Выбрать главу

Elsa Quintana permanece inmóvil, los ojos quietos. No parece excesivamente sorprendida. Si experimenta alguna inquietud interior, se guarda de manifestarla. A Kerrigan le desconcierta esa especie de serenidad algo altiva por la que ella parece regirse en ocasiones.

– ¿Qué podemos hacer? -pregunta finalmente con voz resuelta.

– De momento será mejor que deje el hotel y se traslade a mi apartamento. Puede ocupar el cuarto de Ismail. Nadie la molestará aquí.

Ella se queda un momento pensativa mirando hacia la ventana, como si estuviera dándole vueltas a alguna idea.

– Gracias -dice al fin bajando la cabeza y acariciando la piedra roja del anillo que luce de nuevo sobre su dedo anular-. Gracias, de verdad -repite, ahora en voz muy baja y suave-. Aunque creo que, después de todo, esta sortija no merecía tantos esfuerzos.

Kerrigan desde su posición la mira con curiosidad y su boca adopta una momentánea expresión jovial que transforma su rostro. Es una sonrisa dulce e incluso soñadora. Hubiera querido conocer uno por uno todos los lugares e instantes de la vida de Elsa Quintana, no sólo los momentos dramáticos que ella había accedido finalmente a relatarle, al verse descubierta, cuando la encontró llorando y encogida junto al terraplén que limita el barrio de Sidi Bu Knadel, un montículo de basura hedionda por donde deambulan los perros y los mendigos y los traficantes. Kerrigan había acudido a aquel lugar siguiendo los pasos de Ramírez, pero cuando llegó sólo la encontró a ella, aunque al principio casi no la reconoció, así, tan demacrada, con el rostro descompuesto, el pelo desmadejado y un brillo sucio de lágrimas bajo los párpados pintados. Tal vez fue necesario ese momento de fealdad para que su desconfianza se relajara. La belleza intacta es como el éxito, no deja lugar para la comprensión humana. Las luces de la ciudad aún no se habían encendido y las únicas que se veían eran las de las pequeñas hogueras al pie de las chozas donde se hacinaban los indigentes. A Kerrigan le pareció milagroso que las llamas desguarnecidas en medio de aquel secarral rodeado de maleza no llegaran a provocar un incendio. Observó a la mujer en la penumbra durante unos minutos y esperó a que sus sollozos se fueran espaciando antes de ofrecerle un pañuelo. Escuchó su relato sin interrumpirla, creyéndola esta vez, a pesar de que la forma en la que ella hablaba le parecía en algunos momentos exaltada e incongruente. De la naturaleza humana había aprendido que la mentira nunca se expresa en términos tan crudos y contestables. Sólo la incoherencia es patrimonio de la verdad. El modo en que describió la muerte de los dos falangistas, por ejemplo, le recordó a Kerrigan la versión de uno de esos crímenes que se cometen en sueños. Su huida, la extrañeza de llegar a Tánger y dejar transcurrir los días como a la espera de una desgracia imaginada hasta que efectivamente ésta se hace real y se convierte en la voz que amenaza y extorsiona, en la mano acusadora, en los ojos fríos que exigen, chantajean, coaccionan, acechan. La voz, la mano, los ojos del capitán Ramírez. Elsa Quintana hablaba para sí misma, impúdicamente, como si no necesitara ser creída, sin importarle ya lo que él pudiera pensar o decir. Y en efecto, él no pensó nada, no dijo nada, sólo miró al descampado, la puerta de la carpa donde una muchacha amamantaba a un niño enrojecido por el llanto, el aire que empezaba a mecerse en el crepúsculo centelleando entre los restos de latas esparcidas sobre la dureza de la tierra. Después le ofreció su brazo para salir de allí.

Kerrigan la observa de refilón. Se fija en el gesto casi masculino con el que ella aplasta el cigarrillo contra el cenicero que hay sobre la mesa moruna, el pómulo en punta alzado obstinadamente junto al cuello de la camisa. Es una mujer fuerte, piensa, puede tener algún momento de debilidad, pero por dentro debe de estar templada a acero. Si no, no hubiera podido soportar sola toda la presión a la que se ha visto sometida, ni tendría esa mirada desafiante que a veces le asoma a los ojos, ni apagaría los cigarrillos de ese modo.

