Capítulo 8
Estaba ocurriendo una vez más. Isabeau echó una rápida y furtiva mirada a su alrededor, esperando que nadie notase que se estaba retorciendo. Su piel ardía, se sentía demasiado tensa, cada terminación nerviosa en carne viva y vibrando. Se frotó los brazos pero incluso con esos ligeros toques, la piel le dolía. En su más profundo interior la picazón crecía hasta convertirse en un demandante dolor que no podía ignorar.
Había dormido toda la noche, curvada contra el enorme leopardo, la lluvia había sido un ritmo continuo, relajante, el pelaje grueso y cálido. El latido del corazón había estado en su oído y había recostado la cabeza utilizando el suave pelaje como almohada. No había habido signos de esta locura. Se las había arreglado incluso para sacarse de la mente la imagen de Conner encorvado desnudo en la corriente. Ahora, no podía inspirar sin oler su fresco y salvaje almizcle… un tentador señuelo que no parecía poder ignorar.
Sin ni siquiera mirarle, era completamente consciente de él. Sabía su posición exacta en cada momento. Conner Vega se estaba convirtiendo rápidamente en la maldición de su vida. Intentaba con desesperación simplemente respirar con normalidad, pero sus pulmones ardían de la misma forma que su piel, el aire saliendo en irregulares y rudas bocanadas.
Los hombres le lanzaban pequeñas y rápidas miradas por encima de sus desayunos, pero nadie la miraba realmente y eso le decía que a pesar de estar haciendo su mayor esfuerzo sabían que estaba a punto. Era una condición humillante y sumamente incómoda. Su hambre se hizo más profunda cuándo Conner volvió de su ducha matutina, vestido con indiferencia con unos pantalones vaqueros que abrazaban sus firmes piernas y ahuecaban su trasero. Lo último que necesitaba hacer era mirar, pero, honestamente, ¿cómo podía detenerse? Presionó las puntas de los dedos contra sus sienes con fuerza en un intento de recuperar el control. Los dientes le dolían por la continua tensión de apretarlos.
Los hombres tuvieron una conversación en voz baja mientras ella bebía un café que sabía tan amargo que apenas podía tragarlo. Adán se había marchado. Apartó el repentino desasosiego que sintió con la marcha de su único verdadero aliado, pero por más que quisiera negarlo, desde que se había despertado esa mañana, un lento calor había empezado a construirse en su cuerpo. Espeso, como el magma de un volcán, el calor se movía a través de sus venas y se derramaba como una insidiosa adicción por todo su cuerpo.
No ayudaba que después de desayunar el equipo hubiera decidido trabajar con Jeremiah y con ella en las técnicas de lucha. Por supuesto era Conner el que la tocaba, de forma completamente impersonal, sus manos le colocaban el cuerpo de forma correcta hasta que sólo el roce de las puntas de sus dedos le hacía querer gritar de necesidad. Ella no iba a perder esta oportunidad de aprender de ellos, pero sus cuerpos estuvieron enseguida brillantes de sudor e inmediatamente los hombres se despojaron de las camisas.
Ella puso todo lo que tenía en el entrenamiento, apreciando las difíciles técnicas físicas de dar puñetazos y patadas. Trabajó duro con su cuerpo en un esfuerzo por engrandecerse. Si no podía tener ardiente y sudoroso sexo a montones, esperaba cansarse hasta llegar al punto de extenuación. Cada vez que Conner corregía su postura, o su pierna cuando pivotaba y golpeaba, hacía todo lo que podía para no sacudirse y alejarse de su ardiente toque.
Deliberadamente ponía distancia entre ellos, tratando de trabajar en el correr, saltos con patadas y en la precisión de los puñetazos. Oía a Conner y Rio hablar de combate y posturas con Jeremiah, intentando no advertir las miradas amorosas que él le dirigía. Su gata quería rozarse contra las ramas de los árboles, básicamente frotarse contra cualquier cosa. Todo lo que ella quería hacer era frotarse con Conner, pero si ellos querían boxear eso es lo que iban a tener.
