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– No lo comprendes, Isabeau -dijo suavemente.

Sentía su voz dentro de ella, envolviéndose alrededor del corazón, deslizándose profundamente en las venas donde el calor se apresuraba y su propio corazón latía al ritmo de esa voz hipnótica y ronca.

– ¿Qué no comprendo, Conner? -preguntó, su voz suave, cariñosa.

Él gimió y empujó su frente con la suya.

– No. No, cariño. No puedo perderte de nuevo y seguir viviendo. Déjame creer que fue demasiado tarde para nosotros todo el tiempo. Que se acabó y que no había ninguna oportunidad para nosotros.

– Te traje aquí con engaños, Conner. No soy tan inocente en todo esto. Necesitaba verte. No sabía que Adán te conocería por el dibujo, pero una vez que me di cuenta de que podía encontrar un modo de alcanzarte, todas y cada una de las fibras de mi ser quisieron verte otra vez. Lo hice suceder. Y muy en el fondo, donde no podía mirar, supe cómo te sentirías sobre lo de seducir a otra mujer. Quise…

– No. -Él le puso el dedo sobre los labios-. No lo digas. No tienes que decirlo.

Ella presionó los labios sobre los dedos. Los acarició con la lengua.

– Sí tengo que hacerlo. Quería castigarte. Quería herirte. Me avergüenzo de eso.

– Maldita sea, Isabeau, ¿crees que esto lo hace más fácil?

– Lo haría si me permitieras decirlo -ella casi gruñó. Su gata saltó realmente bajo la piel y la oyó vibrar en la garganta.

Captó la débil sonrisa de Conner. No alcanzó sus ojos, pero a él siempre le había gustado su pequeño estallido de genio. Ella entrecerró los ojos.

– Lo digo en serio. Tengo algo importante que decir y tú podrías escuchar antes de discutir.

– Sí, señora. -La besó.

Debería haber estado preparada para ello. La mano de Conner se había movido para anclarse en el pelo mientras se envolvía mechones sedosos en el puño. La boca capturó la de ella y el corazón se le paró. Él sabía salvaje. Masculino. Suyo. Se movió más cerca de él, negándose a permitir que pusiera fin al beso, tomando el control, deslizando la lengua entre los labios, excitando y seduciendo. Tentando. Frotó su cuerpo sobre el de él. Seduciendo.

Por un breve momento sintió que la resistencia de Conner corriendo como un alambre de acero que vibraba por los músculos y entonces, bruscamente, él capituló completamente, los brazos se apretaron en torno a ella, la boca se volvió exigente, alimentándose de ella, la lengua barrió por dentro, la fundió con su calor. El fuego estalló instantáneamente, las lenguas de llamas se apresuraron hasta que ella ardió por él, hasta que él ardió por ella.

La satisfacción dio más confianza a Isabeau. Le mordió el labio inferior, deslizó las manos bajo la camisa para encontrar la piel desnuda. Curvó una pierna alrededor del muslo mientras se apretaba más cerca, ofreciéndole todo. Decidida a tenerlo todo. No iba a dejarle ir, ciertamente no a la culpa. Las manos se movieron por la piel desnuda, sintiendo la textura de él mientras la boca absorbía su sabor extraordinario.

– Vamos, vosotros dos, nos estáis matando -dijo Rio-. Tenemos una ruta de escape que localizar y te necesitamos para eso.

Conner levantó la cabeza de mala gana.

– Estaré allí -gritó él por encima del hombro, los ojos ardían sobre los de ella-. Sabes lo que tengo que hacer -dijo en voz baja-. ¿Cómo esperas que te mire a los ojos otra vez?

– Porque soy la única que te pide que lo hagas -susurró. Le puso los dedos sobre la boca antes de que pudiera formar una protesta-. Porque tu madre era mi amiga y su hijo es tu hermano. Porque tu familia es mi familia y haré lo que sea para mantenerlos a salvo y recuperarlos. Conozco al pequeño Mateo. Marisa lo trajo a mi campamento todo el tiempo. Ni siquiera me di cuenta de que no era madre natural más de lo que supe que era tu madre, pero vi el vínculo, Conner. Estamos juntos en esto, Conner. No me hagas menos que tú, ni hagas que tu sacrificio sea menor que el mío. Lo vales todo para mí. Sin embargo, hacemos lo que tenemos que hacer.

