Los dedos de Conner se apretaron en torno a los de ella, pidiendo silencio. Ella oyó el sonido de voces a la deriva por el velo de niebla y mil mariposas revolotearon en su estómago. La boca se le secó. Conner nunca vaciló, caminaba por las ramas como si fueran una acera, yendo de árbol en árbol. Dos veces hizo un ruido de resoplidos como si advirtiera a alguna criatura más grande de su presencia, pero gran parte del tiempo, los sonidos que hacía estaban en algún lugar entre un extraño ronroneo y unos gruñidos bajos y retumbantes. En vez de amenazar, las notas eran tranquilizadoras.
Ella empezó a ser consciente de las criaturas del dosel. Donde antes los animales habían estado frenéticos, escapando del fuego y gritándose advertencias los unos a los otros, ahora estaban mucho más tranquilos, como ella. Era la voz de Conner, esa hermosa, tranquilizadora y calmante voz. No tenía sentido. Debería haber estado aterrorizada. Estaba a unos treinta metros del suelo de la selva, rodeada por humo y una niebla tan espesa que era casi imposible ver la mano delante de la cara, colocando con cuidado los pies en ramas resbaladizas. En algún lugar de abajo, hombres con armas les estaban cazando y ella estaba con el hombre que había roto su mundo en pedazos y lo había dejado en ruinas.
Los pájaros se asentaban en los árboles en torno a ellos en vez de volar con temor. Los monos solamente les miraban con curiosidad, pero el frenético parloteo había descendido a algo normal. La lluvia caía de forma constante y la vida parecía volver a la normalidad rápidamente. Miró al hombre que la guiaba con tal confianza por la carretera retorcida de ramas. Era Conner. La pura fuerza de su personalidad extendía calma no sólo a ella, sino a los animales.
Ella le siguió, tratando de averiguar cómo frenar su reacción a él. ¿Cómo bloqueaba uno su voz, su carisma, su puro magnetismo? Era el tipo de hombre que destacaba en una multitud. ¿Cómo se suponía que iba a enfriar su sangre y calmar su pulso después de compartir un incendio descontrolado con él? Cada vez que él la miraba estaba allí otra vez, esa respuesta salvaje y apasionada que no podía evitar.
Debería haberlo sabido. Ella no era la clase de mujer que un hombre como él desearía. Su mirada era demasiado concentrada, demasiado absoluta, haciéndola sentir como si fuera la única mujer en su mundo. Como si él nunca pudiera ver a nadie excepto a ella. Era el animal en él. El leopardo. Acechando a la presa. Ella había sido su presa. Un solo sonido escapó, un grito bajo y herido que estranguló apresuradamente.
Inmediatamente él se dio la vuelta, su cuerpo elegante y fluido, casi de ballet en la rama estrecha. Se inclinó sobre ella, tirándola al refugio de su cuerpo.
– ¿Qué es?
Tú. La acusación estaba allí en su mente. En su corazón. Que Dios la ayudara, en su alma. Él era lo que estaba mal. El modo en que se movía. El sonido de su voz. El recuerdo de sus manos, boca y cuerpo perteneciéndole a ella. Isabeau sacudió la cabeza. No había sabido que sería tan difícil verlo, olerlo. Ese olor salvaje y peligroso.
– Es sólo un poco de miedo aquí arriba -mintió. Y ella oyó la mentira en su voz. Podía decir por sus ojos que él la oyó también.
– Las mentiras tienen un olor propio -dijo él.
– ¿De verdad? Me enseñaste muchas cosas, pero descuidaste enseñarme eso.
– No todo fue mentira, Isabeau.
Ella sacudió la cabeza, el corazón tan dolorido que levantó una mano para presionar contra el pecho.
– No te creo. Y ya no importa, ¿no? Tenemos que encontrar un modo de recuperar a esos niños. Eso es todo lo que importa. -Se forzó a decirlo. No era una cobarde-. No estabas equivocado con respecto a él, mi padre. Excavé mucho y averigüé la verdad. Estaba implicado con la célula terrorista que destapaste. Aceptaba su dinero. -Se encontró con sus ojos-. Eso no significa que no le quisiera, ni que lo que hiciste estuviera bien, pero él no era inocente.
