No en vano, Lily también se avergonzaba de sí misma.
Aunque la prostitución fuera, en el fondo, un trabajo como otro cualquiera. Un trabajo que, como todos, generalmente no se le elegía.
Sin embargo, su capacidad de comprensión no aliviaba el dolor que sentía. Sabía que hasta el día de su muerte estaría condenada a sufrir de nostalgia, a llorar lo que había perdido, a vivir sola.
Al llegar al final del camino, detuvo el vehículo.
– Ya hemos llegado. Espera. Te ayudaré a salir.
– Puedo hacerlo solo.
– Muy bien.
Lily salió del vehículo y Víctor la miró, pero no dijo nada.
Era un chico muy obstinado. No obstante, la mujer sintió una profunda admiración por su actitud. Aun herido y asustado se mantenía en sus trece.
Había conocido a otras personas como él, a las que también había ayudado. Chicos solos, hombres solos. Y comprendía su comportamiento.
Entraron en la casa por la puerta de atrás. Lily encendió la luz de la cocina. Entonces vio que tenía una gran mancha de sangre en el muslo izquierdo.
– Siéntate aquí -dijo, asustada-. Voy a buscar unas vendas.
– Me prometió que no llamaría a nadie…
– Lo sé. No te preocupes -lo miró-. Vuelvo enseguida.
Minutos más tarde regresó con un poco de alcohol, vendas y una toalla de baño. Llenó un bol con agua templada y mojó la toalla.
– Tendrás que quitarte los pantalones. No podré curarte la herida si no lo haces.
El chico se ruborizó.
– Señora, no pienso quitarme los pantalones.
Lily hizo un esfuerzo por no sonreír. Su rubor no encajaba en la imagen de chico duro que pretendía dar.
– Te aseguro que he visto a muchos hombres sin pantalones. No tienes nada que temer de una vieja como yo. Toma la toalla. Puedes taparte con ella si te sientes mejor.
Santos la tomó y Lily se dio la vuelta, sonriendo.
– Ya está.
El chico había regresado a la silla, y se había cubierto con la toalla.
– Voy a meter tus vaqueros en la lavadora. No te vayas. Minutos más tarde, regresó a la cocina.
– No me mires así, Te prometo que te devolveré los pantalones.
Se arrodilló ante él y empezó a lavar su herida. Por suerte, no era demasiado profunda.
– Puede que esto te duela un poco.
– Desde luego que duele…
– Tengo un amigo que es médico, aunque se ha retirado, y…
– No.
– Vive cerca de aquí. Aceptará curarte si digo que eres mi sobrino. Compartimos muchos secretos. De hecho, le confiaría mi vida.
– Pero no será su vida la que confíe.
– Puede que tengas heridas internas. Podrías haber sufrido una conmoción, y es posible que necesites unos puntos.
– No necesito que me cosan la herida. Además, prometió que no llamaría a nadie.
– Lo sé, y siento haberlo dicho. Pero preferiría romper mi promesa a dejar que murieras -declaró-. Eres demasiado joven para morir.
– ¿Qué está diciendo? -preguntó, asustado.
– Tutéame. Me llamo Lily Pierron. Pero durante los próximos minutos, llámame tía Lily.
– No me quedaré lo suficiente como para que pueda llamar a alguien.
Víctor intentó levantarse, pero la pierna le dolía tanto que tuvo que sentarse de nuevo. Poco tiempo después, sonó el timbre de la puerta. Había llegado el médico.
– No abras, por favor… Lily.
– Lo siento. No puedo hacer otra cosa. Pero te aseguro que después lo agradecerás.
– Ya. Ambos sabemos lo que valen tus promesas.
Lily hizo caso omiso de su ironía.
– Tengo que saber cómo te llamas.
– Vete al infierno.
– Debes decírmelo. Si queremos que el médico crea que eres mi sobrino tendré que llamarte por tu nombre. Y sinceramente, «Vete al infierno» no me parece un nombre muy bonito.
– Todd -mintió, sin mirarla a los ojos-. Todd Smith.
