Выбрать главу

– No me dejes otra vez, Isabeau. ¿Comprendes? -Su voz áspera, dura incluso, un sonido sensual y hambriento que hizo que sus rodillas se debilitaran.

Las manos de Conner estaban por todas partes, tirando de la ropa, deslizándose contra piel desnuda, instándola a salir de los vaqueros cuando ella apenas era consciente de lo que estaba sucediendo. Unas pocas gotas de agua lograron resbalar por el dosel espeso y frondoso y crepitaron contra la piel caliente de ella. Las gotas frías casi ardieron, ella estaba tan sensible.

La boca de Conner estuvo sobre la suya otra vez, caliente y hambriento, las lenguas se acariciaron, se batieron en duelo, mientras los gemidos escapaban para mezclarse con el incesante canto de las cigarras. El aliento entraba entrecortadamente y ella no podía acercarse lo suficiente, deslizó las manos sobre la piel desnuda, tirando de la pretina de los vaqueros para poder deslizar la mano dentro de la tela y acariciar la gruesa excitación.

El aliento estalló en los pulmones de Conner. Ahuecó el peso suave de los senos y bajó la cabeza. Los ojos dorados ardían con fuego líquido mientras la veía observar como descendía su boca. Ella había olvidado cuán intensa podía ser la sensación de la boca sobre el seno. Se estremeció, echando la cabeza atrás, arqueando la espalda para darle mejor acceso, un suave grito escapó.

Los dientes tironearon del pezón y la humedad caliente se reunió entre los muslos. Ella tembló con placer, retorciéndose bajo el asalto de la boca. La manera en que los dientes y la lengua le acariciaban los senos era adictiva, intoxicante, se sintió casi borracha de placer. Rayos de fuego golpearon su sangre y lamieron su centro caliente, conduciendo su necesidad más allá de cualquier cosa que jamás hubiera conocido. Casi sollozó, clavó las uñas en las caderas de él, tratando de conectar sus cuerpos.

– Dilo para mí, Isabeau. Quiero oírte decir que nunca me dejarás.

Le habría prometido cualquier cosa y lo que le estaba pidiendo no era más de lo que deseaba con cada aliento.

– Nunca, Conner.

– Tengo tu palabra.

Incluso el modo en que lo dijo la puso más caliente, eso demostraba cuán lejos estaba ella. Él la levantó, para que le cabalgara la ingle, y entonces enganchó un muslo sobre el brazo, forzándola a abrirse completamente a él. Era enormemente fuerte, los poderosos muslos como columnas gemelas que les soportaban a ambos, las manos le agarraron el culo. Ella sintió la cabeza ancha e hinchada de la erección presionando en la entrada y trató de empujar hacia abajo para reclamarlo, pero él la sostuvo sobre el premio, la cabeza alojada en ella para que sintiera cada centímetro de la lenta y firme entrada.

La polla de Conner era gruesa y larga y su invasión le estiraba la vagina, incluso con su bienvenida resbaladiza, hasta lo imposible. Ella no había estado con nadie más en todo ese tiempo y él sabía que sería incómodo para ella. Quiso ir con cuidado, asegurarse de que ella experimentara placer, no dolor. Siseó el aliento, apretó los dientes cuando el abrasador calor le agarró, le consumió, le llevó casi más allá de su control.

Las pequeñas súplicas sollozantes de ella sólo agregaron más combustible al fuego. Él podía sentir lenguas de llamas lamiéndole las piernas hasta quemar sus pelotas y asentarse como un estallido en la ingle. Ella le quemaba, terciopelo suave, más caliente que el infierno, tan apretada que le atrapaba como un torno. Gruñó una orden, incapaz de hablar con claridad, pero no importó. Ella sabía qué hacer, él se había asegurado de eso. Él nunca había comprendido a los hombres que no hablaban con sus mujeres acerca de la intensidad del placer entre un hombre y una mujer. Él creía en averiguar todo lo que podía acerca de su compañera, lo que la complacía, lo que la convertía en una amante sollozante e implorante dispuesta a darle a él la misma consideración cuidadosa.

