– Tal vez lo intentó y no pudo hacerlo o quizá necesitaba distraerse.
– ¿Distraerse? -Kerrigan esboza una sonrisa asombrada.
– Todos tenemos momentos en que necesitamos una tregua, alejarnos de las preocupaciones y dar prioridad a nuestros propios asuntos. ¿O usted nunca lo hace?
– No. Supongo que no.
Durante un momento el rostro del periodista permanece oculto por la pantalla de la lámpara y Elsa Quintana no alcanza a ver su expresión.
– ¿Cree que corre peligro? -pregunta ella poniéndose repentinamente en pie. Su tono es grave y bajo, los ojos atravesados por un reflejo de alarma.
Kerrigan había visto muchas veces ese mismo fondo de preocupación en la mirada de otra mujer. Sólo que entonces era él el objeto de la inquietud.
– El mismo peligro que usted o yo -responde con una chispa de melancolía desalentada y solitaria brillando en el fondo de sus pupilas-. Pero no se preocupe, es joven y sabe defenderse. Si la inminencia de su partida se debe, como parece, a una táctica de los implicados para alejarlo, es probable que hayan incorporado a la expedición a alguien que vigile de cerca sus movimientos, un infiltrado. Por otra parte, la muerte del coronel Morales sólo puede significar que los conspiradores empiezan a impacientarse. Así que lo más urgente ahora es encontrar el modo de alertar al gobierno de Madrid de lo que se avecina.
– No será fácil encontrar un contacto de fiar aquí -comenta Elsa Quintana dejándose caer sobre la esquina del sofá en la que están amontonados los cojines-. ¿Cómo piensa hacerlo?
– No lo sé.
Kerrigan la espía subrepticiamente preguntándose por qué hasta el más torpe de los movimientos de ella posee esa especie de gracia descuidada. Luego con brusquedad se da la vuelta, irritado consigo mismo por la constante injerencia de estas observaciones involuntarias que lo distraen de la conversación y hace un esfuerzo por volver al hilo del tema que les ocupa.
– Desde luego no podemos contar con el consulado británico -dice aclarándose la voz-. Tengo la impresión de que se está gestando una operación de más alcance que las realizadas hasta ahora. No sería descabellado pensar que traten de recurrir a la aviación para pasar a la Península, ya que todo parece indicar que, haga lo que haga el cuerpo de oficiales, la flota española permanecerá leal a la República. Y eso supondría la implicación no sólo de empresas particulares o de la Ausland organisation nazi como hasta ahora, sino del propio Ministerio de Asuntos Exteriores alemán.
– Usted es inglés. Ni su periódico ni su país quieren inmiscuirse en este asunto. ¿Por qué hace todo esto?
Los ojos de ella están ahora fijos sobre él en una especie de meditación. Kerrigan se sube las mangas de la camisa. El tono dulce de la mujer, su voz rápida, lo coge desprevenido. Busca algo, cualquier cosa que aleje de su mente esa impresión. Mira la hora en la esfera de su reloj.
– Las cinco y diez -dice con el cigarrillo en la mano, brillando la brasa.
Después, da una última calada reteniendo el humo antes de exhalarlo. La edad le había enseñado a qué clase de preguntas debía contestar y a cuáles era preferible no responder.
XVII
Arriba la claridad es intensa. Cada grano de arena refleja un fragmento de luz distinto, más oscuro.en el lomo de las ondulaciones y muy pálido en las estrías convexas. El viento mueve continuamente la superficie, separando las partículas pesadas de las ligeras, alterando de forma casi imperceptible la tonalidad del paisaje: oro filtrado de vetas plateadas, tostado con pigmentos de rosa pálido o azafrán, blanco envuelto en un matiz gris anaranjado que se extiende como una neblina, borrando la línea del horizonte… Casi se puede oír el sonido del deslizamiento de una capa sobre otra, su zumbido vibrante. Un camino que duerme. La hondonada en la que se asienta el campamento está en una balumba rodeada de pequeñas dunas con forma de hoz. Garcés abre una de las bolsas y saca un cable negro, lo alza y lo enrosca alrededor del poste de una tienda extendiéndolo después. La antena del receptor de radio queda colgando a metro y medio del suelo. Cae la tarde, sin aspereza, sin producir ningún desgarramiento en el aire. El sol, unas carpas con la lona mimetizada por el polvo, las dunas, la planicie, y el Sahara a ciegas, antiquísimo, envuelto en su austeridad. Garcés, aislado del resto del grupo, revisa la enrevesada caligrafía del diario de la expedición de Cervera y Quiroga en 1886 por el territorio de Adran Temar; los croquis sobre la formación del terreno y su composición; los mapas llenos de anotaciones y señales al margen sobre los enclaves más valiosos remarcados por una trama de líneas inclinadas. Ahora tenían que internarse por ese terreno para restablecer el contacto con las tribus que se habían mostrado más proclives al protectorado español, aunque debían hacerlo subrepticiamente ya que la zona pertenecía a Francia desde el tratado de 1912 sobre límites fronterizos de las colonias.
