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Ella se sonrojó una vez más, pero su orgullo no tenía tanta importancia como las palabras de Conner. Las retuvo muy cerca de su corazón, sintiendo por primera vez como si su mundo patas arriba pudiera enderezarse de nuevo. ¿Era sólo su gata la que lo deseaba? No lo creía, pero no estaba segura y Conner tenía razón, tenía que estar segura. Simplificaba las cosas saber que él no la había rechazado totalmente.

Él le enmarcó la cara con las manos, deslizando el pulgar por sus labios mientras su mirada ardía en la de ella.

– Eres mía, Isabeau. Siempre serás mía. No hay error posible. Tanto si eliges perdonarme y darnos una segunda oportunidad como si no, serás sólo mía.

El corazón de Isabeau se detuvo. Simplemente se detuvo. Lo podía sentir allí en su pecho, retorcerse con la tensión para empezar después un frenético latido. Por una vez la gata permaneció quieta y se permitió éste momento perfecto. Buscó en su cara, una cara que estaría grabada para siempre en su mente, en su alma y supo que estaba perdida una vez más.

– ¿Por qué no volviste a por mí? -Eso la había lastimado más de lo que podía decir.

– Estaba decidido a ir -admitió él-. Hace seis meses. Supe que tenía que tratar de explicártelo aunque realmente no tuviera excusas. Tenía trabajo que hacer, Isabeau y en el momento en que me di cuenta de que estaba deslizándome, llevándonos a ambos demasiado lejos, debería haberlo cortado. Me gustaría decir que no lo hice porque las víctimas de los secuestros me importaban mucho, pero lo he pensado mucho y no es verdad. Una vez que estuve contigo, en cuando sobrepasé la línea, ya no había vuelta atrás para mí. No pude encontrar la voluntad para hacer lo correcto y dejarte.

Sus palabras fueron escuetas. Crudas. Y eran verdad. Lo vio en sus ardientes ojos, lo escuchó en el terciopelo de su voz y lo olió con el intenso sistema sensorial de un leopardo. Sólo podía clavar los ojos en él, intentando no dejar que la felicidad que florecía en la boca del estómago y se propagaba a todo lo largo de su cuerpo con absoluta alegría se mostrara en su cara. Se tocó el labio inferior con la lengua e inmediatamente la mirada de Conner estuvo ahí, siguiendo el pequeño movimiento.

Se quedó quieta. Absolutamente quieta. Incluso contuvo el aliento. Él había rechazado sus avances antes, pero ella no iba a ponerse en ridículo por segunda vez, ni siquiera cuando él le había asegurado que su tiempo juntos no había sido una mentira. La verdad la barrió como una ola, trayendo tal alivio que le temblaron las piernas. O tal vez fue la excitación recorriendo sus muslos y haciendo que su temperatura se elevara.

Él bajó la cabeza. Lentamente. Esperando su reacción. Se quedó quieta bajo sus manos, observando cómo su posesiva mirada se deslizaba por su cara. Mirando como cambiaban sus ojos, saliendo los del leopardo, brillando con hambre. Su boca lo era todo. Seductora. Le paraba el corazón. Perfecta. Y entonces sus labios tocaron los suyos. Un simple roce. El estómago le dio un vuelco. Su matriz se tensó. El calor líquido se formó. La boca de Conner se movió otra vez sobre la de ella, un pequeño vaivén destinado a tentarla, a volverla loca. Y lo consiguió.

Sus pechos dolían, los pezones tensos en dos apretados brotes, presionándose contra la tela de la camiseta en un esfuerzo por acercarse más a su calor. El deslizó la lengua por el labio inferior. Saboreando su sabor. Los dientes pellizcaron y el pinchazo de dolor envió otro espasmo arrasando hacia su interior. Él hizo un sonido, un ronco gruñido con la garganta que la empapó inmediatamente de necesidad.

– Te eché de menos cada segundo -murmuró él-. Soñaba contigo cuando podía cerrar los ojos y la mayoría de las veces no podía acostarme por la necesidad de ti.

La besó, un largo, narcótico beso que intoxicó cada uno de sus sentidos. Cuando él se apartó, fue para presionar la frente contra la de ella mientras respiraba con dificultad.

