. Acabo de recibir la orden -dice mostrando el sobre que acaba de recoger en la comandancia-. Supongo que resulto incómodo aquí.
– En ese caso habrá que tomarse una copa de despedida esta noche, ¿no?
El teniente Orgaz inclina la cabeza hacia Garcés con un gesto de complicidad y se ajusta el cinturón en el estómago sintiéndose aliviado al dar por concluida la parte más delicada de la conversación.
– Tal vez me pase por la cantina después del teatro -responde evasivamente Garcés.
Una vez en el exterior los dos hombres siguen caminos diferentes. El teniente Orgaz se dirige hacia el sector meridional por una callejuela serpenteante empedrada con puntiagudos guijarros, Garcés enfila hacia el Marxan en la parte oeste de la ciudad. Contempla de lejos las lujosas quintas construidas por los alemanes, las Renschhausen, sus tapias blancas y las enredaderas que coronan las bardas. Su mente está ocupada en buscar alguna salida a la madeja de hechos que conforma la tela de araña de sus pensamientos. Trata de invocar un hombre de confianza entre los altos mandos, alguien de probada lealtad al gobierno y sólo le viene a la cabeza el nombre del coronel Morales. Piensa que debe ponerlo al tanto de lo que sabe; pero es tan hermético, tan solitario, que no imagina cómo abordarlo. Embebido en estas meditaciones va dejando atrás los despachos de las principales compañías de navegación, el colegio de Saint-Aulaire, el edificio del Monopolio de Tabacos hasta que vislumbra de frente la fachada ocre del Gran Teatro Cervantes y la aglomeración engalanada que se apiña junto a la entrada: caballeros de frac, mujeres vestidas de largo compitiendo calladamente por el lujo de los respectivos atuendos, el relumbre de las joyas, lo elaborado de los peinados en una perpetua sucesión de besamanos y frases de envarada cortesía. Un gran cartel festoneado por una guirnalda de bombillas cuelga de la balconada principal, anunciando el título de la obra que se va a representar: Otelo, de William Shakespeare.
Dentro del edificio, el tapiz de los asientos y el olor a maderas trajinadas por la carcoma le hace evocar a Garcés la atmósfera cerrada del desván de la casa de las Marinas, y el baúl donde se guardaba en naftalina un uniforme de teniente de húsares perteneciente a uno de sus antepasados que había luchado a las órdenes del general Prim en la revolución de 1868. El patio de butacas está completo al igual que los palcos de las galerías. Sin embargo, el estrado de honor, con su baldaquino de brocado, reservado a las autoridades, permanece vacío. De pronto, entre los espectadores que todavía se están acomodando, descubre en la segunda fila, entre un nutrido grupo de huéspedes del Excelsior, el perfil de esfinge de Elsa Quintana, una visión fugaz como el aleteo de un abanico que desaparece súbitamente cuando se apagan las luces y se abre el gran telón de terciopelo granate.
El decorado del primer acto va mostrándose paulatinamente en una sutil gradación de luz que acaba destapando una encendida selva de velámenes y estandartes sobre proas de naves en el lado derecho del escenario, mientras a la izquierda, empavesando las macizas murallas de un palacio renacentista ondean oriflamas y banderolas de púrpura y amaranto en medio de un gran despliegue de figuración. En el centro del escenario, el general moro se enfrenta a las acusaciones vertidas contra él ante la corte del anciano senador de Venecia. Las palabras condenatorias retumban en el escenario ahondadas por el silencio sepulcral del público:
vuestra hija se rebela contra vos
entregando belleza, razón y ventura
a un extranjero errátil y sin patria.
Bajo un resplandor de luces amarillas que se van aclarando hasta casi parecer un refectorio conventual, Desdémona, ataviada como una dama de Tiziano, entra en la última escena del primer acto para defender su amor contra la autoridad paterna, y un suave adagio musical acompaña la hábil mutación del decorado en el que aparece ahora la plaza de San Marcos y los canales que confluyen hacia ella surcados de góndolas.
Garcés, con los codos apoyados en la balaustrada del palco, inclinado hacia adelante y exaltado por el drama que está siendo representado, se deja ganar por la ensoñación, mezclando la ilusión escénica con sus deseos, y trata de orientar su mirada en la oscuridad hacia la mujer que permanece sentada en la segunda fila de platea, con la cabeza muy erguida. Imagina el júbilo de besar su boca vuelta hacia él tras el efecto neblinoso de un alumbrado en sordina y, olvidado momentáneamente del espectáculo, divaga con fantasías y satisfacciones que le procuran una evasión inmediata. Todavía inmerso en el abrazo imaginario piensa en el viaje que ha de iniciar al alba, en la oscura trama que continúa su progresión imparable hacia un futuro cargado de incógnitas, en la fugacidad de todo. Si fuera el personaje de una farsa, podría aspirar a un merecido papel, pero se siente sólo parte del decorado, algo en su interior le incita a retraerse y sin embargo ¿cómo dejar de pensar? Elsa Quintana es apenas una silueta difusa e inmóvil, su espalda y su piel forman parte de la oscuridad. Garcés apoya la frente en las manos y cierra los ojos para sentir más intensamente su presencia. Son apenas unos segundos, porque al momento la misma ensoñación le devuelve al tablado en el que transcurre la obra.
Toda la escenografía de decorados y tramoyas, los coros de centuriones con sus lanzas doradas, las vestimentas y los efectos lumínicos ensalzan y desmienten al mismo tiempo el majestuoso empaque del gigante negro, su angustia de héroe destrozado cuando en el último momento entra sigilosamente con un candil en la habitación donde duerme su amada y dirigiéndose a la invisible blancura de Desdémona, cisne agónico, pronuncia el misterioso monólogo final de la tragedia:
Es la causa, es la causa, alma mía,