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Caminó hacia su escritorio y cerró los ojos un instante. Tal vez fuera una idiota, pero después de lo que había leído sobre Hope Saint Germaine no podía evitar sentir lástima por Glory.

Comprendía que tuviera miedo de aquella mujer.

– También he venido para darte las gracias por lo que hiciste por Santos.

La simple mención de aquel nombre bastó para poner tensa a Liz.

– No lo hice por él -espetó, irritada-. Ni lo hice para que pudierais vivir felices el resto de vuestras vidas.

– No dejé nunca de amarlo, Liz. Nunca.

La vehemencia de Glory la sorprendió. Había una emoción verdaderamente profunda en sus palabras. Una emoción que no podía pertenecer a una niña rica, mimada y egoísta. Entonces recordó el pasado y pensó en dos jovencitas que reían y jugaban juntas en el colegio. Recordó que una de ellas había conocido a un chico y que decía que estaba destinada a él.

Tal vez tuviera razón.

Liz apartó la mirada y miró el reloj para disimular su tristeza.

– Si eso es todo, tengo que volver al trabajo.

– Gracias por haberme escuchado, Liz. Gracias. Sé que estás muy ocupada. Yo misma encontraré la salida.

Liz la observó mientras se marchaba. Esta vez desaparecería de su vida para siempre.

Pero no podía permitir que se marchara sin decir toda la verdad.

– ¡Glory!

Glory se detuvo y la miró.

– Aquel día en el colegio yo también cometí un tremendo error. Tu madre me dijo que intercedería ante la hermana Marguerite si le contaba todo sobre vosotros -declaró-. Intenté justificarme pensando que ya sabía que erais amantes, pero en el fondo sabía que no era así. Tenía miedo, Glory. Yo también tenía miedo de tu madre, miedo de perder mi beca, de enfrentarme a mi padre.

– Entonces sólo tenías dieciséis años. Las jovencitas se asustan con facilidad.

– Y las que no somos tan jovencitas -sonrió Liz, mirándola-. Pero eso es agua pasada, Glory. Y creo que debemos olvidarlo.

Capítulo 70

John Francis Bourgeois, el chico de la droguería, fue arrestado y acusado por los asesinatos de las ocho jóvenes. Las pruebas contra él eran contundentes. Tanto las marcas de las manzanas como la prueba del ADN lo demostraban. Y por si fuera poco los análisis de sangre, las huellas dactilares y las diversas fibras y pelos encontrados hablaban en su contra.

Tina había testificado que John Bourgeois no era el hombre que recogió a su amiga Billie poco antes de que la mataran. Pero añadió que lo había visto pocos minutos antes. Tina no lo había considerado importante, pero John sí. Tuvo miedo de que intentara recordarlo y empezó a seguirla, esperando el momento adecuado para matarla, hasta que por fin llegó.

Santos estaba sentado en el sofá de su salón. Había acertado en todo. Se trataba de alguien conocido por las prostitutas de la zona, de alguien en quien confiaban, de alguien que quería «salvarlas».

Pero había fallado en una cosa. John Thomas Bourgeois tenía veintidós años. Por tanto, sólo tenía cinco cuando mataron a su madre.

Respiró profundamente. Había fracasado. No había descubierto al asesino de Lucía. No había vengado su asesinato.

Y nunca lo haría.

Se levantó, se detuvo en la ventana y miró hacia la tranquila calle. Acababa de amanecer y todo el mundo dormía, pero él no podía hacerlo. Acarició el cristal, caliente por la luz del sol. Recordó el momento en que encontró a Tina, una semana atrás, cuando se abrazó a él sollozando, agradecida.

No había conseguido salvar a su madre de aquel cruel asesino, pero al menos había logrado salvar a Tina. Y al detener a John Francis Bourgeois había salvado la vida de muchas otras mujeres.

Tenía muchas razones para sentirse bien.

