Los minutos pasaron, y poco a poco consiguió tranquilizarse y entrar en calor. Entonces recordó aquella imagen dorada y todo su miedo desapareció, reemplazado por una absoluta calma, por una absoluta claridad. Ahora sabía lo que tenía que hacer. Había encontrado la solución.
Su madre le daría el dinero que necesitaba. Aunque viviera en el pecado, su dinero le pertenecía. Era su legado, su herencia. Se tragaría su orgullo y se lo pediría.
Se levantó y caminó hacia el teléfono. A lo largo de los años se las había arreglado para seguir la pista de su madre. Sabía que se había mudado a la ciudad cinco años atrás, acompañada por un joven. Vivían en una casa del barrio francés.
Sin pensárselo dos veces, marcó el número de teléfono. Su madre contestó casi de inmediato. Hope se las arregló para engañarla con un tono de falsa desesperación. Hizo todo tipo de promesas vagas. Dijo que se verían de nuevo cuando hubiera resuelto aquel asunto y hasta prometió que le devolvería el dinero.
Tal y como esperaba, su madre accedió. Aunque dijo que tardaría cierto tiempo en poder conseguir los quinientos mil dólares. Tendría que venderlo todo salvo la casa de River Road, y aun así apenas le quedaría dinero para poder sobrevivir.
Hope sonrió y colgó el teléfono. El martes, el joven que vivía con su madre llevaría parte del dinero al hotel. Lily le había prometido que mantendría el asunto en secreto. El hotel se salvaría y también su posición social. Philip le estaría eternamente agradecido, y por si fuera poco le debería un favor.
Hope echó hacia atrás la cabeza y rió. Una vez más, había vencido a la oscuridad.
Capítulo 23
Santos entró en el vestíbulo del hotel Saint Charles. Miró a su alrededor, convencido de encontrarse en uno de los lugares más bellos que había contemplado en toda su vida. Su belleza poco tenía que ver con la belleza de la mansión de Lily, ni con la belleza algo destartalada del barrio francés. El hotel poseía una elegancia muy digna. La madera brillaba, los objetos de metal brillaban, y los empleados hablaban en un tono casi reverencial. Se respiraba el dinero, y la distinción.
Avanzó por el vestíbulo sin dejar de mirar a las personas que se movían a su alrededor. Los clientes y empleados brillaban casi tanto como las ventanas y las puertas, y vestían de forma inmaculada. De inmediato pensó que él no pertenecía a aquel lugar. Sólo era un joven de ascendencia hispana, el hijo de una prostituta del barrio francés que sólo había conseguido terminar los estudios secundarios, y por si fuera poco en un instituto público. El portero se había dirigido a él en la entrada con una desconfianza bastante evidente. Se preguntó si la gente lo respetaría más cuando fuera policía y supuso que la contestación sería negativa. Pero, de todas formas, poco le importaba aquel mundo formal, irreal, de gentes demasiado elegantes, llenas de prejuicios y miedos.
Cuando llegó a los ascensores, llamó a uno sin dejar de pensar en Lily. Ella pertenecía más a aquel lugar que él. Aunque por las cosas que había contado, el tipo de hombres que visitaba aquel hotel era del tipo de hombres que había visitado su casa en el pasado.
Se preguntó qué relación mantendría con la señora Saint Germaine. Frunció el ceño y se llevó la mano al bolsillo donde guardaba el paquete que tenía que entregarle, en mano. Según Lily, ninguna de las «chicas» que había trabajado para ella había llegado demasiado lejos. Alguna había conseguido una posición social más o menos cómoda, pero nada más.
La curiosidad lo carcomía. Se había atrevido a preguntar a Lily por la misteriosa mujer a la que tenía que entregar el sobre, pero se había limitado a responder que se trataba de cierta correspondencia personal para cierta amiga del pasado.
Sin embargo, la había notado muy nerviosa. No dejaba de frotarse las manos, entre agitada y alegre. Cuando le comentó que la encontraba muy extraña, se limitó a decir que eran imaginaciones suyas. Pero Santos sabía que ocurría algo.