Ella comenzó a moverse, una cabalgada lenta y deliciosa que él sintió desde la cima del cráneo a los dedos de los pies. Cada movimiento enviaba impulsos eléctricos que le atravesaban. Estaba desesperado por ella. En su inocencia, ella no tenía la menor idea de lo que le hacía. Su cuerpo encajaba perfectamente. Los senos eran hermosos, le rozaban el pecho con cada movimiento mientras corcoveaba las caderas. El pelo sedoso le quemaba la piel. Luchó por calmar el corazón desenfrenado y permanecer bajo control, pero el cuerpo de Isabeau se volvía más caliente y más apretado con cada golpe.

La sintió respingar cuando se asentó dentro de ella completamente, perforando la cerviz. Le murmuró suavemente, esperando que su cuerpo se acomodara al suyo. Todo el tiempo, mantuvo los dientes apretados, respirando a través del brutal placer.

– ¿Estás bien? -Las palabras salieron más ásperas de lo que pretendía, pero a ella no pareció importarle, ya que movió la cabeza y asintió con énfasis.

Él dobló las rodillas y se condujo hacia arriba, su suave gruñido un sonido oscuro y peligroso que acalló a las cigarras más cercanas a ellos. Ella sollozó de placer. El ángulo que él tenía, con el muslo sobre el brazo, le permitía crear fricción en la mayoría de los lugares sensibles. Bajó la cabeza a la tentación de la garganta y le dio una serie de lametones eróticos, los dientes rasparon de aquí para allá, dando varias mordeduras hambrientas.

Golpeó en su ardiente calor, necesitando sus estremecimientos, sus pequeños gritos jadeantes. Tenía que encontrar un modo de sujetarla a él a través de la tormenta venidera. Estaba desesperado por atarla irrevocablemente a él. Quería que ese orgasmo fuera el mejor que ella hubiera tenido jamás, quería que ella asociara todo ese éxtasis abrumador solamente con él. No podía perderla otra vez. No sobreviviría y los días venideros probarían la fuerza de lo que tenían juntos.

Fue implacable, conduciéndose más y más profundo, aún cuando sentía que el cuerpo de ella le agarraba como tenazas. Siguió entrando en ella una y otra vez, enterrándose en el paraíso, mientras unos relámpagos restallaban sobre su piel y los cohetes estallaban en su cráneo. La vagina pulsó entorno a él y los músculos le sujetaron.

– No, cariño. No te muevas. -Su voz fue más un siseo que una orden verdadera. Estaba seguro de que estaba loco de puro placer.

El cuerpo de ella se fundió alrededor del suyo, el infierno se volvió imposiblemente más caliente mientras se hundía una y otra vez, hasta que sintió cada terminación nerviosa que tenía centrada en su miembro. Ella se tensó. Abrió los ojos de par en par. Había una insinuación de temor mezclado con anticipación. Los ojos se le volvieron opacos y clavó las uñas en los hombros.

– ¿Conner? -Su voz era suave. Inestable.

Él la adoraba así, mirándole con esa mezcla ardiente de inocente y sirena. Su cuerpo cabalgaba el suyo, un líquido caliente le bañaba con cada empuje de su cuerpo. Sentía como el cuerpo de ella se preparaba, dando vueltas en espiral, el apretar erótico causaba una exquisita fricción que aumentaba.

– Cerca, nena, aguanta.

Ella sacudió la cabeza frenéticamente mientras su cuerpo se tensaba más, la tensión seguía creciendo hasta que ella temió que no podría soportarla. No parecía haber liberación de este terrible calor que crecía. El miembro se estrellaba contra ella, se introducía más profundamente, levantándola, más y más alto hasta que casi sollozó, mitad asustada, mitad en el frenesí erótico.

– Eso es, cariño. Déjate ir. Vuela para mí. En este momento. Conmigo -ordenó y deliberadamente bajó la cabeza y le mordió suavemente, la suave unión entre la garganta y el hombro. No era donde su gato prefería, pero era lo que a su gata le gustaba y él sabía que ella obedecería subconscientemente, liberando su cuerpo para experimentar una serie agotadora de orgasmos.

Él sintió que el cuerpo de ella le apretaba, la funda de terciopelo sufrió espasmos, onduló y luego le agarró y ordeñó. Echó la cabeza atrás y rugió su propia liberación. Alrededor de ellos los insectos y las ranas cesaron su coro nocturno, el sonido de las voces se elevó en la lujuria y el amor, mezclándose juntos para formar una armonía profunda.