Una mirada ardiente. Recordaba eso tan bien. Él raramente decía algo, sólo con mirarla la podía poner en un estado de excitación. Era peligroso, sexy como el infierno. No podía apartar los ojos de él. Cuando él hablaba, su voz se vertía por el cuarto con la misma intensidad con que sus ojos dorados se fundían. Él la hipnotizaba como el leopardo hacía con la presa. Una vez su mirada la encontraba, se centraba en ella, ya no podía encontrar aliento. No podía pensar claramente.
Isabeau trató de analizar cómo podía tener tal efecto hipnótico y perturbador sobre ella. Todo su cuerpo reaccionaba a él. Los pechos le dolían, se sentían hinchados, sensibles y necesitados. El cuerpo latía con esa necesidad, ese anhelo terrible que parecía que no podía saciar. Él parecía intensamente masculino, una tentación sensual que no podía resistir.
La mano de Conner agarró casualmente el cuello de una cantimplora e inclinó el contenido por la garganta, la acción tensó el cuerpo de Isabeau. Un escalofrío de conocimiento bajó por su espina dorsal. Adoraba la manera en que él se movía, la fuerza, la seguridad que exudaba. Todo acerca de él la llamaba, incluso su dominación arrogante. Ella no podía culpar de su reacción a su gata. Esta era la mujer, o quizá ambas, quienes le anhelaban.
Él parecía un pecador con las piernas extendidas delante suyo y esa protuberancia gruesa y tentadora con la que ella estaba tan familiarizada tirando de los vaqueros desteñidos y gastados. Quería arrastrarse sobre él y rasgar la ofensiva tela para llegar al premio oculto. La boca se le hizo agua al recordar el sabor y la textura de él, la manera en que la mano le agarraba del pelo y el sonido de sus gemidos al gruñir. El había sido tan paciente con ella mientras trabajaba para aprender cómo darle placer, y siempre le había hecho sentir como si ella fuera sexy y excitante. Le había murmurado instrucciones y ella había obedecido, temblando con necesidad, con querer complacerlo. Lo que ella hacía por él era recompensado cinco veces. Él podía hacer cosas, sabía cosas acerca de ella que nunca podría compartir con otro hombre.
La mirada de él cayó a las manos que rodeaban descuidadamente la botella, ella recordó la sensación de las palmas ásperas en los senos, entre los muslos, los dedos que se deslizaban profundamente para acariciar y volverla loca de necesidad. Tragó con fuerza cuando él inclinó la botella a los labios otra vez, atrayendo la atención a la boca. Caliente. Sexy. Tan seductora que nunca podía resistirse. La boca de él había sido despiadada, conduciéndola arriba tan rápido que recordaba que nunca podía recobrar el aliento. Con las manos de Conner en las caderas, sujetándola abajo, manteniéndola abierta para su banquete, había sido tan fuerte y excitante, incluso estremecedor. Cuando la lengua la penetraba, apuñalando en lo profundo, dando golpecitos, los dientes fuertes excitando, ella se sacudía. Isabeau había utilizado los talones para tratar de salir de debajo de él, pero él la había sostenido rápidamente, lanzándola a un orgasmo feroz, uno que ella nunca olvidaría. Había sido la primera vez que había chillado bajo los servicios de la boca y nunca había parado.
Quiso chillar otra vez. En voz alta y sentir el placer que subía como una onda de la marea. Miró con fascinación como inclinaba la botella otra vez. Bajo ese acto, esos ojos dorados la encontraron en la sombra. Había una oscura lujuria patente en los ojos. Él no hizo nada para ocultar lo que deseaba de ella mientras la mirada viajaba de manera posesiva sobre su cuerpo.
Ella se congeló, como haría la presa de un leopardo, el aliento atrapado en los pulmones, los músculos del estómago ondularon y se apretaron. Bajo esa mirada directa, ella podía sentir como la humedad se le reunía entre los muslos. La excitación la hacía temblar de necesidad.
Alrededor de él, los hombres se movieron incómodamente y Rio disparó a Conner una mirada cargada de intención. Conner se levantó sin una palabra, poniendo el agua sobre la mesa y tendiendo la mano a ella.
