Se puso en pie y se pasó las manos por la falda, nerviosa. El hecho de que Hope Saint Germaine y Chop Robichaux estuvieran hablando podría ser una coincidencia que no tuviera nada que ver con Santos. Probablemente era así. Pero al menos así limpiaría su conciencia.
Respiró profundamente y caminó hacia la mesa. Los dos hombres la miraron. Apretó las manos fuertemente.
– Hola, Santos.
– Hola.
Parecía estar sufriendo. Liz se dio cuenta de que se sentía culpable por haberle hecho daño. No lo había hecho a propósito. El dolor de sus ojos era verdadero.
– Si quieres que me vaya -dijo Santos en voz muy baja.
– No, es que… -respiró profundamente-. Tengo que hablar con vosotros -miró a Jackson-. Con los dos. ¿Puedo sentarme?
Los dos asintieron. Liz tomó asiento y, sin más preámbulos, les contó lo que sabía. Unos minutos después, Jackson se echó hacia atrás en la silla y silbó.
– Vaya, vaya.
Santos sacudió la cabeza, anonadado.
– Me convencí de que no podía estar implicada. A pesar de que el instinto me decía lo contrario, a pesar de que todo la apuntaba a ella una y otra vez, a pesar de que recordaba el veneno que había en su voz y en sus ojos la última vez que la vi. Pero pensé que era una tontería. Me dije que no era posible.
– Pero ¿Chop Robichaux? No se puede caer mucho más bajo que él, así que ¿cómo…?
– ¿Cómo se pondría en contacto con él? -Santos se echó hacia delante-. No se pueden abrir las páginas amarillas y buscar sacos de estiércol.
– Y Robichaux no lo arriesgaría todo por cualquiera.
– Lo haría por la cantidad de dinero adecuada. Lo conozco bien. Haría cualquier cosa por dinero.
– Pero ¿cuánto podría tener que pagar por hacer algo así? No me parece que le haya salido muy rentable. ¿Qué piensas tú? ¿Adónde nos lleva esto?
– Necesitamos pruebas, algo que demuestre la relación que hay entre ellos. Tenemos que averiguar qué había en ese sobre.
Liz se quedó mirándolos y escuchando. Tenía la impresión de que sobraba, como una niña a la que no hubieran invitado a jugar. Ya no formaba parte del equipo. Ya no la necesitaban ni contaban con ella.
Se esforzó por no llorar. Se aclaró la garganta y se puso en pie.
– Bueno, os dejo que habléis. Sólo quería…
Dejó de hablar, haciendo un esfuerzo para no ponerse en ridículo echándose a llorar.
Santos también se levantó.
– No sé cómo darte las gracias, Liz. No sé qué habría hecho si…
– Olvídalo -se volvió a pasar las manos por la falda-. De verdad.
– No quiero olvidarlo. Estoy en deuda contigo. No sabes el favor que me has hecho.
Liz se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
– No, Santos. No te he hecho ningún favor. No lo he hecho porque te haya perdonado. No lo hecho porque te ame -se aclaró la garganta-. Lo he hecho porque era mi deber. Porque eres un buen policía, y porque no podría haber vivido conmigo misma si te lo hubiera ocultado.
Santos tomó su mano y la apretó con cariño.
– Sean cuales sean tus motivos, muchas gracias. Acabas de salvarme la vida.
Capítulo 63
– Bueno, señor Michaels -dijo Glory, cerrando la puerta de su despacho y dirigiéndose a los sofás-. ¿Qué opina?
El hombre sonrió, caminó hasta un sofá y tomó asiento.
– Tutéeme, por favor.
Glory se sentó delante de él.
– Sólo si tú haces lo mismo.
– De acuerdo -volvió a sonreír-. Es una propiedad preciosa. La tienes muy bien cuidada.
– Gracias -se puso las manos en el regazo-. Me encanta el Saint Charles. Ha pertenecido a mi familia durante mucho tiempo. De hecho, para mí es como un pariente.
