– Ni siquiera me conoces -dice con un punto de dureza en la voz que le da a la frase un tono de reprimenda-. No sabes nada sobre mí.
Junto a la verja del Hotel Excelsior, él reprime el impulso de tocar reverencialmente sus mejillas como si temiera profanarla, los pómulos, la comisura de los labios, comprendiendo que lo daría todo a cambio del olor tibio del cuerpo de ella cuando alza el brazo para recoger detrás de la oreja un mechón de pelo. Ve oscilar en sus pupilas la luz de una farola, la cabeza levemente inclinada contra las rejas, la boca silenciosa tan próxima ahora a su cara que puede percibir su tibieza. Entonces, sin apenas pensarlo, acerca los labios, entornando los ojos, despacio, estremeciéndose, sintiendo durante un instante la piel entregada de la mujer, cálida y acogedora, muy adentro; la firmeza del pecho que viene a apretarse tensamente contra el suyo de un modo grave, casi sacrificial, el fluir de toda aquella sangre que percibe desbordada bajo sus caricias con un rumor tan intenso como el del aguacero en la arena. Garcés se pregunta qué aspecto tendría ella en el invierno del Norte, asomada a una ventana con los brazos desnudos para recibir la lluvia de una tormenta. Se enamora de esa imagen. El escenario secreto de las vidas soñadas, la profundidad de campo mínima, su intimidad cerrada en el contacto del beso. Después, Elsa Quintana retrocede desconcertada como volviendo en sí, alargando la mano temblorosa hasta el portón de hierro, desviando el rostro hacia las sombras retintas del jardín. Se oye un murmullo de voces femeninas que se acerca, tacones repiqueteando en la escalera, un tintineo de pulseras. Garcés recompone su actitud, permanece un momento inmóvil, tratando de prolongar el singular ensueño, mirando la luna pequeña que trepa entre el ramaje de un sauce, buscando las palabras para despedirse:
– Me gustaría saber si podré encontrarte aquí a mi regreso -pregunta sin dejar de mirarla. Mirándola en realidad hasta deshacerla.
Pero los ojos de ella se han apartado ya, aumentando el espacio que los separa, la escalinata de mármol, la puerta giratoria del hotel, un código de aire en el que aprender a leer la escritura jeroglífica interior.
Demasiados sucesos, demasiadas emociones para una sola noche que, sin embargo, todavía reserva su mayor incógnita. Garcés se dirige ahora solo al puesto de guardia local donde le espera el chófer que le ha de conducir hasta el acuartelamiento de Tetuán. En ese instante la validez de su existencia se fundamenta en el supuesto de que ella pueda verlo todavía desde la ventana de su habitación, como efectivamente lo ve, bajando rítmicamente la calle a través de las sombras. Piensa en todo y en nada. La parte de sí mismo que se rebela hace que dé una patada a una piedra haciéndola rodar hasta el final de la cuesta.
Ya en la explanada del cuartel español, el patio de tierra permanece iluminado por las luces de los reflectores que se entrecruzan en giratorias intersecciones. A la izquierda, en el polígono de oficiales, se observa una inusitada actividad. Cuando Garcés entra en el pabellón se escuchan voces de alarma, alboroto de pasos, timbrazos, carreras, una voz enérgica grita en el teléfono desde el despacho de comandancia…
– ¿Qué pasa? -pregunta Garcés a un sargento que baja apresuradamente las escaleras con varios soldados.
– Se trata del coronel Morales. Se le disparó el arma cuando la estaba manipulando. Se ha matado.
XVI
Kerrigan tiene en sus manos el cable del consulado, una nota de uso interno del Foreign Office, redactada con el característico estilo rutinario de los informes biográficos sobre personalidades destacadas. Sus ojos van saltando con precipitación de una línea a otra:
Francisco Franco. General de División. Nacido en Ferrol el 14 de Diciembre de 1892. Sirvió con gran distinción en Marruecos, donde estuvo al mando de la Legión extranjera desde 1923 a 1926. Tuvo un papel destacado en la ocupación del sector de Ajdir, gracias al cual fue ascendido a general de brigada. Al crearse la Academia General Militar de Zaragoza en 1928, el general Primo de Rivera, le nombró su director. Cuando ésta fue clausurada por el primer gobierno republicano, el general Franco fue destinado a la XV Brigada de Infantería. En 1933 fue nombrado gobernador militar de las islas Baleares y en febrero del presente año comandante en jefe de las fuerzas de Marruecos. Pero en mayo, siendo Gil Robles ministro de la Guerra, le nombró Jefe del Estado Mayor Central. Oficial táctico y hábil, el general Franco es uno de los hombres más sobresalientes del Ejército español y ostenta casi en exclusiva el mérito, sin precedentes entre los altos oficiales, de ser ahora tan apreciado por los ministros republicanos como lo fue antes por los de la Monarquía. Está considerado un gran valor nacional. Actuó como asesor principal del ministro de la Guerra en la campaña militar de octubre de 1934 en Asturias. Pertenece a una familia de soldados distinguidos.
– Todo empieza a encajar -dice dirigiéndose a Elsa Quintana que lo está observando con una mirada reflexiva y un poco desconcertada-. Lástima que no podamos contar con Garcés.
– Creo que no le entiendo.
Está sentada en un taburete bajo junto a la mesa moruna con las piernas cruzadas. Tiene la espalda apoyada contra la pared, bajo la lámina que representa a una ninfa con los ojos vendados. Va vestida con pantalones y una camisa blanca remangada por encima de los codos y desabrochada en el cuello. Kerrigan puede ver el comienzo del escote en el vértice del triángulo entreabierto ascendiendo y descendiendo al ritmo de la respiración.
– Nos faltaba un líder y ya lo tenemos. Llevamos varias semanas detrás de esto -replica el periodista dando un trago largo al vaso de bourbon que sostiene en la mano derecha-, y cuando las cosas empiezan a aclararse, nuestro amigo se esfuma sin despedirse siquiera.
– De mí sí que se despidió -objeta ella, alzando los ojos. Lo dice sin presunción, con naturalidad, y Kerrigan puede adivinar un vago reflejo melancólico rozándole los labios-. Pero me gustaría que me explicara qué ocurre exactamente.
El corresponsal del London Times se inclina hacia adelante para ofrecerle fuego protegiendo la llama en el hueco de las manos, después se vuelve contra el respaldo de la silla y aplica la llama del mechero a la punta de su propio cigarrillo frunciendo los ojos como si le molestara el humo.
– Ocurre que su país está al borde de una guerra civil. Ocurre que el hombre que la ha estado extorsionando, el capitán Ramírez, es el intermediario entre los militares golpistas y la empresa alemana H &W para el suministro de armamento y que la operación evidentemente no es un simple negocio entre particulares, sino un acuerdo entre el Alto Estado Mayor nazi y los fascistas españoles. Ocurre que durante los últimos meses han llegado al puerto de Tánger más de doscientas toneladas de bombas, municiones y explosivos. Y ocurre finalmente que el gobierno de mi país no sólo está al tanto de todo, sino que incomprensiblemente acepta que la situación política en España derive hacia una dictadura.
Kerrigan alza los hombros y señala el cablegrama que está encima de la mesa.
– Todo son alabanzas a los méritos profesionales, al posibilismo y el protagonismo antirrevolucionario del joven general. Apostaría doble contra sencillo a que, llegado el caso, el gobierno británico cerraría los puertos de Gibraltar y Tánger a la flota de tropas republicanas en el Estrecho.