– Hay mucho para contarte -dijo Gerald-. Y el libro de tu madre apoyará mis palabras de verdad.
Conner le hizo gestos para que bajara las manos.
– Tenemos que tener cuidado, Gerald. Alguien trató de matar a tu hermano anoche.
Gerald cabeceó.
– Estoy enterado. Y hubo una división en la tribu sobre cómo manejar la situación para que los niños vuelvan.
– ¿Esa división te incluye, Will? -preguntó Conner.
– Mi hijo, Artureo, fue tomado -dijo Will-, pero apoyo a mi padre. Nada de lo que hagamos será jamás suficiente para Cortez si no la paramos ahora.
Conner les hizo señas para que se adelantaran. Gerald dio un paso lejos de las armas y caminó hacia Conner. Will le siguió, pareciendo mucho menos hostil. Sacaron delgadas esteras de los pequeños paquetes que llevaban colgados sobre los hombros y las colocaron en el suelo, colocándose a sí mismos en una posición vulnerable al sentarse. Conner hizo una pequeña señal con la mano a los otros, advirtiéndoles que retrocedieran y simplemente vigilaran.
– Gracias. -Tomó el libro que Gerald le ofrecía mientras se sentaba y cruzaba las piernas en frente de ellos-. Will, es bueno verte otra vez, viejo amigo. -Asintió con la cabeza hacia el hombre más joven. Habían pasado unos pocos años de su niñez jugando juntos. Los miembros de la tribu tomaban mujeres a una edad mucho más temprana y a los diecisiete, Will ya había tenido las responsabilidades de un hijo.
Will asintió con la cabeza.
– Desearía que la situación fuera diferente.
– Supe que uno de los nietos de Adán había sido raptado. ¿Esto es sobre tu hijo?
Will miró a su tío y entonces sacudió la cabeza, se encontró con los ojos de Conner.
Conner se preparó para un golpe. No había expresión en la cara de Will, pero había mucha compasión en sus ojos.
– No, Conner. Esto es acerca de tu hermano.
La primera inclinación de Conner fue saltar a través del pequeño espacio que los separaba y arrancarle el corazón a Will, pero se forzó a sentarse inmóvil, su mirada centrada en su presa y cada músculo preparado para saltar. Conocía a estos hombres. Eran excesivamente honestos y si Will decía que tenía un hermano, entonces Will creía que era verdad. Forzó el aire por sus pulmones abrasadores, estudiando a los dos hombres, los dedos apretándose alrededor del libro de su madre.
Isabeau había mencionado a un niño. «Marisa venía con el niño» o algo parecido. Su madre siempre estaba rodeada de niños; él no había pensado mucho acerca de eso. No había preguntado de quién era ese niño.
– Ella me lo habría dicho si hubiera tenido otro niño -dijo. No podía imaginarse a su madre ocultando a su hijo, por ninguna razón. Pero había permanecido cerca de la aldea de Adán, aún después de que él se fuera. ¿Podría haber encontrado el amor con un miembro de la tribu? Levantó la ceja, demandando en silencio una explicación.
– No el niño de tu madre, Conner. Un bebé fue traído a nuestra aldea por una mujer, una de tu gente. Ella no deseaba al niño.
El estómago de Conner dio bandazos. Sabía lo que venía y el niño en él recordó esa sensación de absoluto rechazo. Sin pensar, giró la cabeza para mirar a Isabeau. Raramente sentía la necesidad de alguien, pero en ese momento, sabía que necesitaba su apoyo. Ella salió de la maleza sin vacilación, caminó a zancadas a través del claro, pareciendo regia, la cara suave, los ojos en él. Le dirigió una pequeña sonrisa y saludando a los dos miembros de la tribu se hundió cerca de Conner. Le colocó la palma en el muslo y él la sintió allí, ardiendo. Apretó la suya sobre la de ella, manteniéndola allí mientras ella le miraba.
