Conner carraspeó.
– ¿Isabeau? -la provocó.
Ella se sonrojó, percatándose de que Felipe estaba esperando su permiso.
– Necesito aprender a cambiar también -dijo ella, tratando de sonar indiferente, como si estuviera acostumbrada a ver hombres desnudos durante todo el día.
Felipe le tomó la palabra, quitándose la ropa sin ninguna modestia mientras echaba a correr. Tuvo que admirar la forma eficiente en que se desnudó, un suave y practicado movimiento que le llevó sólo un par de segundos. En el momento en que se quitó los zapatos y se arrancó los calcetines, ya estaba corriendo, desnudándose a la vez, transformándose ya mientras se quitaba los vaqueros y la camisa, los músculos deformándosele mientras adquiría velocidad, por lo que estuvo saltando, cubriendo grandes áreas antes de que su camisa tocara el suelo.
Conner paró el cronómetro y caminó hacia Jeremiah. La boca del muchacho colgaba abierta mientras clavaba la mirada en el gran leopardo con absoluto asombro.
– Apenas pude verle hacerlo -dijo Jeremiah, con admiración en la voz-. Te lo juro, casi pienso que no doy crédito a mis ojos.
– Ningún movimiento desaprovechado -señaló Isabeau, incapaz de mantenerse al margen. Se apresuró junto a Jeremiah para mirar el reloj-. Ni siquiera han sido siete segundos. ¿Cómo puede ser?
– No estoy seguro de lo que he visto realmente -dijo Jeremiah, todavía observando el reloj.
Isabeau se acercó más, rozando al desnudo leopardo con el brazo. Conner gruñó profundamente desde la garganta y el chico saltó hacia atrás. Todos los hombres se pusieron tensos y se giraron para ver la cabeza de Conner moverse lentamente, siguiendo al apocado cuerpo de Jeremiah, la ardiente mirada brillante y con la atención fija en su presa.
– Conner -dijo Rio con dureza.
Conmocionada por la reacción de Conner, Isabeau instintivamente se apartó de Jeremiah.
– Realmente no puedes pensar… -se calló, llevándose la mano defensivamente a la garganta, aunque había una parte mezquina que encontraba la situación divertida-. Es un chiquillo.
– Está más cerca de tu edad que yo -espetó Conner.
Ella no pudo reprimir su risa.
– Vamos, Conner, no seas ridículo.
– ¡Oye! -dijo Jeremiah-. Las mujeres no pueden tener bastante de mí.
Conner gruñó, los dientes alargándose, curvándose, las garras explotando desde las yemas de los dedos. Isabeau lo empeoró al doblarse de risa ante la cara indignada de Jeremiah y los otros hombres pusieron los ojos en blanco sorprendidos de que el chico no tuviera el suficiente sentido de supervivencia para dar un paso para alejarse de Isabeau y cerrar la boca.
– ¿Estás diciendo que mi mujer te desea? -demandó Conner, acercándose más al chico-. ¿Qué te prefiere a mí?
Eso hizo que Isabeau se pusiera seria inmediatamente. Se enderezó, los ojos se le habían vuelto verdes y brillaban como dos joyas.
– No soy tu mujer, miserable excusa de compañero.
Todo el mundo la ignoró. Jeremiah contuvo el aliento. Esas letales garras estaban demasiado cerca de la más preciada parte de su cuerpo y Conner tenía un aspecto lo suficientemente enfadado para rebanarle un trozo.
– No, no es eso lo que quería decir -protestó Jeremiah, dándose cuenta de su error demasiado tarde. Los felinos reaccionaban muy mal cuando los hombres rondaban a sus compañeras, especialmente si la compañera estaba a punto de entrar en celo. Se percató de que ninguno de los otros hombres se había acercado a Isabeau.
– ¿Qué querías decir exactamente? -dijo Conner entre dientes.
Isabeau era muy consciente de cómo se estaban moviendo los otros hombres ahora, probablemente para salvar a Jeremiah si fuera necesario. Repentinamente la situación ya no se trataba sobre ella. Jeremiah estaba en peligro real por el hombre que antes había rechazado sus avances. Lo que fuera que estaba guiándole era real y peligroso.
