no permitáis que os la nombre castas estrellas.
Es la causa. Y sin embargo, no derramaré su sangre,
ni señalaré su piel más blanca que la nieve,
más suave que alabastro de sepulcros.
Pero ella debe morir…
Cae el telón y el público se levanta para aplaudir y va saliendo de la luz amarillo-naranja a las penumbras de los pasillos con sus rellanos y alfombras que conducen a la noche demorada. Animado por la fuerza del espectáculo al que acaba de asistir, Garcés se acerca a Elsa Quintana que trata de abrirse camino entre los asistentes a la representación, intercambiando comentarios y saludos mientras se dirige a la guardarropía para recoger su chal.
– ¿Puedo acompañarla? -pregunta, sin recibir más que una sonrisa por respuesta.
Ya en el exterior, la mujer señala una calleja próxima, por la que se adentran confiando en la penumbra clareada, con estrella aquí, estrella allá, que les permite contemplar ciertos aleros, cimborrios de estilo neoárabe, columnas y peristilos teñidos de un amarillo singular en la noche blanca, espolones de cemento que difícilmente se definen en cabalidad de formas y que por un momento les crea la ilusión también a ellos de ser personajes de un drama que quizá alguna imaginación aviesa en algún lugar ha trazado para sus destinos.
Caminan en silencio, a cierta distancia uno de otro. Garcés siente de nuevo el mismo aroma que había percibido al bailar con ella, un olor indefinido que no proviene de ningún perfume sino de la piel que imagina tibia de una suavidad tersa y vibrante.
Ella no habla mucho sobre sí misma. Breves comentarios referidos a un pueblo de Andalucía con dehesas y olivares que evoca con nostalgia, algo sobre un viaje sin billete de vuelta, pequeños detalles que lejos de desvelar nada sobre su vida, aumentan aún más su misterio.
– Y eso es todo -concluye.
Garcés sabe que eso no es nada, pero no saca a relucir a Ramírez hasta más tarde, cuando ya están en la ciudad vieja, al pie de las murallas que parecen oscilar con la tenue reverberación de los faroles.
– ¿Quién?
– El militar que se acercó a ti en la recepción del Excelsior -aclara Garcés.
Se tutean desde hace apenas unos minutos.
– Ah, ése.
Ella tarda más de lo necesario en responder, como si estuviera tratando de ganar tiempo, y Garcés percibe la demora.
Elsa Quintana no precisa nada más de momento, pero las líneas de su rostro se endurecen repentinamente.
– Es un antiguo conocido -dice al fin, evasiva.
Luego inclina un poco la cabeza y le pregunta a Garcés por sus proyectos, de un modo en que resulta evidente su deseo de cambiar de conversación.
Ahora es él quien habla de su expedición al Sahara. Lo hace despacio y seguro de sí mismo, sonriendo ligeramente en las pausas, mirándola de refilón antes de proseguir. Le cuenta hasta qué punto se llega a perder la conciencia de lo permanente en el desierto, espacios de arena que el viento cambia cada día enterrando las huellas de un poblado o levantando dunas donde antes sólo había una explanada vacía. Le explica la forma en la que los guías beduinos señalan los recintos en los que excavar para buscar las bolsas de agua y los ríos subterráneos. Pasa de una descripción a otra como un halcón sobrevolando el cielo.
– En el Sahara -dice- nada es estable, sólo el viento decide el paisaje abrasándolo con sus numerosas lenguas o con una repentina tormenta de polvo rojo que puede durar más de cinco o seis horas, una cortina opaca que se alza desde el suelo hasta mil metros de altura, filtrándose incluso en las más pequeñas rendijas de las herramientas y los aparatos de observación, coagulando las bisagras, los cerrojos, dejándolos inservibles. Es como si la superficie del desierto, palmo a palmo, a través de millones de poros impulsara hacia arriba ráfagas circulares de arena en diminutos rizos cuya velocidad va aumentando hasta ocultar todo el espacio circundante. Otras veces adopta la forma de un remolino teñido de cobre que se desliza hacia el oeste, arrancando tiendas y amarras, sillas de montar, cacerolas, enseres de aldeas enteras, arrastrándolos durante kilómetros enroscados en una columna de fuego.
