Hubo un pequeño silencio.
– Es un chico testarudo -dijo Gerald-. Y devoto de su madre. -Miró inquietamente a Isabeau.
– Ella lo sabe todo -dijo Conner-. Puedes hablar libremente.
– Uno de los hombres le disparó cuando trataba de regresar con Mateo. Pensaron que estaba muerta.
– La vi caer -admitió Isabeau-. Artureo me ocultó en los árboles y corrió a ayudar. Ellos le atraparon también. Nunca la vi en su forma animal. No sabía nada sobre su leopardo.
– Marisa se arrastró a la maleza y cambió a su otra forma -contestó Gerald-. El hombre grande, Suma es su nombre, le vi cambiar y la remató. Nadie entró en la selva detrás de ellos una vez que él tomó su forma animal. El chico vio a su madre morir, la única madre que había conocido jamás. Le oí chillar, Conner y fue atroz.
Conner reprimió su propia pena creciente. Su madre esperaría que él consiguiera sacar al chico, no sólo recuperarlo, sino aceptar la total responsabilidad de él. Giró la cabeza lentamente para mirar a Isabeau. No tenía elección ahora. Tendría que hacer lo que hiciera falta, pagar cualquier precio que se le exigiera.
Isabeau podía ver la desesperación en los ojos de Conner, la pena y la conmoción. Y la distancia. El estómago hizo un pequeño salto mortal de advertencia y se asentó lentamente.
– Lo que necesites, te ayudaremos -ofreció ella.
Él le soltó la mano e inclinó la cabeza hacia Gerald y Will.
– Gracias por hacer el viaje hasta aquí para darme estas noticias en persona. Aseguradle a Adán que recuperaremos a los niños. Decidle que siga el plan. Will, encontraré a tu hijo. Me conoces. Le traeré a casa.
Will asintió, los ojos fijos en los de Conner.
– Tú eres la razón por la que tomo partido al lado de mi abuelo sobre cómo manejar esto. Ayudaremos con lo que necesites.
Conner se levantó, agachándose para poner a Isabeau de pie a su lado. Esperó hasta que los otros dos hombres se levantaron también.
– Contamos con vuestra cooperación. Es esencial que la tribu crea que Adán hará lo que Cortez desea.
Gerald asintió y le tendió la mano. Conner les miró marcharse con el corazón hundido. Casi se olvidó de dar la señal de dejarles pasar, permitiendo que los dos miembros de la tribu cruzaran por el pasillo de los leopardos de vuelta a su aldea. Rio salió trotando un momento más tarde, todavía tirando de su camisa.
– La selva está llena. ¿Cuáles son las noticias?
– Esto se ha vuelto muy personal. Parece que tengo un hermanito y Cortez le atrapó junto con los otros niños. Si averigua que es leopardo… -La voz de Conner se apagó. Nunca encontrarían al niño. Ella lo escondería y lo educaría ella misma.
Rio frunció el entrecejo.
– Esto nos debería conseguir alguna ayuda de tu aldea…
Conner se dio la vuelta, el gruñido que retumbó en su pecho fue una advertencia clara. El sonido estalló de su garganta, un rugido de furia.
– No iremos cerca de esa aldea. Vamos a acabar con esa puta. -Giró sobre los talones y salió a zancadas del claro de vuelta a la cabaña.
Isabeau levantó la mirada hacia Rio. Su ceño se había profundizado y ahora había líneas de preocupación grabados en la cara.
– Su padre abandonó al niño -explicó-. No puedes dejar que se acerque a ese hombre. -De alguna manera, se sentía como si traicionara a Conner, pero instintivamente sabía que Rio tenía la mejor oportunidad de evitar que Conner hiciera erupción.
– Gracias -dijo Rio, como si leyera sus pensamientos más internos-. Necesitaba saberlo.
Olor. Isabeau echó una mirada alrededor y se dio cuenta de que los leopardos dependían del olor para juzgar las emociones en las situaciones. Podían leer mucho más que sus contrapartes humanas. Todos utilizaban sus sentidos de leopardo incluso en forma humana, lo que les proporcionaba ventajas en cualquier situación. Debía aprender cómo hacer eso.
