Santos pareció leer sus pensamientos. La tomó del brazo y la obligó, cariñosamente, a mirarlo.
– No tiene nada que ver con ella. Es algo sobre nosotros, sobre lo que sentimos el uno por el otro.
Liz hizo un esfuerzo para no llorar, para no humillarse aún más.
– Bueno, supongo que no puedes ser más claro de lo que eres.
– Lo siento, Liz. Me gustaría que pudiéramos seguir siendo amigos…
– No digas eso, por favor. Te quiero tanto que querría estar siempre a tu lado y… Duele más de lo que puedo soportar.
– Liz, lo siento tanto…
– Ya te has disculpado, Santos. Pero si realmente lo sintieras no te habrías acostado con ella, en primer lugar. No lo habrías hecho de haber sido cierto todo lo que dijiste sobre Glory y sobre tus sentimientos. Pero eran mentiras, ¿no es verdad? Todo lo que me dijiste era mentira.
– No -negó con la cabeza-. No te he mentido nunca.
– No. Hiciste algo más peligroso. Te mentiste a ti mismo. No quiero volver a hablar contigo. No quiero volver a verte. Y te aseguro que no os perdonaré a ninguno de los dos por lo que habéis hecho. En toda mi vida.
Capítulo 53
En los últimos días de su vida, Lily había cambiado su testamento. Por irónico que fuera había dejado la casa de River Road a Glory y todo lo demás a Santos. Y el anuncio oficial supuso un verdadero golpe para el detective. No pensaba que mereciera la casa, ni le preocupaba en modo alguno lo que valiera. Pero la amaba.
Había sido su hogar.
Santos miró al albacea sin poder creer lo que había oído.
La casa de River Road se había convertido en la mansión de Glory, y ya no podría volver nunca a su hogar.
Hasta entonces no se había dado cuenta de lo importante que era aquella casa en su vida.
Miró a Glory. Al parecer ella también estaba sorprendida. Al sentir su mirada lo observó como disculpándose.
Lo último que necesitaba Santos era la simpatía o la lástima de aquella mujer. Ya se sentía suficientemente mal después de haberle demostrado que la deseaba, después de haber hecho el amor con ella.
Por desgracia, desde el día en que se acostaron juntos la deseaba aún más. El simple hecho de verla se había convertido en una verdadera tortura. Y no podía hacer nada. Glory Saint Germaine era territorio prohibido.
Veinte minutos más tarde salieron del pomposo despacho del albacea y se dirigieron a los ascensores. Santos la miró y dijo:
– Felicidades.
– Gracias. Yo… Lo siento. No tenía idea de que planeara… No lo esperaba.
– Olvídalo -dijo, en el preciso momento en que se abría el ascensor-. No sé qué habría hecho con la mansión si me la hubiera dejado.
– Podrías haberla vendido.
– No, jamás. De todas formas, no podría mantenerla con mi sueldo de policía. Es mejor que la tengas tú.
Glory tocó su brazo con suavidad, pero Santos se apartó.
– Sé que amas esa casa. Sé que la querías.
– ¿Ahora te dedicas a leer las mentes de los demás?
– No es necesario. El día que estuvimos en River Road pude ver la expresión de tus ojos. Y he observado tu gesto cuando supiste que Lily me la había dejado en herencia.
– Tú también la quieres -se encogió de hombros-. Qué más da.
Una vez abajo, cruzaron el vestíbulo en dirección a la Salida.
– Me preguntaba una cosa -dijo Glory.
– ¿Qué?
– Doce años atrás mi madre necesitó un préstamo familiar para pagar las deudas del hotel, Al menos fue lo que dijo entonces. Lo supe cuando me hice cargo del Saint Charles. Era una suma bastante importante. No pregunté nada porque entonces creía que su familia existía, y que era muy rica.
– Lily era su única familia.
– Exacto. Entonces, ¿de dónde sacó el dinero?
– ¿Cuánto era, exactamente? -frunció el ceño.