No quería que este momento terminara y el siguiente empezara. Ella le sonrió, mostrándole sin palabras que le apoyaría en lo que viniera. Sabía que estaba trastornado, pero no hizo preguntas, simplemente esperó. La madre de Conner había sido así. Tranquila. Aceptando. Alguien que se paraba al lado de un hombre y encaraba lo peor. Él deseaba ese rasgo en la madre de sus hijos.
– Mi padre tuvo otro niño. -Se obligo a decir las palabras en voz alta. Decirlas sirvió a un doble propósito, Isabeau comprendería y él podría agarrarse mejor a la realidad.
Will asintió.
– Ya estabas en Borneo. Tu padre tenía a otra mujer y cuando se quedó embarazada, él le dijo que debía abortar o largarse. Ella quería permanecer con él, así que tuvo al bebé y lo entregó. Volvió con tu padre.
– Maldito sea. ¿Cuántas vidas tiene él que destruir antes de estar satisfecho? -Conner escupió al suelo con repugnancia.
Isabeau cambió de postura ligeramente, lo bastante para reclinarse sobre él, como si cargara sobre los hombros cualquier carga que él tuviera. Él la amó por ese pequeño movimiento. Apretó los dedos alrededor de los de ella, el pulgar le rozó de aquí para allá sobre el dorso de la mano en una pequeña caricia.
– Conoces a tu madre, Conner -continuó Gerald-. Le echó una mirada a ese niño, sin padres que lo amaran e inmediatamente se vinculó. Vivía en la cabaña con el bebé parte del tiempo y en la aldea durante la estación de las lluvias.
– Por eso estaba en la aldea -dijo Conner.
Will asintió.
– El chico estaba en la casa de Adán jugando con mi primo cuando los hombres de Cortez atacaron. Tu madre trató de impedir que se llevaran a los chicos. Pensaron que tu hermano era uno de los nuestros. Sólo tiene cinco años, Conner.
– ¿Por qué no te contaría que tenías un hermanastro? -preguntó Isabeau.
Conner colgó la cabeza.
– Sabía que habría ido a la aldea y matado a ese hijo de puta. Le desprecio. Utiliza a las mujeres y si se quedan embarazadas, expulsa al niño y a la mujer, si ella no se deshace del niño.
La amargura en su voz le enfermaba, pero no podía evitarla. Siempre había controlado sus emociones, menos en lo que se refería a su padre. El hombre no había abusado físicamente de Conner, pero el abuso emocional era mucho peor, en opinión de Conner. Fue así como Marisa eligió a su hijo primero y construyó una vida para él. Y habría hecho lo mismo por su hermano, aunque ella no hubiera dado a luz al chico. Sabía que él no podría hacer menos.
Se llevó la mano de Isabeau a la mandíbula y la frotó distraídamente sobre la sombra débil mientras le daba vueltas al problema una y otra vez en su mente. Si los renegados de Imelda echaban una mirada de cerca al niño quizás reconocieran al leopardo en él. Con una hembra era casi imposible a una edad temprana pero los chicos… Uno nunca sabía cuando surgiría el leopardo y a menudo había signos.
– ¿Cómo es? -preguntó Conner.
A su lado Isabeau se revolvió, atrayendo instantáneamente su atención.
– ¿Cuál es su nombre?
Conner asintió y utilizó las yemas de los dedos de ella para presionar con fuerza contra las sienes que le latían.
– Sí. Debería haber preguntado eso.
– Tu madre le llamaba Mateo -dijo Will.
Conner tragó con fuerza, imaginándose a su madre con el pequeño bebé. Debería haberlo sabido. Debería haber regresado a casa para ayudarla.
– ¿Cómo es?
– Como tú -contestó Gerald-. Muy parecido a ti. Llorará la pérdida de tu madre. Vio como la mataban.
Eso no era bueno. Su leopardo trataría de surgir, para ayudar al chico. Conner recordó la ira golpeándole continuamente siendo niño, la rabia que pulsaba como los latidos del corazón en las venas. El chico creería que no tenía a nadie ahora. Si era como Conner, moriría antes de pedir ayuda a su padre. Desearía venganza.
– ¿Podrá Artureo mantener a Mateo bajo control? ¿Evitar que revele a su leopardo aún bajo presión?