Dio un paso acercándose a Conner y le puso la mano sobre el brazo. Podía sentir la determinación y la adrenalina recorriéndolo como un río de fuego. Empezaba a entender el terrible coste del leopardo sobre el hombre. Las leyes de los felinos eran imposibles de ignorar por el hombre. Siempre caminaban sobre la delgada línea divisoria cuando sus rasgos animales aparecían.
– Q… quería decir que vaya buen tiempo que ha hecho Felipe y que necesito trabajar mucho más duro para acercarme a eso -tartamudeó Jeremiah.
– Choqué con él -apuntó Isabeau-. Por favor, Conner, te lo pido.
Conner se detuvo por un momento, su cuerpo luchando por librarse de la adrenalina y entonces repentinamente se giró, rodeándola con un brazo, forzándola a apartarse del otro leopardo, la cabeza tan cerca de la de ella que los labios podrían rozarle la oreja.
– Él es quien se excitó con tu aroma. Su primer maldito error.
La llevó hacia el interior de la selva, lejos de los demás y del aroma a varón excitado que conducía a su felino y a él mismo a la locura.
Ella estaba sonrojada como un tomate. ¿Cómo podría no estarlo? No estaba acostumbrada a discutir nada que tuviera que ver con el sexo en un trasfondo informal y la forma en que estos hombres trataban la desnudez y el celo de su gata rozaba lo mundano. No es que fuera ofensivo, exactamente, era simplemente un poco perturbador saber que todos podían decir que estaba entrando en una especie de ciclo. No sólo era que pudieran decirlo, más que eso, todos eran híper conscientes de eso.
– Espero que sea algo más que mi aroma -dijo Isabeau, intentando aligerar el momento, pero queriéndolo decir de todos modos-. No quiero ser deseada por la forma en que huelo.
Él inspiró profundamente, inundando deliberadamente sus pulmones con su aroma. Ella podía enviar llamas a dar saltos por su sangre sin ni siquiera intentarlo, pero ahora mismo, con su inocente ceño fruncido y la larga curva de sus pestañas, apenas podía mantener el hambre a raya.
– El aroma es importante para los gatos. -Frotó la cara contra la piel desnuda de su cuello-. Así como el aroma es una marca. Cualquier hombre lo suficientemente estúpido como para cruzarse en mi terreno va a encontrarse con una pelea entre las manos.
Ella se apartó de él.
– Solía ser tu territorio. Hace tiempo, cuando tú eras algo más, ¿te acuerdas?
– Recuerdo cada instante -sus ojos dorados ardían mirando profundamente a los suyos-. ¿Y tú?
Ella contuvo una réplica aguda. No iba a pelearse con él. Podría llevarla al punto de las lágrimas en segundos. No era rival para él, nunca lo había sido.
– No puedes hacer esto, Conner. No me deseas, pero ¿vas a matar a cualquier otro que lo haga? Eso ni siquiera tiene sentido.
– ¿Que no te deseo? -masculló las palabras, con un gruñido retumbando en el pecho. Sus dedos le apretaron la parte superior de los brazos y la presionaron contra su cuerpo, dejándole sentir deliberadamente su gruesa excitación-. Desear es una palabra insípida, Isabeau, para lo que siento por ti. No voy a destrozarlo todo contigo porque no pueda mantener las manos lejos de ti. Ya pasó una vez y maldito sea si pasa de nuevo.
– ¿No puedes mantener las manos apartadas de mí?
– No hagas como que no lo sabías. Yo lo sabía muy bien. Seducir a una mujer no siempre implica llevársela a la cama. No me pude detener y mira lo que mi falta de control nos hizo. -Por un momento su cara reflejó dolor desnudo-. Ya era suficientemente malo saber que te había traicionado, pero encontrarse con que antes de morir mi madre supo lo que había hecho… -Su voz se desvaneció mientras sacudía la cabeza. La máscara y la resolución de vuelta a su lugar-. Cuando te lleve a la cama será porque nos quieres allí, no porque tu gata pida alivio a gritos.