Hacía días que habían dejado atrás la hamada del Dra, al pie de las últimas estribaciones del Djebel Quarkziz. «Aferrarse al tiempo», le había dicho una vez Kerrigan, mientras saboreaba un bourbon en su apartamento de la rue des Chrétiens con vistas a la medina. «El tiempo», piensa Garcés con la mirada perdida en la pared de arena que tiene delante. Se había aferrado a él durante las siete semanas de expedición. En el desierto el tiempo se convierte en una dimensión vacía sólo enmarcada por el afilado azul del cielo. Pero a última hora se pueden tomar prestados unos cuantos metros de ese espacio de miles de kilómetros cuadrados y encontrar intimidad en el reducido radio de un campamento. Así se siente él, un explorador de mente racional durante el día, un lobo enfermo por la noche. En torno las seis de la tarde empiezan a crecerle los colmillos. Si subes, estás explorando. Si desciendes, vas de regreso al punto de partida. A Garcés le parece que han transcurrido años desde el amanecer en que cargaron el equipo en los vehículos, equipados con grandes neumáticos especialmente adaptados para la arena: los mapas, las herramientas, los bidones de agua, las cajas de provisiones con arroz, harina, dátiles, conservas, té y café. Un día extraño para iniciar un viaje, después de una noche más extraña todavía, repleta de emociones y sucesos inexplicables. Recuerda que mientras se disponían a abandonar el cuartel tras haber comprobado el circuito de los carburantes, comenzaba en torno a la capilla el ajetreo para preparar el sepelio del coronel Morales. Al arrancar oyó lejano el primer canto de los muecines que cortaba el aire con el misterio de la fe. No era un hombre creyente, pero su anhelo de vida interior, bien de carácter espiritual o geográfico, era una constante a la que nunca había podido resistirse. Se sentía inquieto, aunque con una inquietud diferente a la que había experimentado al principio de otras expediciones y ese estado de ánimo había marcado cada uno de los días de la travesía.
Durante todo el tiempo su retina había conservado nítidamente, como recién impresa, la imagen de Elsa Quintana en el teatro y después en las calles, su intimidad cercenada por la oscuridad. Ella era lo desconocido, el mundo inexplorado, la tierra ignota, sin cartografiar. Si hubiera sido un paisaje podría haber dibujado su perfil, cada gesto de énfasis en sus facciones, cada movimiento y cada quietud, hasta haber descubierto un rasgo revelador. En el mapa de la mente humana, a menudo lo que marca la ruta es la memoria. Pero en el caso de algunos temperamentos vehementes, el recuerdo se rebela ante los espacios en blanco e inventa cuanto ignora. Es la impaciencia de saber. Por eso Garcés convierte el lugar que ella ocupa en un reino tan extenso como el cosmos e igualmente capaz de expandirse. El amor que irrumpe así en el pensamiento se revela por un olor, una palabra, una idea, derritiendo la realidad como la lluvia va derritiendo la piedra caliza, y nos guía con su magnetismo hacia el tiempo que desconocemos. Garcés, presa de esta clase de ensoñación, imagina a Elsa Quintana, su piel desnuda bajo aquella luz ofreciéndose con una lentitud sacrificial, nunca de frente, tan imprecisa como cuando la vio por primera vez. Igualmente irreal, apareciendo y desapareciendo en un laberinto de arena, cálida y móvil. Imagina que se vuelve loco y la persigue entre vastas llanuras que el viento cambia y deshace, desorientándolo y llenándolo de inquietud como en las antiguas leyendas. Imagina todo eso y mucho más. Se pregunta qué aspecto tendría cuando todavía era una niña mientras regresaba andando del colegio haciendo tal vez equilibrios sobre el bordillo de la acera. Casi puede adivinar la manera en la que el aire de una determinada mañana invade sus pulmones mientras ella desliza sus dedos pasajeros sobre la superficie de una mesa o coloca la fruta en un cuenco o saborea una tostada de leche condensada en el desayuno. La saliva ascendiendo, brotando en su boca. ¿Cuál sería el punto exacto de dulzor que segregarían sus papilas gustativas? Siente su aliento en el cuello como cuando bailaron juntos y sueña que la despoja del vestido atrayéndola hacia él y que ella lo deja hacer. La sensación es profundamente física y onírica al mismo tiempo, una especie de vibración interior que tal vez tiene algo que ver con la mujer y con el misterio que la envuelve, pero sobre todo tiene que ver con él mismo, con esa fascinación que hace que ciertos hombres deambulen por paisajes ardientes e inciertos, poblados de espejismos, buscando quién sabe qué. Garcés no piensa. La respiración de ella ocupa todo el espacio de su pensamiento y de su percepción sensorial igual que un contador Geiger amplifica el débil resuello de una roca de miles de años de edad. Un pálpito endeble a través de la pared de la matriz.