Le siguió a un ritmo mucho más despacio, dándole vueltas una y otra vez en su mente a la expresión que había visto en la cara de Conner. Todo el tiempo mientras trataba de recordar su olor. ¿Qué había atravesado su mente en ese momento? La resolución con toda seguridad. Estaba decidido a recuperar a su hermano y eso significaba…
Tragó con fuerza y tropezó un poco. Él le había dicho que no seduciría a Imelda Cortez. Iban a intentarlo de otra manera, quizás utilizando a uno de los otros, pero esa mirada en su cara… había decidido usar cualquier medio posible y no le daría esa tarea a otro, no cuando se trataba de su propio hermano. No cuando creía que era lo que su madre esperaría de él. Conner iba a hacer exactamente lo que ella le había pedido, seducir a Imelda Cortez.
El corazón se le apretó con tanta fuerza que sintió como si tuviera un torno apretándoselo. El dolor fue insoportable, hasta tal punto que se llevó ambas manos al pecho y se apretó con fuerza, cayendo sobre una rodilla al borde de los árboles. La bilis se le subió al estómago y se le revolvió el estomago, amenazando con estallar junto con su protesta. La garganta se sentía en carne viva, los ojos le ardían.
¿Qué podía hacer? ¿Qué haría? Quería chillar una negación, correr a su lado y arañarle con las garras de la gata por destrozarle el corazón de nuevo. Se había permitido enamorarse de él otra vez. No, eso no era verdad. Ella siempre le había amado. Había deseado que viniera a ella en busca de perdón. Le quería de rodillas rogándole y al final le perdonaría y vivirían felices para siempre.
Se suponía que él la amaba tanto que nunca pensaría en tocar a otra mujer. Cuando le dijo que no trataría de seducir a Imelda Cortez, ella había estado secretamente encantada. Había deseado esa reacción. Necesitaba que él la persiguiera, que la cortejara, que le demostrara que ella era su amor, su único amor. La gata había complicando las cosas. Ahora no sabía si era la gata la que él deseaba o a ella.
– ¿Isabeau? -Conner estuvo a su lado, le deslizó el brazo en torno a la cintura, con sombras en los ojos. Su mirada se movió sobre ella centímetro a centímetro, tratando de encontrar la razón del dolor-. ¿Qué es? Déjame ver. -Las manos fueron a su camisa como si él fuera a levantarla para examinarle el pecho en busca de signos de heridas.
Ella le empujó las manos abajo y le rodeó el cuello con los brazos, cerrando los dedos detrás del cuello. Amaba a este hombre con todo su ser. La conducta juvenil tenía que acabar, ahora, antes de que fuera demasiado tarde y le perdiera para siempre. Había estado viviendo en un mundo de fantasía, no en la realidad. Sí, él la había seducido por todas las razones equivocadas, pero ellos habían estado bien. Estaban bien. Si él sentía por ella la mitad de lo que ella sentía por él, no podría haberse detenido más de lo que ella podía ahora.
– ¿Qué es, Sestrilla? -cuchicheó contra la oreja, sosteniéndola cerca de él como ella sabía que haría.
Ella podía sentir el cuidado en su toque. La fuerza, la suavidad. Esa palabra suave con que él la llamaba, extraña, pero tan adorable la manera en que rodaba por su lengua.
– Dime que significa. -Colocó la cabeza contra el corazón, escuchando el latido estable y tranquilizador-. Necesito saber lo que significa.
– Isabeau. -Oyó el sonido de dolor. El sonido de un corazón rompiéndose.
– Dime, Conner. -Se negó a permitirle irse, aún cuando las manos muy suavemente trataban de apartarla. Ella reforzó su agarre y apretó su cuerpo con fuerza contra el de él-. Necesito saberlo.
– Es una antigua palabra de nuestro mundo y significa «amada».
El corazón de Isabeau dio un salto, se asentó y todo en ella se aclaró limpiamente. El siempre la había llamado Sestrilla, mucho tiempo antes de la primera vez que durmió con ella.
– Eres mi amado también.
Ella sintió el aliento que él tomó. Jadeante. Duro. Hondo. El descansó la frente contra la de ella, las largas pestañas velaron su expresión, pero ella podía ver las líneas profundas grabadas en su cara. Había tanta pena, tanto dolor, como si un gran peso estuviera sobre sus hombros, como si él ya hubiera perdido todo lo que le importaba.