Выбрать главу

– ¿Qué diablos fue eso? -demandó Rio.

– Sé exactamente lo que fue -dijo Conner inquietantemente, cruzando el claro hacia Jeremiah.

– ¡Conner! -Elijah se movió rápidamente para la interceptarlo-. Es simplemente un chiquillo.

– Conoce las reglas.

Jeremiah gateó para ponerse en pie, de forma desafiante.

– ¿Quizás estás simplemente preocupado porque vengo más equipado de lo normal y crees que ella va a preferirme?

– ¿Por el tamaño de tu polla? -Conner lo miró de arriba abajo con desprecio en su cara-. Lo siento, niño, eso no va a bastar. Ni siquiera puedes quitarte los pantalones cuando se necesita. Dudo que seas demasiado impresionante intentando funcionar.

Jeremiah indignado, se arrancó los vaqueros de los tobillos y los arrojó con repugnancia, abalanzándose sobre Conner. Elijah le atrapó y le apartó del otro hombre.

– Idiota. Vas a conseguir que te maten. ¿No te das cuenta de cuándo la compañera de un hombre está en el Han Vol Dan? Ten algún jodido respeto.

Jeremiah detuvo sus pasos y miró a Isabeau. Todos lo hicieron con la excepción de Conner. Ella intentó no ponerse como un tomate. Miró al suelo, deseando que se abriera y la tragara. Ella se dio la vuelta y echó a andar hacia la relativa seguridad de los árboles mientras veía como Jeremiah se vestía y se preparaba para empezar otra vez.

Observarle correr, desnudarse y cambiar le hizo entrar la picazón de intentar cambiar. Había revisado la oficina de su padre cuidadosamente, accediendo a sus documentos privados y no había habido mención de las gentes leopardo. No creía que él lo supiese. Su madre debía de haber muerto en el parto tal y como Conner había especulado y nadie había venido para reclamar al bebé. Se había trasladado del Amazonas a Borneo más o menos cuando ella nació. Había muchas probabilidades de que su gente estuviera allí. Tal vez debería ir para tratar de encontrarlos.

No podía volver a Borneo. No podía quedarse en Panamá. Conner estaba en todos los sitios. Habría ido a cualquier sitio con él, incluso sabiendo que iba a causar la caída de su padre. Presionó una temblorosa mano contra su boca, avergonzada de sí misma. Fue una buena excusa, una forma de mantener viva su herida. Su padre había causado su propia caída. El pecado de Conner había estado en seducirla sin tomársela en serio.

Él había herido su orgullo. Todavía lo lastimaba, pero no era responsable de las cosas que su padre había hecho. La había usado tal y como ella le había pedido que usara a Imelda Cortez para recuperar a los niños perdidos. ¿Justificaba el fin los medios? ¿No le hacía eso ser una hipócrita?

Presionó los dedos contra sus sienes y obligó a su cuerpo a calmarse. No quería marcharse sin llegar al fondo del asunto. Se lo debía a Adán e incluso a la madre de Conner, con quien había hecho amistad, así como también a todos los niños que habían sido raptados. Inspiró profundamente y dejó salir el aire, paseándose de acá para allá para librarse de tanto excedente de energía como pudiera antes de volver a unirse a los demás.

Isabeau caminó con la cabeza alta, rechazando sentirse intimidada o humillada por el grupo de hombres. Lo que fuera que ella era, cualquier cosa que le estuviera ocurriendo aparentemente era normal en su mundo y se negaba a tener miedo. Podría querer sexo con desesperación, pero no carecía de coraje.

Observó la mecánica de la conversión una y otra vez. Eventualmente consiguió sobreponerse a ver un cuerpo desnudo y se quedó fascinada por el cambio actual. Parecía como si pudiera ser doloroso, aunque parecía suceder tan rápido mientras Jeremiah corría que quizás no fuera tan malo.

Rio, Felipe y Elijah sacudían la cabeza y se miraban el uno al otro mientras cronometraban la carrera de Jeremiah por enésima vez.

– Demasiado lento, Jeremiah -dijo Conner entre dientes-. Hazlo de nuevo. Y esta vez piensa en que alguien te está disparando mientras corres. Eres más joven que cualquiera de nosotros y deberías ser más rápido. Necesitas bajar quince o veinte segundos de tu tiempo.