La apreciación que el periodista hace para sus adentros, le lleva de nuevo al tema principal. Los constantes viajes del capitán Ramírez a la capital del protectorado español, sus negocios particulares con Wilmer, los contactos de éste con la cúpula del partido nazi para la puesta en marcha de la operación de suministros, todo eso era algo que se había ido desvelando poco a poco, como el desarrollo de una trama cuyo ensayo general, según todos los indicios, tendría lugar en España. Pero su representación definitiva quizá estuviese aguardando un escenario más amplio. Eso, al menos, es lo que opina Kerrigan. Sus pensamientos le hacen regresar siempre al mismo lugar, al territorio sangriento en el que la historia salda implacablemente sus cuentas, como la fría mañana de febrero de 1916 cuando los cañones alemanes abrieron fuego sin previo aviso sobre las posiciones francesas en torno al frente de Verdún, del mismo modo que los ejércitos medievales se lanzaron siempre sobre ciudades fortificadas y aldeas y campos de cultivo en los que, si se excavaba bajo los surcos dejados por los tanques, se encontrarían hachas de obsidiana o cuchillos de sílex y restos arqueológicos de otras contiendas que empezaron mucho tiempo atrás, en la medianoche de la horda cuando los hombres aún a cuatro patas comían raíces y se devoraban unos a otros, aullando de pavor bajo la luna. Nada es nuevo y todo se perpetúa, aunque parezca haber cambiado a un ritmo vertiginoso, porque siempre hay un momento en que se despierta otra vez la gran hidra de la locura colectiva, la civilización sucumbe y los países se estremecen dentro de sus fronteras. Tiempos de cólera y fuego. Se llenan los estadios donde el Führer congrega a sus adeptos. Por las calles desfilan bárbaros escuadrones que expurgan museos y bibliotecas y cualquier vendedor de artilugios eléctricos como Wilmer acaba adscrito a un importante organismo, trastocando su maletín de viajante por la espada de Sigfrido.

El corresponsal del London Times piensa que la forma en que las vidas individuales se ven afectadas por los derroteros de una época es siempre una cuestión fatigosa de entender. De qué manera el conflicto de intereses entre Wilmer y Ramírez y sus posibles desavenencias por el porcentaje de beneficios en las operaciones de la empresa H &W habían acabado por atañer directamente a Elsa Quintana e indirectamente a él mismo era algo con lo que no había contado al principio de la investigación. Pero ahí estaba ella sentada frente a él, con la cabeza ladeada y las manos sobre el regazo en actitud de espera. Kerrigan la mira, tratando de imaginar el caudal de pensamientos ocultos que ensombrecen su frente. Era la misma mujer de la que había recelado desde el instante en que Alonso Garcés había mencionado su nombre por primera vez en el Café de París y, después, en todas las ocasiones en que la había admirado a distancia, la misma sugestión, los mismos ojos. Sin embargo, su tez había adquirido en todo ese tiempo una tonalidad tostada igual que la tierra de aquel país, que la hacía parecer más fatigada y menos joven, pero con la consistencia corpórea del barro que se solidifica al envejecer. Ahora todos los terrores y miedos nocturnos y decepciones que se alzan en ella, con causas antiguas o recientes, se evidencian en su rostro, en su manera de respirar moviendo la cabeza confusamente entre los tajos de luz de las cortinas.

Kerrigan se pasa la mano por las sienes, como si lo acabaran de despertar. Dobla cuidadosamente el cablegrama y lo introduce en el interior de un cartapacio junto a otros documentos.

– ¿Sabe que el coronel Morales murió más o menos a la misma hora en que ustedes salían del teatro? ¿Le dijo Garcés algo relacionado con este asunto? ¿Si tenía una cita con él o si sospechaba algo?

– No. Solamente habló de la expedición y… bueno, de cosas personales.

– Entiendo -replica Kerrigan acariciándose el mentón-. Es extraño que decidiera asistir a la representación la noche antes de su partida y no hubiera intentado ponerse en contacto conmigo.