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– ¡Fuera de aquí! -dijo tapándose, a pesar de que un momento atrás estaban los dos desnudos.

– A diferencia tuya y de tu madre, el dinero no significa nada para mí. Le he dicho que le perdonaré la deuda si reconoce públicamente a Lily. Ese es el trato que le he ofrecido.

Glory lo miró con incredulidad, atónita. No podía dar crédito a sus oídos.

– No querrás decir que vas a olvidarte de…

– Eso es exactamente lo que quiero decir -rió con amargura-. No me importan nada el dinero, ni el hotel, ni nada que pudiera sacar de esto. No me gustó la forma en que tu madre trató a Lily. Le hizo mucho daño. Y estoy dispuesto a obligarla a resarcirla por lo que hizo, aunque vaya a costarme medio millón de dólares.

Se volvió y empezó a alejarse. Glory lo miró, con el corazón en un puño. Le tendió la mano.

– Lo siento.

Santos se detuvo, pero no se volvió.

– ¿Qué es lo que sientes?

– Te he juzgado mal. Estaba enfadada, y dolida porque no hubieras confiado en mí. Me ha hecho daño que no me dijeras antes lo que habías averiguado.

– ¿Debería decírtelo, Glory? -se volvió para mirarla-. ¿Debería confiar en ti?

Ella levantó la cabeza.

– Sí.

– ¿Es que tú confías en mí? ¿Crees en mí? -negó con la cabeza cuando ella abrió la boca, probablemente para contestar que sí-. No creo. Ni siquiera tengo la impresión de que hayas creído en mí realmente. Si hubieras creído en mí… -se tragó las palabras-. Olvídalo.

– ¿Cómo puedo demostrarte que te equivocas? -dio un paso hacia él-. Quiero demostrártelo.

Santos la miró sin pestañear.

– No creo que puedas, Glory. Probablemente es demasiado tarde para eso.

Se le formó un nudo en la garganta. Hizo un esfuerzo para tragárselo. Ya no era una adolescente de dieciséis años; era una mujer. Y sabía lo que quería. Quería a Santos. Quería ser su amante. Quería mantener una relación con él.

Lo quería todo. Más de lo que nunca tendría con él.

– Me gustaría volver a verte. Me gustaría volver a… estar contigo. Así -se acercó a él y respiró profundamente, más asustada de lo que había estado en mucho tiempo-. ¿Es eso posible, Santos?

– Depende.

– ¿De qué?

– De ti. De lo que estés dispuesta a aceptar de mí. De Cuánto sea suficiente -inclinó la cabeza y capturó su boca en un breve beso-. Lo que yo siento no va a cambiar. Hasta la próxima, princesa.

Capítulo 56

Hope bajó por el débilmente iluminado pasillo. El rancio olor de la decadencia le revolvía el estómago. Contuvo la respiración, pero el hedor seguía asfixiándola, y se dio cuenta, horrorizada, de que era su propio olor el que corrompía el aire.

Cerró fuertemente los ojos, con la cabeza llena de la imagen de sí misma y el hombre retorciéndose en la cama, enredándose como dos serpientes. Se había entregado al placer profano de sus manos y su boca, y después había blandido el látigo, para castigarlo por sus pecados.

Pero la bestia seguía pidiendo más. Un gemido de terror escapó de sus labios, y se llevó la mano a la boca para contener el siguiente. Últimamente quería siempre más, por mucho que cediera a su poder.

Por culpa de Santos.

En lo alto, la luz se filtraba entre las contraventanas cerradas. Se envolvió fuertemente en el echarpe. Estaba convencida de que triunfaría el bien. No podía ser de otra forma.

Si no era así, estaría perdida.

Se acercó a la luz. Unos pasos más y estaría fuera de aquel lugar abandonado de Dios, y tal vez la bestia se aplacaría. contó los pasos hasta que llegó a la puerta y salió apresuradamente.

El aire fresco le aclaró la cabeza, aunque no podía dejar de temblar. Respiró profundamente y corrió a su coche, con la esperanza de que nadie la viera. No había sido capaz de esperar a que llegara la noche a esconderla. La bestia no quería esperar, ni siquiera una hora más.