En ese momento se detiene y mira hacia atrás, creyendo ver una sombra entre las arcadas. Pero si alguien los sigue, lo hace concienzudamente, asegurándose de que ellos no lo adviertan. Continúan caminando del mismo modo que antes: ella, algo adelantada, y mirando el suelo.
– Así que eso es lo que haces… -susurra con una voz mínima en la que casi no se trasluce el deseo de captar los motivos que él pueda tener para vivir de ese modo.
– Sí, pero no lo digas como si fuera una adversidad. No huyo de nada.
– Todos nos ocultamos de algo. De una creencia, del miedo, de un error…
En el rumor espaciado de la conversación parpadea la llama temblorosa y emocionante de una amenaza que los cerca quizá por esa creencia, por ese miedo, por ese error. Las calles angostas, cada vez más desiertas, parecen trasmutadas en una de las inverosímiles noches de las novelas de capa y espada donde dos amigos podrían acuchillarse en duelo feroz por no haberse reconocido las caras. Esquinas borrosas, inesperados salientes, encrucijadas que se abren en la negrura como los mismos caminos de la vida. Como el amor que se vive sin certeza alguna. La forma en que llega a ocurrir no se sabe tampoco, ni el porqué. Un hombro redondeado que de pronto absorbe toda la luz y al ser observado aisladamente del resto del cuerpo, alberga por sí solo la conciencia del deseo, algo futuro e inalcanzable que no se puede poseer, como las colinas desmembradas que encuadran una dimensión única dentro del horizonte o la depresión del cuello, el lugar íntimo de donde procede la voz, cada uno de los sonidos que destruyen el anonimato. Hay un instante involuntario antes del enamoramiento en el que todos los sentidos se concentran en una dirección. La memoria, la intuición, el momento que atraviesa uno mismo, la propia inteligencia se tensa a la espera de algo. El amor se manifiesta con el espíritu del halcón.
Garcés se gira hacia ella, contempla las líneas de su perfil entre el cabello que le oscila sobre los hombros al caminar; el trazo limpio de la frente, la curva del cuello prolongándose hacia el escote. Se pregunta si algún hombre habría acariciado aquella piel alguna vez, sin prisa, demorándose en cada centímetro, del mismo modo en que él desea hacerlo. Es entonces, al levantar los ojos, cuando inesperadamente cambia el registro de la conversación, impulsado por una incontenible exaltación verbal, absuelto y locuaz, como si sólo ahora tuviera la ocasión y el derecho de decir en voz alta todo lo que hasta ese momento ha callado. Va despojándose de sí mismo; enumera para Elsa Quintana las palabras que jamás se hubiera atrevido a pronunciar si no fuera inminente su partida y si no temiera que pudiesen ocurrir hechos capaces de alterar sus vidas para siempre. Se siente amparado por la fatigada complicidad de la noche como si se hallase inmerso en un escenario intacto del que hubieran desertado hace ya tiempo los actores, dejando en el aire una intimidad acogedora donde encuentra eco el estremecimiento desnudo de sus sentidos. Elsa Quintana levanta la vista y ve los ojos de Garcés, repentinamente serios, clavados en ella, el pelo negro, la tez olivácea y aquella mirada… No fue nada, apenas un momento, un simple signo en el morse del entendimiento, pero tan intenso y perturbador que ella siente la necesidad de cubrirse los hombros con el chal y regresar cuanto antes al subterfugio de las palabras. El propio sigilo de la voz, honda y masculina, le hace olvidar por momentos la ciudad en la que se encuentra y las razones que la han llevado hasta allí, sin entender los hilos que otra vez de forma imprevisible va tejiendo la urdimbre del azar. Pero le gusta la sensación de estar ahora mismo recorriendo los barrios occidentales de Tánger al lado de este hombre: la calle lunar, el diminuto círculo rojo de la lumbre del cigarrillo que él mueve en la penumbra, las paredes sucias donde relampaguean sus sombras como un reflejo aguado… Se siente tan conmovida y halagada como perpleja. Prefiere no saber, renuncia a la potestad de la clarividencia que algunas personas tienen para entender lo que sucede en tiempo presente y que ella sólo alcanza a vislumbrar cuando ya son pasado. Le gustaría responder orgullosa a esa imagen enaltecida que el hombre se ha hecho de ella. En su interior pugnan con igual fuerza los propósitos de retraimiento y entrega, pero el combate íntimo concluye en ascética renuncia.