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Deja de fantasear. Desde dentro de sí mismo mira, se concentra en el color de las dunas a esta hora, cuando ya ha declinado el sol. Percibe la sequedad del aire en la mano que se pasa por las sienes, entre el cuero cabelludo con restos ásperos de arena, una mata densa. Inclina la cabeza y tira de la piel hacia la nuca con las yemas de los dedos arrugadas como si las hubiera mantenido durante mucho tiempo en agua. El agua de una gota que cae de la cantimplora sobre el mapa que tiene en el regazo y se expande como una mancha transparente, llena de nombres. Una voz amortiguada pregunta algo desde el interior de la tienda, alguien busca entre los fardos mientras el foco de una linterna agujerea durante un momento la lona de la carpa con un círculo amarillo. A continuación los miembros de la expedición se van agrupando en torno a la hoguera y Garcés enciende una lámpara de aceite utilizando de mecha un diminuto ovillo de cuerda muy apretado. Uno de los ayudantes rastrilla unas brasas de la hoguera hasta formar un lecho candente y deja caer encima la masa de harina moldeada, le da la vuelta y luego excava un agujero para enterrarla y cubrirla con arena. Todos observan cómo las burbujas se abren paso a través de la capa exterior de ceniza a medida que la torta se va cociendo. El olor del pan recién hecho tiene que ver con la satisfacción derivada de la dificultad. El regocijo de los estómagos saciados es como el placer que proviene de la abstinencia. Garcés esboza una sonrisa al recordar una de las irrespetuosas bromas de Kerrigan: «Te crees una especie de Lawrence del Sahara -decía- viviendo de meados de camello y arena asada».

Uno a uno, por turnos, van mojando pedazos de ese pan en un cuenco con mantequilla derretida. Primero el teniente Domingo Bellver, después, Arranz, Díaz, Rivera, los guías Umbarak y Bin Kabina e Ismail -a quien Kerrigan había finalmente autorizado para que los acompañase- y, por último, Garcés. Las palabras de la conversación se convierten en aliento blanco por el descenso de la temperatura. Todos se han puesto ropa de abrigo y permanecen alrededor del fuego. Arriba van apareciendo de dos en dos, de tres en tres, en racimos, como copos helados, las estrellas. Garcés huele la lana de la manta a la altura del hombro y se acuerda de cuando era un niño y de noche apoyaba la cara contra el cristal frío de la ventana. Entonces se creía capaz de percibir la atracción entre las estrellas y la tierra, una dependencia metálica de conceptos que aún no entendía: magnetismo, órbitas. Se imaginaba las estrellas perdiéndose y acercándose demasiado a la tierra, atraídas con fuerza hacia el suelo.

Lo que experimenta en el desierto es una profunda ternura personal, un sentimiento de fraternidad con esa tierra y el doloroso deseo, por vano que sepa que es, de proteger su singular limpieza. Aquí los vínculos con cualquier otro mundo son tan frágiles como el tintineo de la cafetera ennegrecida por el fuego o una vaga añoranza fortalecida por los espejismos que rielan a través de la desnudez del paisaje. Muchas veces ha conversado con los otros miembros del equipo sobre cómo la geografía y la ciencia podían utilizarse contra las peligrosas elucubraciones de la política. Por difícil que parezca en un mundo tan proclive a las adhesiones, en el desierto uno acaba sacudiéndose de encima tanto su nacionalidad como su extranjería, porque cada ser humano es un recién llegado. El cansancio, la despiadada oscuridad, cada una de las dificultades del trayecto, todo hace surgir entre los hombres una camaradería especial, derivada tal vez de su insignificancia: escarabajos afanándose a través de la arena.

En una ocasión, en la sala de conferencias de la Sociedad Geográfica de Madrid, Garcés había asistido a la exposición del geólogo canadiense Debenham, sobre sales y fosfatos. Le había conmovido la descripción que aquel viejo profesor de la Universidad de Toronto había hecho sobre la unión iónica de los recintos de sodio que bordeaban la tierra reseca en el lecho de los antiguos lagos salados: minerales teñidos por la costra vieja del mar. Había mostrado restos de piedras con nódulos gabroides y pigmentos de feldespato y olivina. También había hablado de cómo funcionaban los corazones de los hombres unidos por el azar en los lugares vacíos de la tierra, o demasiado bellos e inabarcables y sobrecogedores. Y afirmó su convicción de que la ciencia debería usarse como un instrumento de la paz.

Bin Kabina, de pie, alarga la mano hacia la cafetera y vierte el café en los recipientes que los demás van acercando. Cada vez saluda con una inclinación al hacerlo. Los ocho permanecen apiñados en torno al círculo del fuego, como un grupo homogéneo. Sin embargo quizá no todos profesen las mismas convicciones a pesar de haber compartido el pan ácimo incrustado de arena. Tal vez uno entre todos permanece al acecho, emboscado en un deseo larvado de querer devorar el espacio y aprisionarlo, dispuesto a todo.

Garcés es consciente de cómo afectaron al desierto los cambios habidos en el mundo después de la Gran Guerra. Radios, aeroplanos y vehículos militares habían dado a los gobiernos por primera vez la capacidad de penetración más agresiva de toda la historia. Se introdujo el tráfico de armas modernas en las tradicionales rutas caravaneras en espera del momento oportuno para convertir también ese territorio en escenario de su ambición. Tuaregs, nómadas, pastores de ganado, altos, de bellos rostros arrogantes y largos cabellos de un color dorado, teñidos con la orina de los camellos, se convirtieron en mensajeros de la muerte al servicio de las naciones.

Después del café, Ismail y los dos guías beduinos se levantan y se dirigen a una de las tiendas, bromeando en su idioma. Sus risas se van apagando poco a poco amortiguadas por la noche y el sonido más próximo de la radio. En un momento se produce una ligera variación en la longitud de onda, y Garcés tiene que mover el dial del receptor para volver a sintonizar la emisora española, sin conseguirlo. Desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero, las noticias eran cada vez más confusas y alarmantes. Las caras de los cinco miembros españoles de la expedición acusan la interrupción con una expresión diferente: banal, preocupada, irritada, desafiante o perpleja. Garcés observa atentamente los ojos de sus compañeros donde chispean las llamas según el rumbo que toman los pensamientos guiados por las inquietudes de cada cual. Ahora una melodía muy tenue se mezcla con el crepitar de la hoguera, elevándose hacia el cielo que tiene una tersura de acuario.