– Es hermosa.
– Sí, lo es -dijo Conner.
Pero él la estaba mirando. Isabeau podía ver el hambre brillando intensamente. Estaban completamente solos en ese escenario salvaje. Un escenario natural para él. Y Conner no estaba domesticado. Sintió el pequeño estremecimiento de temor. No le quería domesticado. Adoraba la manera en que la hacía sentirse, un poco desequilibrada y enteramente suya. Él dio un paso más cerca y le cogió las manos con las suyas. Levantó las palmas bajo sus senos hasta que el leve peso descansó allí y ella virtualmente le ofrecía el cuerpo.
La sonrisa de Conner fue lenta. Malvada. Seductora. Ella anhelaba esa mirada en su cara, los ojos entrecerrados, el oscuro dorado ardiendo con lujuria por ella. La boca, tan seductora y hábil. Las manos, experimentadas, conocedoras de lo que su cuerpo necesitaba. Y la manera en que la miraba, como si ella le perteneciera, como si su cuerpo fuera suyo y él pudiera hacer lo que deseara con ella. Lo que siempre deseaba parecía ser hacerla gritar de abrumador placer.
Él bajó la cabeza y atrajo un seno al calor de la boca. Instantáneamente el cuerpo de ella lloró de necesidad. Él tironeó del pezón con los dientes y otro chorro de líquido hizo que su matriz sufriera espasmos y apretara en el vacío. Succionó, la boca se volvió más caliente y áspera, casi arrojándola a otro orgasmo. Él dejó caer la mano, forzándola a sostener el seno para el asalto de la boca. Conner deslizó la palma por el vientre hasta bajar al montículo que latía entre los muslos.
Incapaz de detenerse, ella movió las caderas, buscando más. Él apartó la mano y continuó amamantándose del seno. Diminutas mordeduras acompañaban el tirón de los dientes sobre el pezón y las calmaba con pasadas de la lengua. El calor se precipitó por el cuerpo de Isabeau y entonces los dedos de Conner regresaron, trazando pequeños círculos en el interior de los muslos, moviéndose hacia arriba, hacia el calor de su centro. Ese ritmo lento era tortuoso dada la necesidad que aumentaba tan rápida y ferozmente dentro de ella.
– Por favor -susurró antes de poder detenerse. La sangre latía en las venas, atronaba en las orejas y palpitaba profundamente en la vagina.
Los dedos viajaron a través de los recortados rizos húmedos y acariciaron como un rayo los pliegues de terciopelo. Ella gimió suavemente, el sonido armonizó con la sinfonía de los sonidos nocturnos. Miró la amada cara de Conner, las líneas agudizadas por el deseo, las pupilas casi desaparecidas ahora que sus ojos eran completamente felinos. Un escalofrío de temor delicioso le bajó por la espina dorsal ante la mirada de hambre y determinación grabada en esa cara. Dos dedos se hundieron en sus profundidades apretadas y ella jadeó y corcoveó contra la mano invasora.
Él cambió la atención al otro seno y cuando ella lo sostuvo para él, la otra mano se deslizó a las nalgas y ella presionó contra esos dedos.
– Cabálgame, cariño -susurró.
¿Qué más podía hacer ella? Su temperatura corporal subía fuera de control y los músculos apretados y calientes agarraban con avidez esos dedos. Comenzó a empujar las caderas en torno a esa mano y él introdujo los dedos en sus profundidades.
El cuerpo de Conner se endureció más allá del punto de cordura. El suave cuerpo de Isabeau estaba tan dispuesto. Utilizó los dedos como su polla, empujando en ella, absorbiendo la sensación del calor húmedo que se volvía más y más caliente. Isabeau jadeó entrecortadamente y su corazón palpitó fuera de control. Las sensaciones que él estaba creando estaban causando que su cuerpo se tensara más y más, llevándola al borde de la liberación. Él la quería necesitada. Hambriento por él. En el borde. Pero no quería tirarla por encima de él.
Los dientes tiraron del pezón y sintió el espasmo de respuesta en el canal mojado. Bruscamente sacó los dedos.
– Casi estamos allí.