– Vamos. Regresaremos mañana.
Su voz era áspera con la misma lujuria oscura que la había atrapado a ella. No estaba sola en su tormento. Podría ver que la impresionante protuberancia había crecido aún más gruesa de lo que había sido. Puso la mano temblorosa sobre la de él. Conner estaba cálido, incluso caliente, podía sentir el calor que se derramaba de su cuerpo para envolverla. No miró a los otros, ni siquiera le importó que probablemente olfatearan su excitación. El corazón le latía con fuerza y su cuerpo pulsaba con deseo líquido. Los senos se sentían pesados, doloridos, los pezones eran unos brotes apretados y duros. Los muslos le temblaban y la lujuria bailaba en sus venas, como pequeñas descargas eléctricas que corrían desenfrenadas por los músculos y sobre la piel.
Conner agarró una mochila grande y entonces la sacó a la galería. Ella le siguió por la escalera sin una palabra. La lluvia había comenzado otra vez, una llovizna suave que apenas penetraba el dosel. Las pocas gotas que lograron aterrizar sobre ella parecieron crepitar y convertirse en humo con el calor que emanaba de sus cuerpos. Él no dijo nada en absoluto, no la miró ni siquiera después de que estuvieran muy lejos de la cabaña, en la seguridad y el refugio de los árboles.
Él no tenía que decir nada. El aire se espesó en torno a ellos hasta que cada paso llegó a ser difícil. Cada aliento que ella tomaba era entrecortado y jadeante. La palma de Conner ardía en la parte baja de su espalda, justo encima de las nalgas, mientras se movían por un sendero estrecho y cubierto de hierba. Los pasos eran seguros en la oscuridad, los ojos de Conner exhalaban el extraño brillo nocturno de su leopardo.
Ella nunca había sido más consciente de su propia feminidad. Su cuerpo se había vuelto suave y maleable, latiendo con una necesidad dolorosa, con cada paso, su centro se apretaba y se humedecía. El sonido de cigarras subía y bajaba, el siempre presente estridente sonido se añadía a las terminaciones nerviosas en carne viva. A lo lejos, en la oscuridad, pudo oír un coro de ranas y luego la llamada de un pájaro. Una ramita chasqueó. Conner nunca vaciló. Caminaba con absoluta seguridad, todo gracia fluida y ondulantes conjuntos de músculos, así que cada vez que le rozaba la piel sensible, se quedaba sin aliento y una multitud de mariposas volaban en el estómago.
Sin avisar, él giró bruscamente, dejó caer el paquete y la tiró hacia él. Las manos la agarraron con fuerza y ella sintió la tensión que fluía como un río, enviando un estremecimiento de anticipación por su espina dorsal. Deliberadamente, ella le lamió la longitud de la mandíbula y luego trazó un camino de besos por la ensombrecida mandíbula antes de chuparle el lóbulo de la oreja y tironear con los dientes.
El aliento de Conner estalló en un fuerte jadeo y la condujo hacia atrás hasta que ella se adhirió a él para no caer. Los dientes le arañaron la garganta y le pellizcaron el hombro antes de que la boca volviera a reclamar la de ella, la lengua barriendo el interior. Él no sólo la besaba, la reclamaba, la devoraba como si fuera su última comida.
– ¿Sabes cómo de jodidamente largo ha sido este tiempo sin ti? -Su voz era un cruce entre un gruñido y una acusación. Arrastró su cuerpo hasta que se apretó contra el de él, apretando su gruesa erección contra el montículo que latía.
Un gemido bajo escapó cuando ella envolvió los brazos alrededor de su cuello.
– No puedo esperar.
– Debería hacerte esperar. -Trazó un camino de besos sobre la cara, luego atrapó la boca con la suya otra vez, una marca despiadada que envió el fuego que ya ardía entre ellos fuera de control.
Isabeau casi sollozó mientras trataba de quitarle la camisa.
– No puedo esperar, ni otro minuto. Te necesito dentro de mí. -Estaba más allá del orgullo con él. Siempre había sido así cuando estaban juntos. Ella no tenía control y no fingía tampoco, no cuando él apretaba su hinchada erección contra ella y su cuerpo entero gritaba por el de él.