– Lo siento, Isabeau. Averiguar esas cosas debe haberte herido.
– No tanto como verlo morir. -O averiguar que el hombre al que amaba por encima de todo sólo la había utilizado para acercarse a su padre. Había creído en él con cada fibra de su ser, le había dado todo lo que ella era o sería jamás. Y todo había sido una mentira.
El corazón de Conner se apretó. Isabeau nunca sería experta en ocultarle sus sentimientos. Herida no era la palabra para lo que le había hecho. La había roto y la había desilusionado. Había culpa y humillación mezclados con dolor.
– No tienes nada de lo que avergonzarte, Isabeau. Soy el único que actuó sin honor. Tú no hiciste nada malo.
– Me enamoré del hombre equivocado.
– No lo hiciste, Sestrilla, yo soy el hombre correcto. Sólo era el tiempo equivocado para nosotros.
Ella levantó el mentón, los ojos echando fuego.
– Vete al infierno, Conner. Yo no soy tu trabajo esta vez. No te molestes en practicar conmigo, no lo necesitas.
Su voz cortó como un cuchillo, lo bastante para hacerlo respingar. Aunque se lo merecía. Movió la mirada sobre la cara de ella con intensidad melancólica. Parecía rebelde, desafiante, tan hermosa que dolía por adentro. Se había dicho que se alejaría de ella, ¿pero cómo? ¿Cómo podría dejarla? Estaba ya tan enamorado de ella que no había salida. Levantó la mano de ella a su pecho, apretó la palma sobre el corazón.
– Tú nunca fuiste mi trabajo, Isabeau. -Iba a encontrar un modo de ganarse su confianza otra vez. Tenía que haber una manera.
Ella tragó con fuerza y apartó la mirada, pero no antes de que él captara el brillo de lágrimas.
– Vamos.
– Maldita sea, Isabeau. ¿Cómo conseguiremos superar esto?
– ¿Superarlo?
Furiosa, Isabeau liberó la mano de un tirón y se alejó, dando un paso hacia atrás, al espacio vacío. Echó las manos al aire pero ya estaba cayendo. El terror la atrapó cuando miró arriba y vio la máscara resbalar de la cara de Conner para ser reemplazada por el temor. Vio la mandíbula endurecerse cuando saltó de la rama tras ella. Entonces dio un salto mortal por el aire. El pánico inundó el cuerpo de Isabeau con adrenalina helada.
Respira. Alcanza a tu gata. Juró que oía la voz de Conner, tan tranquilo como siempre, inundando su mente, expulsando el susto para ser reemplazado por una calma extraña.
Sintió su cuerpo retorcerse hasta que la parte superior señaló hacia abajo y las piernas hicieron lo mismo. Parecía estar cayendo fuera de control y ella misma se rindió a la felina para que luchara por venir en su ayuda. La piel picó y el pelaje estalló por su cuerpo, frenando el descenso. Instintivamente abrió los brazos y se dobló por la mitad. Su espina dorsal se flexionó. Los oídos le ardían, casi como si su cuerpo se afinara para saber qué era arriba y qué abajo. Los ojos centrados en el suelo que corría para encontrarla.
Se encontró metiendo los brazos hacia adentro y extendiendo las piernas para que su cuerpo girara, la parte delantera bajando mucho más rápido que la parte de abajo. Inmediatamente metió las piernas y extendió los brazos para darse la vuelta. Había girado completamente en el aire, justo como Conner había dicho que haría. Trató de relajarse mientras sentía una sensación abrasadora en pies y manos, indicando a las garras que se abrieran camino a través de la piel sensible poco antes de golpear el suelo. Las almohadillas ayudaron, pero golpeó con fuerza, las piernas y manos absorbieron la tremenda caída a través de las patas.
El dolor chocó por su cuerpo, muñecas, codos, rodillas y tobillos desmoronándose bajo ella mientras se extendía en el suelo del bosque.
– No te muevas -siseó Conner cuando aterrizó al lado de ella, agachándose con un movimiento perfecto.
Lo odió en ese momento. Tenía que ser bueno en todo. Ella se había caído del dosel en la selva tropical, arreglándose para enderezarse y aún así se había hecho daño. Las manos de Conner se movieron sobre ella, examinándola rápida y eficientemente en busca de daños.