– Amo el sonido de tu risa. Me enseñaste tantas cosas, Isabeau, sobre lo que importa. Cuando lo encuentras todo y luego lo pierdes…

Su boca encontró la de ella de nuevo, una y otra vez, cada beso más exigente que el último, más lleno de hambre, hasta que estuvo casi devorándola, lanzándola a una gigantesca ola de deseo. Él siempre había sido capaz de hacer eso, eliminar cada vestigio de cordura hasta que dejaba de ser una persona razonable para convertirse en una criatura de puro sentir. Nunca había sabido que pudiera ser apasionada o sexy hasta que Conner había aparecido en su vida y todo había cambiado, ella había cambiado.

Él enredó los dedos en su pelo, inclinándole la cabeza hacia atrás, anclándola en el lugar, mientras su mirada ardía marcándola. Líneas de pasión estaban trazadas profundamente en su cara, la oscura lujuria brillaba intensamente en sus ojos. El corazón de Isabeau saltó. Otra oleada de calor se extendió como líquido inflamable. Sus rodillas se volvieron débiles. Siempre había sido susceptible a sus apetitos sensuales, pero ahora el hambre era como un redoble de tambor en sus venas.

Su respiración salió como un siseo cuando la boca de Conner descendió otra vez. La gentileza se había ido, reemplazada por cruda pasión. Él se tomó su respuesta a su confiada y desafiante manera. Sus manos eran firmes, su cuerpo duro, el calor se alzaba entre ellos como el vapor en el bosque. El cuerpo de ella se convirtió en gelatina, suave, fundiéndose con el de él. Él gruñó, una nota baja, vibrante que hizo que unas llamaradas se deslizaran como lenguas sobre su piel. Las manos bajaron por su espina dorsal hasta la curva de su trasero y la levantó. Instintivamente ella le rodeó la cintura con las piernas, cerrando los tobillos.

La unión entre sus piernas encajó apretadamente contra la gruesa protuberancia, los unió como si estuvieran soldados. Todo el tiempo la boca de Conner devoraba la suya. Su mundo se estrechó, hasta centrarse sólo en Conner. Sus manos. Su calor. El sabor y textura. Era consciente de cada respiración entrecortada, del mordisco de sus dientes, de la aspereza de sus caricias, incluso de la sensación de su piel bajo la tela que le impedía tocarle.

Todo desapareció hasta que su mente quedó consumida sólo por Conner. Tenía el sabor del pecado. Como una mezcla de cielo, por el placer, y de infierno, por el anhelo que siempre sentía por él. El movió la boca sobre la de ella y empezó a deslizarse lentamente, bajando seductoramente por la cara, por el lateral del cuello, por la garganta y después por el hombro. Ella sintió el roce de los dientes y tembló de necesidad. No quería suavidad y gentileza. Necesitaba su áspera posesión, reclamándola, marcándola, llevándola a una tormenta de fuego, calor y llamas que devastara el mundo a su alrededor, dejándoles sólo cenizas, limpios, feroces y fundidos para siempre.

Él levantó la cabeza alertado y su dorada mirada barrió el bosque a su alrededor. Los hombres, en el lejano claro, se desvanecieron, simplemente desapareció como si nunca hubieran estado. Conner dejó que las piernas temblorosas cayeran al suelo mientras inhalaba profundamente aire e información.

Capítulo 9

Conmocionada, con todo su cuerpo temblando, Isabeau se agarró a los hombros de Conner en busca de apoyo.

– ¿Qué es? -No podía pensar, no podía respirar bien.

– Tenemos compañía acercándose -dijo él-. La selva se está volviendo muy concurrida estos días-. Envolvió el brazo alrededor de ella y la atrajo bajo su hombro, deslizándose de vuelta a la maleza-. Estaremos bien. Los chicos los están rodeando.

– ¿Ellos? -Resonó débilmente. Si la supervivencia significaba estar alerta siempre, ella no iba a conseguirlo. Él había captado el olor de los intrusos o los había sentido de alguna manera, mientras que ella había estado vencida con su propia pasión. ¿Cómo lo hacía? Ella casi estaba molesta con él, aunque sabía que era una habilidad que él necesitaba, que ellos necesitaban, para sobrevivir.