Felipe fue el primero en colocarse frente a ella, levantando los puños y fijando la mirada en ella. Ella pudo ver que estaba intentando no respirar, no inhalar su aroma. Ella no se había dado cuenta hasta ahora de que sus pestañas fueran tan largas, curvándose un poco en las puntas. Tenía una bonita nariz y una mandíbula firme. Era extremadamente guapo, no tan musculoso como Conner o Rio, sino más ágil y flexible…
– ¿Qué demonios estás haciendo, Isabeau? -preguntó Conner-. Acaba de acorralarte seis veces y ni siquiera has intentado bloquearlo.
– ¿Lo ha hecho? -Ella parpadeó rápidamente y miró alrededor al círculo de caras, un poco confundidas. ¿Se había movido de verdad Felipe?-. No me ha golpeado.
– Detuvo el puñetazo porque si te toca, le haré tragarse los dientes -le contestó Conner entre dientes, claramente exasperado-. Aún así tienes que bloquear.
Él tenía un aspecto muy sexy cuando se enfadaba. No se había dado cuenta hasta ahora. Extendió la mano para acariciar el ceño de su cara. Él se echó hacia atrás, su respiración salió con fuerza de los pulmones. Dejó caer la mano, haciendo un pequeño mohín.
– Lo estoy intentando, Conner.
– Bueno, inténtalo con más ahínco -le gruño él.
Su voz era ronca y erótica y otro ramalazo de calor se deslizó como fuego a través de sus venas. A ella le gustó. Felipe fue reemplazado por Elijah. Elijah parecía como si le estuviera prestando más atención a Conner que a ella. Experimentalmente, lanzó una serie de patadas y puñetazos ligeros, decidida a hacer retroceder a Elijah. Él no se retiró como debería, sino que le dio un golpecito en la mano con increíble velocidad. Ella podía ver realmente el fluir de sus músculos, la firmeza de su mandíbula, la forma sensual de sus labios.
Carne chasqueó contra carne y ella parpadeó. La palma abierta de Conner había capturado el puño de Elijah justamente a escasos milímetros de su cara.
– Isabeau -dijo él entre dientes-. No lo estás intentando.
– Lo estoy. De verdad -protestó ella. ¿Cómo se suponía que se iba a concentrar cuando el cuerpo entero de Elijah pareció estar hecho de fluidos músculos? Era poético. Y sexy. Caliente. Total y absolutamente caliente.
Conner hizo un sonido parecido a un gruñido. Elijah se apartó de Isabeau, dejando caer las manos y negando con la cabeza. Pequeñas perlas de sudor cubrían su frente.
– He terminado aquí, Conner.
Isabeau miró con esperanza a Leonardo. Seguramente podría darle una patada o dos. El hombre parecía como si estuviera aterrorizado, dirigiéndose a su condena. Eso debería decirle a Conner que estaba asustando al hombre.
El cuerpo de Isabeau se sentía maravilloso, muy vivo, cada terminación nerviosa sensible y preparada para responder. Cada movimiento deslizaba su camiseta sobre sus tensos pezones, rozándolos con deliciosos toques que enviaban rayos de excitación hacia su vientre. Cuando se movía con un sensual fluir de músculos, era más consciente del mecanismo de su cuerpo de lo que nunca había sido, de su propia feminidad y de lo maravillosos que eran sus vaqueros, rozándole en los sitios correctos cuando levantaba la pierna para lanzar una patada.
Leonardo rompió a sudar y abruptamente dejó caer las manos, echándose hacia atrás mientras ella se acercaba más. Conner dio un paso entre ellos y la cogió por los hombros.
– ¿Qué es exactamente eso?
– ¿Qué? -le sonrió ella adormilada. Si se moviera sólo un poco para acercarse a él, probablemente podría rozarse a lo largo de su pecho. Dio un paso hacia él.
– Ese ruido. Ronroneas -acusó él.
– ¿De verdad? ¿Lo hago? -Deslizó su cuerpo hacia arriba contra el suyo y frotó los senos contra su pecho, necesitando dejar su aroma en él, disfrutando de los rayos de fuego que se deslizaban por sus venas y hacían que sus sensitivos pezones se tensaran aún más-. ¿Sabes que tienes una boca de lo más asombrosa?