Jeremiah le lanzó a Conner una mirada de absoluto disgusto.

– Bastardo celoso -masculló en voz baja-. No puede hacerse.

Jeremiah debería haber tenido mejor criterio. Conner tenía un oído excelente. Conner caminó a través del suelo del piso del bosque para amenazar al leopardo más joven.

– ¿Crees que no puede hacerse? No sólo puede hacerse, pequeño cachorro perezoso, sino que puede hacerse corriendo a través de los árboles, no en un agradable claro como éste.

Jeremiah agravó sus pecados burlándose abiertamente.

– No te creo.

Rio se acercó por detrás en silencio y le pegó en la parte posterior de la cabeza, el golpe lo suficientemente fuerte como para hacer oscilar al chico.

– Deja de lloriquear e intenta aprender algo. Si vas a trabajar con nosotros, tienes que saber cómo mantenerte con vida. Ni siquiera me has oído llegar.

Isabeau se giró para ocultar una sonrisa. Jeremiah realmente era un niño grande, queriendo el respeto de los otros leopardos, pero sin querer trabajar duro para lograrlo. Los exasperaba a todos. Habían estado trabajando toda la mañana y estaba claro que era un poco inmaduro y perezoso.

– ¿Dijiste que tu familia era de Costa Rica? -se aventuró ella, obligándose a mantenerse seria.

Jeremiah asintió.

– Pero estoy haciendo esto por mí mismo. Mis padres no necesitan saberlo -agregó él precipitadamente.

Rio se dio la vuelta. Había estado caminando por el claro, sus hombros tensos por la irritación.

– ¿Tus padres no saben dónde estás?

– Pensé que tu madre te había criado -masculló Elijah-. Y que eras hijo único.

Jeremiah lo miró, revelando toda su altura y sacando pecho.

– Soy de una gran familia, el más joven de ocho. Tengo siete hermanas. Mi padre quería un hijo.

Los hombres intercambiaron miradas conocedoras.

– Y te tuvo -masculló Elijah por lo bajo.

– Eso explica mucho -dijo Conner-. Pues bien, chico, esto no es tu casa y tus hermanas no están aquí para mimarte. Mejora tu tiempo o lleva de vuelta tu apenado trasero con mamá donde esté seguro. Si te quedas con nosotros, entonces alguien va a dispararte.

Jeremiah se sonrojó.

– No soy un niño de mamá, si eso es lo que insinúas. Sólo te digo que mi tiempo es rápido, probablemente más rápido que cualquiera de los vuestros.

Conner suspiró.

– ¿Quién tiene el peor tiempo de nosotros transformándose a la carrera a través de los árboles? -miró alrededor a sus hombres.

Felipe levantó la mano.

– Creo que soy yo, Conner.

Conner dio un paso atrás y le hizo un gesto a Felipe para que siguiera. Felipe recorrió con la mirada a Isabeau y arqueó una ceja hacia Conner.

– Ella tiene que aprender. Y seguro que ha visto bastante del culo desnudo de Jeremiah.

Isabeau se sonrojó, maldiciendo en voz baja mientras volvía a convertirse en el centro de atención. Estaba tratando de encajar, tanto si lo creían como si no y no necesitaba la carga añadida de que estuvieran constantemente recordando que era una hembra y básicamente estallando en llamas como una gata enloquecida.

Ella dejó que su mirada se deslizara sobre Conner. Se había pasado toda la noche acurrucada junto a un leopardo, tan cálida y segura como nunca había soñado poder estar. Escuchar el ritmo constante de la lluvia y el latido del corazón del leopardo le había permitido quedarse dormida rápidamente, incluso en medio de tantos desconocidos. Se había sentido cómoda y totalmente a gusto. Ahora, viéndole en acción, la gracia fluida, el juego de músculos bajo la piel, los ardientes ojos y la mirada fija, su cuerpo había comenzado a fundirse. Apenas podía apartar los ojos de él. Y era agudamente consciente cada segundo de por qué le había traído a Panamá, para seducir a otra mujer y de que la había rechazado.