– No lo sé, tendría que revisar la contabilidad. Pero creo que varios cientos de miles de dólares. Cuatrocientos… No, quinientos mil.
– ¿Cuándo fue? ¿Lo recuerdas?
– Hace diez años, casi once. El año en que… El año en que murió mi padre.
1984. El año en que se habían conocido. El año en que descubrió que Lily era la madre de Hope. El año en que, repentinamente, Lily empezó a tener problemas económicos.
Él no se había ocupado nunca de los asuntos económicos de Lily, y no había hecho preguntas al respecto. No era asunto suyo, ni le importaba en modo alguno su hipotética riqueza.
Sin embargo, ya entonces le había parecido extraño que empezara a tener problemas cuando siempre había vivido de forma más que desahogada. No se había preocupado nunca por el dinero, y estaba acostumbrada a comprarse todo lo que le apeteciera.
Pero las cosas habían cambiado de forma súbita. Lily empezó a controlar los gastos, dejó de donar fuertes sumas a organizaciones de solidaridad, dejó de permitirse caprichos y hasta dejó de ir al cine.
Las piezas encajaban. Lily habría hecho cualquier cosa por su hija, incluso empeñarse hasta las cejas. Ahora comprendía qué significaban aquellos sobres que entregaba a Hope Saint Germaine. Tras la traición de Glory lo había olvidado por completo. Eran cheques. Pero aún no sabía qué le entregaba Hope a cambio.
– ¿Qué sucede, Santos?
Santos parpadeó. Se había olvidado de todo lo demás.
– Oh, estaba pensando -sonrió, ausente-. Estoy cansado. Ha sido una mañana muy larga.
El detective abrió una de las enormes puertas de cristal y la mantuvo así para permitir que Glory saliera. Había empezado a lloviznar, y se subió el cuello de la chaqueta.
– ¿Dónde has aparcado el coche?
– Un poco más arriba.
– El mío está aquí mismo. ¿Quieres que te lleve?
Glory dudó, pero negó con la cabeza.
– No, gracias, no está tan lejos.
– Si estás tan segura… tengo que marcharme.
– Estoy segura.
Santos se alejó, pero apenas había dado unos pasos cuando oyó que lo llamaba.
– ¿De dónde crees que sacó mi madre ese dinero? -preguntó Glory.
Santos aún no estaba seguro. Lo sospechaba, pero a pesar de todo se encogió de hombros y disimuló. No quería decir nada, al menos de momento.
– No lo sé, Glory. Tal vez deberías preguntárselo a ella.
Capítulo 54
Hope miró a Víctor Santos con disgusto. Lo recorrió lentamente con la mirada y sonrió con frialdad, sin tomarse la molestia de ocultar lo que sentía.
– ¿Qué puedo hacer por usted, detective? Tengo entendido que ha venido en calidad de policía.
Santos levantó una ceja, divertido.
– ¿Le ha dicho eso el ama de llaves? No sé de dónde habrá sacado tal idea. Lo siento, pero esta visita es estrictamente personal.
Hope reforzó su aire de superioridad divertida y señaló la puerta con un gesto.
– Entonces, le ruego que se marche.
– No creo que quiera que me vaya -entró en el vestíbulo y miró a su alrededor sin disimular la curiosidad-. Es una cabaña muy acogedora.
Seguía hablando con sarcasmo, sin tomársela en serio. Hope cerró fuertemente los puños, furiosa por tener que soportar su compañía por el hecho de que fuera agente de policía. Si no lo fuera, no lo habría recibido.
– No tengo nada que decirle.
– Eso lo veremos -la miró a los ojos-. Tengo algo que creo que puede interesarle.
– Dudo que me interese nada que usted tenga que decir -se cruzó de brazos, sintiendo curiosidad a pesar de sí misma-. Pero si insiste en seguir con este ridículo jueguecito, le concederé un minuto.
– Insisto -sonrió Santos-. ¿Se ha enterado de que su madre ha muerto?
– Por supuesto -dijo con un tono que no dejaba duda de lo poco que le importaba.