Llegó al coche y se metió dentro. Sólo entonces se permitió un momento de calma. Tal y como esperaba, la luz del sol había vencido sobre la oscuridad, y su cabeza había recuperado el silencio. Se aferró fuertemente al volante y apoyó la cabeza en las manos. Cerró los ojos.

Los días y semanas que habían transcurrido desde que Víctor Santos apareciera en su puerta para amenazarla habían sido una pesadilla. Después de hablar con su abogado había hecho lo que le pidió el policía, siguiendo cada una de sus instrucciones al pie de la letra, aunque era algo que la ponía enferma. A ojos de todo el mundo había desempeñado el papel de pobre víctima, de hija amantísima que, para salvar su vida, había huido de una madre a la que adoraba.

De forma sorprendente, sus amigos y conocidos, ya fueran de negocios o personales, habían estado a su lado, aunque sabía las habladurías que se habrían extendido como la pólvora por la alta sociedad de Nueva Orleans. Delante de ella aplaudían su valor. Delante de ella la comprendían, y afirmaban compartir sus sentimientos.

Pero vio las miradas que intercambiaban cuando creía que ella no los veía; vio el horror y la repugnancia en sus ojos. Toda su vida había cambiado. Hasta el padre Rapier la miraba con otros ojos.

Estaba convencida de que todo el mundo la despreciaba por ser descendiente de una casta de rameras, y que la consideraban marcada por el pecado.

El autodominio del que se enorgullecía en el pasado, en el que siempre había confiado, la abandonaba cada vez más a menudo.

Abrió los ojos. La luz del sol la cegó, pero acogió el dolor de buen grado. Se miró la palma de la mano derecha, enrojecida y magullada por el látigo. Deseaba haber oído el dolor de Víctor Santos rompiéndole los tímpanos. Deseaba haberlo castigado a él. El odio que le profesaba no tenía límite. Ardía en su interior con tanta intensidad que le quemaba la piel.

Santos estaba convencido de que había ganado. Creía que la había vencido. Podía oír su diversión, su risa de victoria. Glory y él se veían. Su hija no la había apoyado en la humillación. Glory no entendía, no veía. La bestia debajo de la bella fachada. Como siempre había ocurrido, consideraba su misión enseñarle la verdad, salvarla.

Se estremeció cuando un escalofrío recorrió su columna. Haría pagar a Víctor Santos. Tenía amigos, gente que la ayudaría a cambio de un precio. Gente que siempre la había ayudado.

Haría que Víctor Santos se arrepintiera de haberse atrevido a acorralar a Hope Saint Germaine.

LIBRO 7

PARAISO

Capítulo 57

Nueva Orleans, Luisiana 1996

Chop Robichaux era una atracción del barrio francés, aunque los turistas no lo veían nunca una nota de colorido local, aunque sus conciudadanos desconocían su existencia. Excepto si formaban parte de los bajos fondos de la ciudad. Excepto si sus preferencias sexuales podían considerarse entre extravagantes y enfermizas. En tal caso conocían a Chop, que tenía fama de hombre de negocios que caía siempre de pie y que podía proporcionar cualquier perversión a cambio de un precio.

Tenía información sobre el asesino de Blancanieves.

Santos colgó el auricular del teléfono y apretó los labios. Chop le había dicho que, si le interesaba capturar al asesino, debería acudir inmediatamente a su club de la calle Bour- Santos se frotó un lado de la nariz con los dedos. No confiaba en Chop Robichaux. Lo despreciaba profundamente. Pero si alguien del bario podía tener información sobre la persona que se dedicaba a asesinar prostitutas, sería él. A fin de cuentas, la prostitución era su valor de cambio.

– ¿Quién era?

Se volvió para mirar a Glory, que estaba tumbada desnuda en la cama, a medio cubrir por la sábana. Sonrió y se estiró. Era tan bella que le cortaba la respiración. Y hacer el amor con ella era algo indescriptible. Cualquier palabra palidecería ante lo que le hacía sentir. Habían pasado las dos últimas semanas en medio de una nube de frenesí sexual.