– Dos hombres. Se mueven como si conocieran la selva.
– No comprendo. -No comprendía lo que quería decir, pero más que eso, no comprendía cómo su cuerpo podía estar chillando por alivio, cada terminación nerviosa gritando que él se quedara, que mantuviera su atención únicamente en ella. Era estúpido ante el peligro, pero había estado tan consumida por él, tan consciente sólo de él, pensando que él tenía la misma consciencia, necesidad y obsesión con ella.
– La mayoría de las personas entran en la selva tropical y tratan de dominarla, abriéndose camino a golpes, pero estos hombres están familiarizados y cómodos, nos dice que quizás habitan en el interior con regularidad. -Curvó la palma en torno a la nuca e inclinó la cabeza, rozando el lado del cuello con un rastro de besos-. Les podría matar sólo por interrumpirnos.
Fue su voz, vibrando un poco, áspera, incluso ronca, la que reveló que decía en serio esas malditas palabras que irónicamente, le permitieron perdonarlo por sus habilidades de supervivencia. Ella se inclinó sobre él y le dejó que la sostuviera cerca, intentando fuertemente enfriar la oleada de calor que había hecho que su cuerpo se fundiera.
– Respira. Eso ayuda.
– ¿Lo hace?
Él rió suavemente, un mero hilo de sonido.
– No realmente. Pero fingiremos. Cuando estoy contigo, Isabeau, es un poco como acercar una cerilla a un cartucho de dinamita. Parece que no puedo controlarlo. -Los dientes le pellizcaron el hombro y enterró la cara brevemente contra su cuello, luchando obviamente por refrescar el calor de su cuerpo también. Estaba todavía grueso y duro y a pesar de la potencial gravedad de la situación, ella se sentía feliz.
– Por lo menos estamos los dos igual.
– ¿Cómo podrías creer otra cosa? -Él levantó la cabeza y su mirada saltó del bosque a ella, la miró fijamente con esa mirada aguda que siempre lograba que le ardiera la sangre.
– ¿Es tu gato quien me desea?
La voz de Conner fue terciopelo suave. Casi una acaricia. Pero había una ligera insinuación de incertidumbre en su pregunta.
– ¿Por qué pensarías eso?
Un leopardo gruñó. Los pájaros huyeron. Varios monos aulladores gritaron una advertencia. Ella no pudo evitar el pequeño jadeo de alarma que pareció escapársele.
Conner la empujó detrás de él.
– Nunca te asustes, Isabeau. En cualquier situación tu cerebro es siempre tu mejor arma tanto si estás en forma de leopardo como en forma humana. Siempre hay un momento en que tendrás la ventaja. Todas estas técnicas de defensa que te estamos enseñando son geniales, pero condicionadas y pensar siempre será tu mejor arma.
Hablaba práctico, impartiendo la información incluso mientras se agachaba más en la maleza, cambiando de posición para poder encontrar la ligera brisa que se movía por la selva. Abajo, en el suelo, raramente había viento a menos que una tormenta suficientemente grande lo generara. En su mayor parte el viento permanecía en el dosel, pero con sus sentidos afilados, él podía reunir la información que necesitaba. Isabeau trató de seguir su ejemplo. Estaba decidida a aprender, a ser una ventaja para él.
Captó un débil olor en el aire y lo reconoció inmediatamente de la aldea de Adán. Sus gentes utilizaban raíces para el jabón. Esperó unos pocos momentos, Conner debía saberlo, pero no se mostró y tampoco lo hizo ninguno de los otros. No se fiaban y quizá eso era una lección en sí misma.
Dos hombres surgieron en el claro. Ambos llevaban sólo taparrabos, uno en sandalias, el otro descalzo. La selva tropical era tan húmeda, que la ropa estorbaba a cualquiera que se moviera rutinariamente por el interior y la mayoría llevaba lo mínimo. Ella lo sabía por experiencia. Incluso ella vestía con lo menos posible cuando trabajaba. Reconoció al hombre mayor como uno de los ancianos, el hermano de Adán, Gerald. El otro era el hijo de Adán, Will. Comenzó a rodear a Conner para saludarlos, pero él la empujó a sus brazos, deslizando una mano sobre su boca.