Dudó, incómoda por lo que estaba haciendo. En parte tenía la impresión de que el mero hecho de hablar con un inversor como Jonathan Michaels constituía una traición hacia su padre, pero por otro lado sabía que los tiempos cambiaban, y que el Saint Charles y ella tenían que adaptarse a los cambios.
– Estoy segura -continuó, mirándolo de nuevo- que eso es una tontería para un hombre de negocios pragmático como tú.
– Desde luego que no -se apoyó las manos en las rodillas y se inclinó hacia ella-. Cuando mi agente se puso en contacto contigo no pensé que tuviéramos ninguna posibilidad. A fin de cuentas, ya lo habíamos intentado antes. ¿Cómo es que ahora te interesa vender?
– No me interesa vender -corrigió rápidamente-. Pero, como le he explicado a tu empleado, estoy considerando la posibilidad de aceptar un socio.
El hombre inclinó la cabeza con una sonrisa.
– Perdona. No he elegido el término más adecuado. Dijiste que tu participación sería del veinte por ciento, ¿no?
– Exactamente. Eso no es negociable. También me interesa bastante vuestro servicio de gestión. Tenéis muy buena reputación, aunque estoy segura de que ya lo sabes.
El hombre sonrió, indicando que así era.
– Puedo preguntarte por qué has decidido tener un socio en este momento?
– Por motivos ajenos a mi voluntad, el hotel es mucho menos rentable que antes.
– La situación.
– Sí, ése es el motivo principal. Otro motivo es la proliferación de hoteles nuevos en la ciudad -respiró profundamente-. Si no puedo conseguir que suba el número de huéspedes acabaré por ser incapaz de mantener el hotel.
– Podrías bajar el precio de las habitaciones.
– Ya lo he hecho. Lo he bajado mucho a lo largo de los años. Pero sigue sin venir mucha gente. Lo primero que se va a resentir es el servicio que ofrecemos, y no quiero que eso ocurra.
– Lo entiendo perfectamente. En mi opinión, sería una tragedia. Quedan muy pocos lugares como éste -observó su expresión, sin pasar por alto un solo detalle-. ¿Son ésos tus únicos motivos?
– No -se puso en pie para mirar por la ventana-. Como sabrás, la gerencia de un hotel es una ocupación que consume mucho tiempo.
– Sí, más que una jornada de trabajo normal.
– Exactamente. Y hay otra cosa a la que me apetece dedicarme. Otra propiedad, mucho más pequeña, con un enorme potencial de crecimiento.
El agente arqueó una ceja.
– A juzgar por tu mirada, esa propiedad es algo especial.
Glory sonrió.
– Mucho. Pero me va a llevar mucho tiempo. Y necesito un capital considerable para sacarla a flote.
– Hay alguna posibilidad de que te apetezca tener un socio en esa empresa?
Glory volvió a reír. Le caía bien aquel hombre.
– No te sentirías muy cómodo, créeme. Pero me lo tomo tan en serio como el Saint Charles. También es una propiedad familiar. Por parte de madre -caminó hacia la mesa y se apoyó en ella-. Ya hemos hablado de mí y de los motivos por los que quiero un socio. ¿Qué hay de ti? Sé que has llevado a cabo una investigación. No habrías llegado tan lejos en el negocio si no te informaras bien sobre tus inversiones. Sabiendo lo que sabes de este hotel, ¿cómo es que te interesa adquirir la mayor parte del capital?
– Muy sencillo. Porque el Saint Charles es una joya. Porque es el complemento perfecto para mis demás hoteles. Y porque creo que esta zona de Nueva Orleans se pondrá de moda dentro de unos años. También estoy convencido de que, si pueden elegir, los visitantes más exigentes preferirán un antiguo hotel del centro antes que un hotel moderno de las afueras. Lo más importante es la publicidad. Hay que correr la voz de que este hotel es muy especial. Lo incluiremos en el circuito de los viajes organizados, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. Mi empresa de gestión tiene mucho éxito con los mayoristas europeos. Ya verás como dentro de seis meses lo tienes ocupado al noventa por ciento.
Glory se esforzó por ocultar su alegría. El hotel no había estado nunca tan ocupado, ni siquiera en vida de su padre.
– ¿No crees que apuntas demasiado alto?