Ella lloriqueó y dejó caer la mano entre los muslos casi compulsivamente, pero él le agarró las muñecas y la tiró contra él.
– Pronto. Ten paciencia.
Le dio un pequeño golpecito en las nalgas y la empujó por el sendero que se dirigía por detrás de la cascada a la cámara donde había escondido suministros a su llegada a la selva tropical hacía una semana, antes de que hubiera informado a Rio.
– Tú has empezado esto -indicó ella, tratando de no retorcerse.
– Y yo lo terminaré. -Su mirada se oscureció más-. Te quiero deseándome.
– Creo que eso es bastante obvio -contestó ella, haciendo pucheros.
Él la ayudó los últimos pasos a través de las piedras. Se agacharon rápidamente para atravesar los bordes de la cascada y llegar a la seguridad de la cámara. Era grande y redondeada, con piedra lisa en las paredes por tres lados. Años antes, cuando Conner había descubierto el lugar secreto, había tallado un asidero en la pared de piedra para una antorcha y más tarde para una linterna de queroseno. La linterna hacía mucho que se había ido, pero la antorcha la había reemplazado unos pocos días antes. La encendió para que pudieran ver en el interior de la cámara.
A Isabeau no le importaba donde estaban, sólo que por fin estaban juntos. Había echado de menos su compañía. Su cuerpo. Y había echado de menos las cosas que él podía hacerle al suyo. Él la miraba con ojos entrecerrados, la cara en sombras mientras la luz lanzaba un resplandor en torno a ella como un proyector. Ella se movió, lenta y tentadoramente para centrar su atención en ella.
– ¿Cómo demonios he podido estar sin ti? -preguntó. Sacó una estera de la mochila y la extendió encima de lo que podía ser un gran banco de arena encima de una piedra lisa.
Era la primera vez que ella había advertido que había arena. Subió encima, quedándose en el borde de la estera y curvó los dedos en la arena. Era increíblemente fina.
– ¿Cómo has conseguido esto aquí?
Conner le tomó la mano, la atrajo a él y envolvió los brazos en torno a ella. Aunque ella estaba de pie sobre varios centímetros de arena, todavía era más baja que él. Frotó la barbilla en su coronilla.
– Mi madre me lo dio como regalo cuando fui joven. Era mi cumpleaños y pensé que ella lo había olvidado. Lo utilizaba como mi escondite. -Echó una mirada alrededor-. Me sentía adulto aquí y cuando la pubertad golpeó, mi chica de fantasía estaba siempre aquí para ayudarme.
Ella levantó una ceja.
– ¿De verdad? ¿Cómo era ella?
– Bastante hermosa, pero nunca estuvo a la altura de la verdadera. -La sonrisa se desvaneció de su voz-. He tenido un año de noches malas, soledad y una polla dolorida, Isabeau. Estaba perdido sin ti. -Se echó para atrás para mirarle la cara. Para juzgar su reacción. No quería hablar de sus sentimientos, del amor, la lujuria y la ira mezclados por completo.
– Lo sé. -Roció una lluvia de besos por la mandíbula-. Estoy aquí. Estamos juntos.
Él la atrajo hacia abajo lentamente, su puño como acero, forzándola a extenderse en la estera. Ella podía sentir la tensión corriendo por el cuerpo de él y como su propio cuerpo respondía con calor. Quizá el fuego nunca se había enfriado. Las manos acariciaron cada centímetro de ella, como si la pintara con pinceladas suaves, o memorizara cada centímetro. Su inspección fue completa y se tomó su tiempo. Justo cuando ella pensó que empezaría a gemir y a suplicar, sin ninguna advertencia él rozó esos dedos fuertes sobre su montículo mojado y ella gritó por el exquisito placer.
Las sombras se movían a través de las curvas paredes de la pequeña cámara. El sonido del agua era constante y fuerte, la caída, un velo grueso que la escondía del resto del mundo. Isabeau estaba tumbada en la gruesa estera en una cámara de piedra detrás de la catarata y giró la cabeza para mirar el agua caer en cascada cómo sábanas blancas brillantes, disfrutando de los suaves toques sobre su cuerpo, pero siempre consciente del calor que crecía, una tormenta de fuego que estallaría sobre ella.