Como en un final digno de un cuento de hadas, Tina había prometido abandonar la dura vida de la calle. Iba a marcharse a algún sitio donde no la conocieran para intentar empezar de nuevo. Santos le había prestado dinero, y Tina le había asegurado que se lo devolvería. De todas formas no le importaba si lo hacía o no. Sería el dinero mejor gastado de toda su vida. Muchos años más tarde había conseguido cumplir la promesa que había hecho a aquella chiquilla en el colegio abandonado.

Se apartó de la ventana y pensó en su madre, en su vida y en su muerte, en el amor que siempre le había profesado. Había llegado el momento de dejar en paz el pasado, tal y como Tina había dicho. Debía superar su dolor, su sentimiento de culpa. Debía sobreponerse a la asfixia que sufría para encarar la existencia y enfrentarse a ella sin demasiado equipaje.

Había llegado el momento de marcharse.

Santos sonrió. Y acto seguido estalló en una carcajada. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien. También él le estaba agradecido a la vida; por estar allí, por haber conocido el amor. Por Glory.

Siempre había tenido razón al decir que no había creído en ella. En realidad deseaba que le demostrara que sus sentimientos eran sinceros porque no creía en sí mismo, porque no creía merecer su cariño. Incluso después de la muerte de su padre fue a ella no tanto para reclamar su amor como para exigirle una prueba de éste.

Una vez más, rió. Hope había odiado a Lily tanto como Lily se odiaba a sí misma, algo que Santos no comprendía.

Lily era una buena mujer, encantadora, maravillosa y digna de ser amada.

Sin embargo, él había hecho lo mismo. Se había negado a admitir que era digno de ser amado, digno del amor de Glory.

Ahora lo sabía.

El pasado ya no existía, y por primera vez se sentía libre.

Amaba a Glory. Merecía su amor y podía hacerla feliz. De hecho, la haría feliz.

Sólo tenía que ir a buscarla. Y esta vez, no exigiría ninguna prueba.

Capítulo 71

En las semanas transcurridas desde el suicidio de Hope y el posterior escándalo, Glory había encajado todas las piezas de la vida oculta de su madre. Resultó algo terriblemente doloroso, pero a pesar de todo quería conocer la verdad e intentar comprenderla. Sabía que sólo podría seguir viviendo si pasaba para siempre aquella página.

Glory había visitado a un psicólogo para que la ayudara a comprender el comportamiento de su madre. Hope había sido una enferma, una esquizofrénica. El especialista comentó que de estar viva no habrían tenido que enviarla a una cárcel, sino internarla en una institución adecuada.

Glory deseaba en el fondo de su corazón que hubieran podido ayudarla, pero sabía de sobra que Hope no habría resistido el escándalo. De todas formas, había decidido por su cuenta.

Sus propios sentimientos resultaban mucho más difíciles de asumir. Se sentía furiosa, traicionada, sola, confusa, impotente, como si la hubieran cortado en pedazos. En el corto espacio de veinticuatro horas su vida había cambiado por completo. Su madre, y la vida que había llevado, habían sido una terrible e inmensa mentira.

Ni siquiera sabía quién era ella misma.

De manera que había regresado a la casa de River Road para encontrarse con sus raíces y recomponer de algún modo su existencia.

Después de varias semanas creía haberlo logrado.

Glory dejó la pequeña pala sobre la tierra húmeda y oscura. El sol de junio calentaba su espalda, y su cuerpo estaba empapado de sudor. Le encantaba todo aquello. Le gustaba el calor, la humedad, incluso el sudor.

En poco tiempo tendría que regresar a la ciudad, al despacho con aire acondicionado del hotel. Sonrió e introdujo la planta en el agujero que había hecho, antes de cubrirlo. Había hablado varias veces con Jonathan Michaels desde su primer encuentro, y los abogados se estaban encargando de solucionar los detalles del acuerdo.

Había tomado la decisión más acertada. Además, necesitaba bastante dinero para restaurar la mansión de las Pierron. Tenía que rehabilitar el lugar para hacer tres suites lujosas para invitados y una más que utilizaría como lugar de residencia. Por otra parte, no tendría más remedio que contratar a un ama de llaves, un encargado, varios guías turísticos y otras tantas personas para la limpieza.