La mirada de ella se encontró con la suya y su corazón saltó. En ese momento él parecía menos un hombre y más un leopardo. Se miraron fijamente el uno al otro. Él parecía todo un depredador, los ojos fríos, ardiendo con un brillo mortal que provocó que su corazón martilleara con fuerza. Aflojó lentamente la mano sobre la boca y levantó un dedo entre ellos, todo el tiempo mirándola fijamente a los ojos.
Ella no podría haberse movido aunque hubiese querido. Se encontró hipnotizada por su mirada fija. Sabía que podía suceder con un gato grande. Tenían poder en su mirada fija, un momento embrujador cuando la presa se congelaba, esperando el golpe mortal. No podía respirar, atrapada allí, atrapada en el brillo. Permaneció absolutamente quieta. Silenciosa. Incapaz de desobedecerlo.
Él giró la cabeza lentamente, rompiendo el contacto, centrándose en los dos hombres que cruzaban el claro a zancadas hacia la cabaña. Ella no giró la cabeza, sino que movió la mirada, atemorizada de hacer un movimiento, conteniendo la respiración. Podía sentir a Conner a su lado, totalmente inmóvil, la tensión arremolinándose en él, los músculos preparados.
Los hombres tenían cerbatanas en las manos y avanzaban con cuidado, mirando el bosque circundante, caminando cuidadosamente como de costumbre. Isabeau les había visto muchas veces, moviéndose con facilidad por la espesa maleza. Un leopardo gruñó. Los dos hombres se congelaron, juntando las espaldas, las manos estables en sus armas. Otro leopardo contestó delante de ellos. Un tercero contestó a su izquierda. Conner hizo un sonido, profundo en la garganta. La llamada de Rio vino por detrás de ellos, cortando su ruta de escape, para que los hombres supieran que estaban rodeados completamente.
Gerald puso lentamente su arma en el suelo y levantó las manos, una sostenía un libro. Cuando su sobrino vaciló, dio bruscamente una orden y el hombre más joven colocó tristemente su cerbatana al lado de la de su tío. Se pararon con las manos levantadas.
– Quédate aquí -advirtió Conner-. Si hacen un movimiento equivocado hacia ti, no podré salvar sus vidas.
– Son mis amigos -protestó Isabeau.
– Nadie es nuestro amigo en un trabajo. Podrían haber cambiado de opinión y desear manejar esto de manera diferente. Haz lo que digo y mantente fuera de la vista. Déjame hablar con ellos. Si algo falla, tírate al suelo y cúbrete los ojos. E, Isabeau… -Esperó hasta que su mirada se encontró con la suya-. Esta vez haz lo que te digo.
Ella asintió con la cabeza. Ciertamente no quería ver a los leopardos matando a dos hombres que conocía.
Conner salió de la maleza al borde del claro.
– Gerald. Tu hermano no dijo nada de tu llegada.
Los dos hombres se dieron la vuelta, el más viejo mantuvo las manos arriba y lejos del cuerpo, el más joven las bajó, casi agachándose, las manos estirándose a por su arma.
– Nunca lo conseguirías, Will -dijo Conner-. Y lo sabes. Cógela y te garantizo que eres hombre muerto.
Gerald habló bruscamente con su sobrino en su propio idioma. Conner había pasado suficiente tiempo en su aldea de joven para comprender, pero fingió cortésmente que no la conocía. Will estaba siendo reprendido duramente. Habían sido amigos una vez, buenos amigos, pero eso había sido hacía mucho tiempo.
– Sentíamos que debías saber la verdad antes de embarcarte en esta misión -le dijo Gerald-. Adán me ha enviado con el libro de tu madre.
– ¿Por qué no me lo trajo Adán?
– Mi madre lo tenía -dijo Will-. Marisa lo empujó a sus manos cuando los hombres vinieron y mi madre lo dejó caer. No lo recordó hasta más tarde y mi padre ya se había ido cuando fue a buscarlo.
Conner se quedó inmóvil, casi rígido, forzando los pulmones a seguir respirando dentro y fuera. Sabía que su madre escribía un diario. Lo había visto bastantes veces mientras crecía. Ella escribía casi cada día. Adoraba las palabras y a menudo fluían en forma de poesía o cuentos. Will conjuró vívidos recuerdos que allí en la selva tropical con el peligro rodeándoles estaban mejor suprimidos, pero era una explicación plausible.