Él sacudió la cabeza.

– Eres una mujer asombrosa y valiente, Isabeau y no te merezco, pero no puedes saber cuán repulsiva encontrarás la situación cuando me veas con ella. Y tendrás dudas. Dudas justificables. Peor, tu gata perderá el juicio. Será peligrosa y pasarás cada momento tratando de controlarla.

– ¿Cuán malo será para ti, Conner? -preguntó-. Mientras estás preocupado por mí, yo estaré preocupada por ti. Eres el único que tiene que refrenar a su gato y forzarte a mirar a los ojos de otra mujer. Quizá para algunos hombres sería fácil, pero creo que he aprendido lo suficiente acerca de ti para saber que te será aborrecible.

– ¿Estás segura, Isabeau?, porque si permaneces esta noche conmigo, no podré mantener las manos lejos de ti.

Una lenta sonrisa manó del corazón de Isabeau.

– Bien, eso es una cosa buena. -Se forzó a apartar la mirada del calor en sus ojos hacia el bosque-. ¿Entonces cómo planeamos nuestras rutas de escape?

El hundió la cabeza para depositar un rastro de besos por su cara a la comisura de la boca.

– Tenemos que trabajar, trazarlas, dejar caer los suministros y cerciorarnos de que están guardados donde los animales no los desenterrarán. Y entonces pensamos en cada cosa concebible que puede fallar y colocamos planes en el lugar para cubrir esas contingencias.

– Oh. Algo fácil. Esperaba que fuera difícil. -Le dirigió otra sonrisa.

Conner la dejó ir de mala gana y retrocedió, una sonrisa de respuesta empezaba a formársele en la cara. Había cautela en sus ojos como si tuviera miedo de esperar, pero unió los dedos con los de ella cuando Isabeau le tendió la mano y comenzó a andar con ella hacia los otros.

– Enviaré a Jeremiah a los árboles. Veremos a qué velocidad puede subir. Necesitará coger velocidad. Cuanto más practique, mejor. Tiene que ser más rápido o será demasiado peligroso para él.

– Realmente estás preocupado por él.

– Aceptó la paliza como un hombre. Confiesa sus errores. Tiene valor. Es engreído, pero ¿no lo éramos todos a esa edad?

Ella se encontró sonriendo otra vez. Adoraba la manera en que él podía ser tan intimidante, parecer tan peligroso y bajo ese exterior indomable tener un corazón. Probablemente él odiaría que pensara eso, pero ella simplemente sabía por su voz que iba a asegurarse de que Jeremiah tuviera la mejor oportunidad de sobrevivir uniéndose al equipo.

– Deja de mirarme con estrellas en los ojos, Isabeau.

Su voz se había vuelto ronca. Brusca. Los ojos se habían vuelto felinos. A Isabeau la matriz se le apretó. Sufrió espasmos. El calor líquido fluyó. Carraspeó.

– ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que mi gata surja completamente? -preguntó Isabeau-. ¿Tendremos suficiente tiempo? No quiero atravesarlo sin ti.

– No mucho tiempo. Está cerca -respondió, su mirada vagó sobre ella de manera tan posesiva y hambrienta que la dejó sin respiración e hizo que la temperatura subiera rápidamente-. Demasiado cerca.

Todavía había aquella insinuación de sombra en los ojos, como si supiera algo que ella no sabía, Isabeau concedió que probablemente lo había. No esperaba que fuera fácil mirarle con Imelda Cortez, el pensamiento francamente la enfermaba, pero no iba a perderle. No otra vez. Allí tenía que haber una manera de que pasaran por eso intactos y sacaran a los niños. Echó un vistazo para ver que se acercaban a los otros. Unos pocos metros más. Le agarró del brazo.

– Lo que haga falta, Conner. Esperaría que no tuvieras que besarla, pero no voy a poner limitaciones a lo que aceptaré. No puedes entrar en una situación a vida o muerte con eso en tu mente. Si hacemos esto, lo hacemos ambos. Juntos. ¿De acuerdo?