En cuanto llegó el ascensor, se dispuso a entrar. Pulsó el botón del tercer piso y las puertas empezaron a cerrarse.
– ¡Espera! ¡No dejes que se cierren!
Santos impidió que las puertas se cerraran. Un segundo más tarde entró una chica de pelo oscuro, que sonrió al verlo.
– Gracias. Los ascensores son tan viejos que habría tardado años en conseguir otro.
Santos le devolvió la sonrisa. Era la chica más bonita que había visto nunca. Y a juzgar por su uniforme de colegio, demasiado joven para él.
– ¿A qué piso vas?
– Al sexto -contestó, observándolo con interés-. Odio esperar, ¿y tú?
– Eso depende.
– ¿De qué?
– De lo que esté esperando.
– Ah, así que eres uno de esos.
Santos arqueó una ceja.
– ¿A qué te refieres?
– Una de esas personas que piensa que las mejores cosas de la vida merecen la espera.
– ¿Y tú no lo crees así?
– No. ¿Quién quiere esperar? Cuando veo algo que quiero, lo tomo.
Santos rió. Ahora sabía qué clase de chica era. Mimada y muy creída, como las chicas que había visto en el instituto Vacherie. De todas formas, lo intrigaba.
– Una forma muy «inmediata» de vivir.
– Y te parece mal…
– No he dicho eso.
– No es necesario que lo digas. ¿Cómo te llamas?
– Santos -contestó.
– Santos… Un nombre original.
– Para alguien original.
La joven abrió la boca para decir algo, pero las puertas del ascensor se abrieron en aquel instante.
– Este es mi piso -dijo él.
Víctor salió, y se alejaba cuando la chica volvió a hablar.
– Me llamo Glory.
– Glory -repitió-. Un nombre bastante original.
– Sí, bueno, eso es porque soy una chica original -sonrió-. Ya nos veremos, Santos.
Cuando las puertas se cerraron, Santos sonrió para sus adentros. Fuera quien fuese, era bastante coqueta. Seguramente llevaba de cabeza a sus padres, y seguramente se divertía con ello. Las chicas como Glory siempre buscaban lo mismo en él. Una aventura. Una manera como otra cualquiera de desafiar sus estrictas normas sociales. Lo utilizaban y él las utilizaba a su vez. Todo el mundo era feliz.
En cualquier caso, en su mundo no había sitio para chicas como ella.
Sacó el sobre que llevaba en el bolsillo y miró el número de la habitación. Cuando la encontró, entró sin llamar. Una secretaria se encontraba trabajando junto a la puerta, escribiendo a máquina.
– ¿Puedo ayudarlo? -preguntó la mujer con frialdad.
– Vengo a ver a Hope Saint Germaine.
– ¿Está citado?
– Sí. Tengo que entregarle un sobre.
– Veré si puedo dárselo.
– Lo siento, pero debo entregarlo en mano. Si no está, esperaré.
– ¿Cómo se llama? -preguntó, irritada.
– Víctor Santos.
– Espere un momento.
La mujer desapareció por una de las dos puertas que daban a la oficina y reapareció unos minutos más tarde.
– Puede entrar.
Santos asintió y la siguió a la habitación en la que había entrado. Era una sala enorme y muy bien decorada, con un balcón que daba a la avenida Saint Charles. Una mujer se encontraba de pie, de espaldas a él. Cuando la secretaria salió, la mujer se dio la vuelta.
La primera reacción de Santos fue de abierto desagrado. No le gustó nada que lo mirara como si acabara de salir de algún agujero inmundo. Cuando avanzó hacia él, pensó que aun siendo una mujer atractiva había algo extremadamente frío en ella. Era tan altiva que casi daba en el techo.
– ¿Hope Saint Germaine?- preguntó.
– En efecto. Y creo que tiene algo para mí.
Santos le dio el sobre, que la mujer recogió con asco, como si creyera que podía contaminarla.
– Tengo entendido que usted también tiene algo que darme a mí -dijo él, ofendido por su actitud.