– Muy bien -asintió-. Vuelvo enseguida, Todd Smith. Y espero que seas tan inteligente como para seguir aquí.
Capítulo 16
En cuanto salió de la cocina, Santos se levantó. Pero de inmediato supo que no podría huir a ninguna parte. No sólo estaba herido, sino que no llevaba pantalones.
– Maldita sea -dijo.
No tenía otro remedio que confiar en ella o marcharse corriendo con una toalla de baño a la cintura. Intentó tranquilizarse un poco y volvió a sentarse de nuevo, pero su corazón latía a toda velocidad. Cerró los ojos. Estaba seguro de que en cualquier momento aparecería la policía para devolverlo a Nueva Orleans.
Y sin embargo, a pesar de todos sus temores, supo que Lily no iba a denunciarlo. Había algo en ella que lo empujaba a confiar. Algo en sus cálidos ojos.
En cualquier caso, estaba atrapado.
Un segundo más tarde apareció su «tía» Lily, acompañada por un hombre de cierta edad. No había mentido. El hombre no llevaba más arma que un maletín de médico.
Siguió el juego y se hizo pasar por su sobrino, aunque de todas formas el médico no hizo pregunta alguna que no fuera profesional.
Veinte minutos más tarde, supo que viviría.
– Tienes unos cuantos arañazos y por la mañana te dolerá todo el cuerpo, pero has tenido suerte.
Recomendó a Lily que lo vigilara durante seis horas, que lo despertara cada dos si se dormía y que lo llamara de inmediato si surgía alguna complicación. Acto seguido se marchó. Lily lo acompañó a la puerta. Obviamente debía ser cierto que aquel hombre compartía muchos secretos con su benefactora.
Poco después, Lily regresó a la cocina,
– ¿Prefieres dormir en el sofá o en una de las habitaciones de arriba?
– En el sofá.
– Muy bien. Si necesitas que te ayude a caminar, o a…
– No, puedo hacerlo yo solo.
– Claro.
Sin más palabras, se alejó de él. Al cabo de un rato Víctor la siguió. La encontró en la biblioteca, esperando.
– Si esperas que me disculpe, pierdes el tiempo -frunció el ceño.
– ¿He pedido alguna disculpa? -preguntó ella-. A fin de cuentas, soy yo quien te las debo. En fin, espero que el sofá sea cómodo.
– Si ya habías decidido que dormiría aquí, ¿por qué lo has preguntado?
– No había planeado tal cosa. Simplemente sabía que preferirías el sofá. De todas formas, te di la oportunidad de elegir.
– ¿De verdad? -preguntó-. ¿Y cómo podías saberlo?
– Porque está más cerca de la salida, claro está.
Había acertado de lleno, y eso lo irritó.
– ¿Qué hay con respecto al anciano? ¿Es tu novio o algo así?
Lily hizo caso omiso de sus preguntas.
– Smith… Un apellido bastante común, ¿no es cierto?
– ¿Es que no me crees?
– Yo no he dicho eso.
– No es necesario que lo digas -observó, mientras contemplaba la habitación-. Es un poco barroca, ¿no?
– Sirve para el propósito que quería. Si tienes frío puedo darte otra manta. Vendré a verte cada dos horas, de modo que no te asustes si entro.
Santos decidió aplicar una estrategia que había aprendido viviendo con tantas familias de «alquiler». Quiso irritarla para que lo dejara en paz.
– ¿Vives sola, Lily? -preguntó con sarcasmo.
– Sí, Todd, vivo sola.
Aquello lo confundió. Esperaba que mintiera. Esperaba ver miedo en sus ojos, o desconfianza. Pero no fue así. Había contestado con sinceridad, y su actitud hizo que se sintiera culpable.
– ¿Por qué quieres saberlo? ¿Es que vas a asesinarme mientras duermo? ¿O a robarme?
– Eso no lo podrás saber.
Lily rió, entre divertida y desesperada.
– No me importa el dinero, Todd, así que no me molestaría que me robaras. Y en cuanto a asesinarme.., bueno, de todas formas no tengo ninguna razón para vivir.